Una empanada vegetariana

La beauté n’est que la promesse du bonheur” -Stendhal

Hoy es jueves. Todos los jueves me como una empanada vegetariana antes de entrar a la universidad. Después entro a clase y ya, como si nada. Todo parece ser un día más, un día cualquiera, un día normal, un día sin ti.

Comienzo a tomar apuntes. El diálogo convencional con acotación intermedia seguida de punto. Y entonces me llega un olor. Creo que es el olor de la empanada. No, no de la empanada, soy yo el que huele así, después de haber comido la empanada. Pero no es un olor cualquiera, es algo más, casi como un perfume. Siento cómo me rodea, me envuelve, me cobija. De repente todo está bien. Ya nada importa y es todo gracias a ese verde, ese olor tan rico que… Entonces recuerdo la razón por la que me gusta tanto ese aroma: es tu perfume.

No sé cómo llegó hasta aquí. No sé si en realidad tiene algo que ver con la empanada vegetariana, pero eres tú. Estás sentada frente a mi, sobre la mesa, y me miras distraída. No sabes bien porqué estás aquí, pero me ves con tus enormes ojos y sonríes mi sonrisa favorita. Me levanto de mi silla y salgo al pasillo buscando el baño. Nunca voy al baño en la universidad, sólo quiero ver si eres capaz de seguirme, y lo haces. Nos quedamos en la mitad del quieto pasillo. Oliendonos.

hola, sigues aquí

(no dices nada, sólo me miras con el calor de tus ojos)

sabes que te quiero… te quiero mucho

(se hacen dos huequitos en tus mejillas como por arte de magia)

me encanta tenerte aquí conmigo, llevar tu perfume a todas partes

(levantas tus hombros y sonríes aún más, como si todo fuera, de una u otra forma, algo inevitable)

hace mucho que no hablamos, más bien, que yo no hablo, tú siempre te quedaste callada

(das un paso hacia el frente y acercas tu mejilla a la mía y poco a poco

tus labios van buscando los míos y los encuentran y me besas)

(mis ojos se llenan de lágrimas) extrañaba mucho tus besos

(dejas tu mano sobre una de mis mejillas y sonríes, tu perfume suspira

un te adoro que apenas alcanzamos a escuchar)

tus ojos, tu boca, toda tú, me fascinas…

( )

pero tengo que dejarte ir

(agachas tu cara)

(rodeo tu quijada con mis manos, como queriendo darte un beso, obligandote a

mirarme a los ojos) quiero volver a enamorarme

(frunces el ceño)

no pienses que he dejado de amarte, eso nunca va a pasar, incluso después de muerto te seguiré amando, bastará con que alguien lea mis palabras en voz alta

(tu sonrisa, tu perfume)

te amo, pero quiero volver a enamorarme y eso es un juego al que tú y yo ya no podemos jugar

(con tu mirada intentas hacerme creer que no entiendes)

quiero darte las gracias por la ilusión que me diste, la esperanza de felicidad, gracias por tu belleza y tu sonrisa, gracias… por salvarme la vida

(vuelves y me besas con el calor de tus labios y el aroma de tu

perfume, vuelves y sonríes… y desapareces)

 

Pensaba escribirte una carta, tu nombre al inicio de la hoja y dos puntos. Pero preferí contarte un cuento de cómo te encuentro de vez en cuando en mi vida, de cómo te llevo siempre conmigo. De cómo siempre que pienso, pienso en ti.

Voy a volver a enamorarme porque puedo estar seguro de que ahí estarás cuando eso termine, y porque es algo que necesito para seguir respirando.

¡mira!, un puedco en el cielo

a pesar de lo que la mayoría cree (o quiere creer), el amor está en las palabras:

las que se gritan desde lejos

las que se hablan viéndose a los ojos

las que se susurran al oído

las que se escriben en cartas que nunca son entregadas

las que se escriben en cartas que nunca son contestadas

las que se escriben en los cuentos

las que cuentan toda una novela

el amor es producto del imaginario del ser humano; por eso cuando tratas de demostrarlo o quieres que te lo demuestren siempre alguien sale decepcionado.

así que mejor te lo dejo en mis palabras y, si algún día crees que te lo estoy demostrando, mejor piensa en otra cosa, mira al cielo y encuentra la forma de un puedco en una nube así como yo lo hago, para que ninguno de los dos salga decepcionado con este amor que nos tenemos.

y si algún otro día crees que se lo estoy demostrando a otra mujer, fíjate bien, porque ella no estará buscando puedcos en el cielo…

tampoco leerá palabras de amor en mis letras, porque todas son para ti.

