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Un vuelo a las estrellas

Tomé un vuelo a las estrellas, así era como el vendedor lo anunciaba, me costó un mes de renta, pero valió la pena. El avión no tenía techo, o por lo menos eso parecía desde la sala de espera. En realidad sí lo tenía pero era de cristal. Le pedimos a los pasajeros que reclinen completamente sus asientos durante el despegue y toda la duración del vuelo. Disfruten de la vista.

Nunca creí encontrarme allá arriba con tus ojos. O tal vez era eso lo que esperaba encontrar y por eso gasté todo mi dinero en ello.

—Mira, son sus ojos.

—No, es la vía láctea.

No hice caso de la corrección que me hizo el extraño del asiento 7E, no estaba hablando con él… ¿o era ella? Ya no recuerdo.

Había tantas estrellas, era inútil contarlas. ¿Porqué le llamaron vía láctea? No es blanca, me parece más como una nebulosa color magenta. Me sentía como un griego antiguo viendo por primera vez al cielo nocturno. Mi mente comenzó a trazar líneas imaginarias que iban de una estrella a otra. Dibujé la constelación de tus ojos, la llamé igual que tu ciudad natal aunque no conozco el nombre. Y en la orilla del universo encontré la constelación de tu sonrisa, esa que sonríes del lado izquierdo cuando no quieres mostrar tu verdadera sonrisa.

La flechita que se dibuja entre tu mejilla y tu boca cuando sonríes esa sonrisa me indicó el camino de regreso a casa. Pero estaba atrapado en un avión de cristal que volaba inocentemente en dirección contraría. Cuando aterrizamos salí corriendo del aeropuerto y miré al cielo implorando por tu sonrisa. Pero las luces de la ciudad no dejan ver las estrellas, eso es lo que el taxista me dijo.

No me queda más que esperar un apagón en medio de la noche para volver a verte sonreír y encontrar el camino de vuelta. Mientras tanto, prometo todas las noches voltear al cielo y buscarte, tú promete sonreír siempre antes de ir a dormir.

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SI FUERA UN ASTRONAUTA

Si fuera un astronauta me acostaría boca abajo y con los brazos abiertos en la superficie de la luna para poder abrazarte.
Orbitaría la tierra en un satélite para que sintieras lo mismo que yo cuando te veo pasar por mi ventana y aprendieras a amarme como yo a ti.
Te llevaría en un abrazo al espacio exterior para que me ayudaras a contar las estrellas y así poder repetir ese número cada vez que te viera a los ojos.
Te escribiría una carta antes de despegar, una nota suicida, confesando mi amor por ti y las ganas que tengo que este cohete no estalle y poder regresar a ti.
Si fuera un astronauta me recibirías con un abrazo a cada retorno.
Si fuera un astronauta tú serías mi amor y la fuerza de gravedad que siempre me traería de vuelta a casa.
Si tan sólo fuera un astronauta.

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EL NIÑO PEZ

Érase una vez, en un mundo donde aún se creía en la magia, un hombre mago y una mujer sirena que vivían en una casa junto al mar cerca de las estrellas.

Dormían abrazados todas las noches compartiendo sus sueños.

Soñaban que caminaban tomados de la mano por ciudades de hielo que nunca nadie conoció.

Que dormían sobre las nubes y vivían bajo el mar.

 

El hombre mago nació con sed en medio de un desierto.

La mujer sirena nació con piernas en el fondo del mar.

El hombre mago se fue a vivir a la playa y nadaba la mitad del día para saciar su sed.

La mujer sirena también vivía en la playa y caminaba la mitad del día para ejercitar sus piernas.

El vivía en la tierra.

Ella vivía en el mar.

 

Se conocieron un día mientras jugaban con la espuma de las olas.

En esa misma espuma se casaron y prometieron amarse eternamente.

Construyeron una casa en la playa, la mitad en la tierra y la mitad en el mar.

 

Una noche el hombre mago soñó con un pececito que dormía en el vientre de la mujer sirena.

A la siguiente noche él durmió con su mano en el vientre de ella llamando al niño pez con su magia.

Volvió a soñar con él y le preguntó por su nombre. “Soy el hijo pez de un hombre mago y una mujer sirena” contestó el niño pez.

El hombre mago le prometió amarlo y cuidarlo por siempre, la mitad del día en el mar y la mitad del día en la tierra, siempre y cuando él prometiera venir al mundo y hacer feliz a la mujer sirena.

El hombre mago despertó con una lágrima de alegría rodándole por la mejilla y la mujer sirena con el vientre más grande de lo que estaba la noche anterior.

Nueve meses después nació el niño pez cumpliendo su promesa por lo que el hombre mago también cumplió la suya.

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