La Otra Alicia

Desde abajo, donde Carlos estaba, ella parecía ser una mujer, pero tan sólo era una niña. Tuvo que acercarse unos pasos más para darse cuenta de su error. Caminaba con la inercia que había iniciado a las seis de la tarde al salir del trabajo. Era el mismo movimiento que había continuado en el autobús de regreso a casa y que, una hora antes, lo había hecho entrar y salir del apartamento como un resorte, seguido por su perro, una bestia orejona y blanca como la niebla.

De vuelta a casa, luego de un paseo nocturno, su perro se adelantó escaleras arriba a la entrada del edificio. Fue ahí cuando la vio.

Lo segundo que conoció de ella fue su voz: Ay que lindo. ¿Cómo estás nene? ¿Cómo te llamas? En ese momento, como buscando una respuesta, como queriendo responder, sus miradas se encontraron por primera vez.

Un par de horas después, pensó en la conexión que se había generado en esa mirada, y se preguntó si había sido algo momentáneo, si había dejado de existir o si permanecía y ella pensaba en él.

En ese mismo momento, acostada en su cama, viendo al techo, ella recordaba el encuentro: Santo, dijo Carlos. ¿Cómo?, le repitió que su perro se llamaba Santo… ahí mismo terminó la conversación y él siguió su movimiento hasta su apartamento.

Ella nunca se había sentido estúpida en la presencia de un hombre, ¡por más que le gustara! Pero había algo en él que la paralizaba. Era como si su mirada la hubiera atravesado, aunque no del todo. Sus ojos se habían quedado clavados en un punto entre sus recién crecidos senos y su ombligo, como si la estuviera viendo por dentro, sentía un calor, unas ganas… quería que la viera por dentro.

Carlos por su lado, lo único que tenía seguro era que ella sería la protagonista de su próxima novela. Pensó que así se debió sentir el viejo Lewis en presencia de Alicia.

…si tan sólo supiera su nombre, podría sentarse a escribir en este mismo momento.

Con los ojos cerrados

Salió de la casa cansado, hastiado, de todo: de él mismo, de la realidad, de ella, de estar despierto, tan despierto…

Al inicio la calle estaba vacía, estaban solos, el frío, el sol de la mañana y él. Caminaba sin prisa, sin rumbo mayor a una línea recta. No quería llegar a ninguna parte, sólo quería despejar su mente. Olvidarse de ella.

Empezó a ver otras personas, todas caminando en sentido contrario al suyo. Eran pocas, fáciles  de esquivar. Aunque no podía alejarse del ruido que hacían, los zapatos contra el concreto de la calle, las monedas en sus bolsillos, la respiración sin ritmo que todos se organizaban para tener al mismo tiempo (a destiempo). Pero sobre todo sus voces, no podía tolerar sus voces.

Pensó en una canción y comenzó a tararearla con rabia en su cabeza… no era suficiente, comenzó a cantarla …drop the, devil, to his, kneeees, amonna drop the, devil, to his, kneees… Sintió un peso que nacía en uno de sus bolsillos y encontró su reproductor de música convenientemente conectado a un par de audífonos. Música > Artístas > Dave Matthews (Live) > Live in Las Vegas > EH HEE. Subió todo el volumen y las guitarras de Dave y Tim comenzaron a retumbar en su pecho.

Eh hee yeah amonnaya, yeah ah yeah amonna, yeah eh hee yeah amonnaya

Y la realidad se volvió un poco más tolerable. Pero al mismo tiempo empezaron a salir más personas, de todas partes, del suelo, de las paredes, de las sombras de las otras personas, todos yendo hacia el otro lado. Eran tantos que empezaban a estorbarle, chocaban hombro con hombro, unos con más fuerza, como queriendo que cambiara de dirección, como si estuviera yendo hacia el lado equivocado.

praise god who has many names, but the devil have many more… with the love that ma mother gave me amonn drop the devil to the floor

…sus caras le estorbaban, todos tenían dos ojos, igual que ella; todos tenían nariz y respiraban, igual que ella; todos tenían otras cosas que hacer, igual que ella; todos le recordaban a ella, igual que ella…

yeah eh hee yeah amonnaya yeahamonna drop the, devil, to his, knees, drop, the, devil, to his knees

Cerró los ojos, no podía verlos un segundo más.

with the love that ma mother gave me

amonna drop the, devil, to his, knees

Quería salir de ahí, salir de ella, dejarla atrás. Comenzó a correr. Pero la gente no lo dejaba avanzar. Comenzó a empujar. A correr. Y a empujar… drop the… a correr… devil… y a empujar… to his… a correr… knees… a correr… amonna drop the… y correr… devil… correr… to his… correr… kneeeees

El golpe lo detuvo en seco, no rebotó, se quedó inmóvil con la cara estrellada contra el muro y la sangre y las lágrimas escurriendo de su nariz y su boca y sus ojos. ¿Porqué no lo dejan salir? El sólo quiere irse, ya no quiere más estar aquí… yeah eh hee yeah amonnaya… su cuerpo se sobrecargó de adrenalina al ritmo de las guitarras y sus manos comenzaron a golpear el muro… amonnaya… golpe… yeah eh heee yeah… golpe… amonnaya… golpe… drop the… golpe, golpe… devil… golpe… to his… golpe… kneeeeees… golpe, golpe, golpe, golpe.

La sangre ahora salía de sus puños mientras él gritaba y las lágrimas empapaban el muro ablandándolo un poco.

Lo estaba rompiendo, estaba llegando al otro lado, podía sentir el aire que soplaba en su misma dirección, y la gente seguía pasando a su lado sin mirarlo, seguían su camino hacia el lado contrario como vacas sin saber a dónde van.

there’s always someone who’ll try to convince you that they know the answer no matter the question, be wary of those who believe in a neat, little world ´cause it’s just fucking crazy, you know that it is

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LIBERTANGO

los ladrillos atrapados en el muro por las enormes letras grafiteadas en distintos colores. La luz del alumbrado público pintada en medios círculos avanzaba a lo largo de toda la pared…

…luz, penumbra

luz, penumbra

penumbra (un bombillo roto)

luz (una mancha de sangre sobre una F color verde)

penumbra

luz (un pie desnudo y otro con su zapato, ambos inertes)

penumbra (el resto del cadáver)

luz, penumbra

luz (un charco de lágrimas bajo los pies de una niña)

penumbra (se termina la calle pero el muro da vuelta sobre la esquina hacia el sur y continúa)

luz, penumbra, Penumbra, PENUMBRA (un arma tirada entre el pavimento y el andén),

luz

luz (roja)

luz (azul)

luz (roja)

luz (azul)

penumbra, luz, penumbra…

Quesos

Estaba sentado en una mesita de un café en alguna ciudad de Europa. Lo sé gracias a lo visto en las películas. ¡Quesos! ¡Quesos!, pasó gritando una señora con un vestido azul y una enorme canasta bajo el brazo. ¿De cuáles?, le pregunté de forma automática.

El queso siempre había sido una especie de engrudo en nuestra relación. Si peleábamos, yo al otro día llegaba a casa de ella con una tabla de quesos en vez de flores. Después del sexo ella corría desnuda a la cocina a por un poco de queso. Una vez en un hotel, con poco aliento en su voz, llamó a servicio al cuarto a pedir queso, cualquiera. Disculpe señorita, en este hotel no hay servicio a la habitación. Tampoco había cocina, resolvimos salir a la calle en busca de queso. Lo único cubriéndonos eran las toallas con la insignia del hotel. No tienen servicio al cuarto, ¿puede creerlo?, le dijo al señor de la tienda. Nos veía con disimulo perplejo mientras pesaba trescientos gramos de queso.

Por eso respondí de manera tan inmediata al grito de ¡Quesos! de aquella señora, me parecía apenas apropiado tener un poco de queso en nuestra cita. Un queso madurado, así como los cinco años de silencio vividos desde la tarde cuando decidimos, es lo mejor para los dos. Una tarde sin queso.

Compré tres quesos distintos, uno para la cita, otro para después ahogar mis penas, sólo si era ese tipo de cita, y el tercero era de un precio difícil de rechazar. Me senté a esperarla en la mesita del café con mis tres quesos sobre la mesa. En eso estaba, esperando, cuando llegó y se sentó frente a mi. Estaba tan hermosa como la última vez, como siempre. Sonrió al ver los quesos en la mesa y comenzamos a hablar.

¡Quesos! ¡Quesos! pasó gritando la vendedora de vestido azul y una gran canasta bajo el brazo.

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(M)Orfeo

Estás sentado en el borde de la cama, la luz del atardecer se asoma por la ventana pintando todo color ámbar. Las sombras se alargan por el piso y llegan confusas a las paredes. Tu sueño está terminando, y lo sabes. Pero no quieres despertar, detrás de ti sientes la presencia de una mujer que duerme desnuda en la cama, es la mujer a la que tanto habías buscado.

Te sorprende que ella pueda estar durmiendo, tendrían que estar aprovechando estos últimos minutos juntos. Pasas tu mano por las sábanas blancas hasta que te encuentras con su mano. La acaricias mientras tu corazón se acelera con la felicidad de estar por fin tan cerca.

La luz de la habitación se torna un tanto más amarilla y en ese momento los dioses te hablan al oído. Dicen que están conmovidos por el amor que sientes por ella, y por eso te van a dejar llevarla fuera del mundo de los sueños. Debes emprender un camino que te llevará de vuelta a la realidad y ella te seguirá, lo único que debes hacer es creer y salir de allí sin mirar atrás, porque si volteas tu mirada, si la buscas, ella desaparecerá y nunca más volverás a verla.

 

El vaivén del autobús distrae tus pensamientos. Sabes que esta mañana estabas soñando algo antes de despertar pero no logras recordarlo, sólo te quedó una sensación, la de estar acariciando una mano, la piel suave de la mano de una mujer.

Próxima parada Mallorca

Entonces recuerdas, ¿dónde está? Volteas a buscarla y la encuentras detrás de ti, la mujer más hermosa a la que jamás hayas visto, estiras tus manos y las pones sobre sus mejillas, te inclinas a besar sus labios y justo en el momento en el que hacen contacto, ella desaparece.


Cuando despiertas, la cama está vacía a tu lado, igual que siempre.

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La Luz

El día en que murió la abuela fue el último día que su perfume flotó por los pasillos y habitaciones de la casa. Cuando se la llevaron los hombres del servicio funerario, se llevaron su aroma con ella, como si lo tuviera atado a su cuerpo. Desde entonces me encontraba con ese olor abriendo algún cajón o en un armario viejo. A veces me atravesaba, como si fuera un fantasma, mientras caminaba de mi habitación a la cocina o de la cocina a mi habitación. De alguna u otra forma la abuela seguía haciéndose presente en mi vida.

Tal vez fue por eso que cuando su perfume me despertó una madrugada no me pregunté de dónde venía, no me pareció extraño. Me paré de la cama y fui al baño de forma automática sin encender la luz. Cuando estaba parado frente al retrete, haciendo lo mío, escuché un ruido que venía de la parte de atrás de la casa, más allá del patio, tal vez de la casa de algún vecino. Salí del baño y por el rabillo del ojo vi una luz encendida en el patio.

La abuela pasaba noches enteras trabajando en sus proyectos en el pequeño taller que habíamos construído en el fondo del patio. Nadie había entrado allí desde que su enfermedad la postró en la cama y yo no me había atrevido a hacerlo después de su muerte.

La luz brillaba fuerte en medio de la noche, sentí el perfume de la abuela que se dibujaba por el aire a través de la casa guiándome hasta allá, y lo seguí. Abrí la puerta del taller y dentro encontré a una mujer muy hermosa, muy joven, parecía tener tan sólo veintitrés o veinticuatro años, no los noventa y tantos que tenía el día de su muerte.

Entonces mi abuela me miró con sus ojos grises y dijo con una sonrisa: Hola mijo, vengo a contarte una historia que no vas a poder creer.

Le Petite Mort

Nunca creí volver a estar tan cerca de ella, a sentir el calor de su cuerpo, sus senos pegados a mi pecho, la temperatura de sus labios contra mi piel y su respiración agitada. Nunca creí que ella me volvería a abrazar con tanta pasión.

 

Llevaba veintitrés días contando los días que faltaban para volver a verla. Era difícil vivir sin ella, sabiendo que estaba en otro país, en otro continente. Era difícil saberla tan lejos. Veía mi realidad y me veía solo en un apartamento al norte de la ciudad. Incluso cuando ella estaba aquí en Bogotá, compartía su cama con otro, sus sonrisas, sus lágrimas, sus silencios, sus sueños, sus besos.

Llevaba ya algunos meses desarrollando por ella una ligera obsesión, me era imposible dejar de ver su perfil en facebook, ver tantas fotos de ella sonriendo en las que debía estar yo a su lado y no su actual novio.

No sé si ella me seguía amando tanto como alguna vez lo había hecho. Es más, nunca supe siquiera si me amaba tanto como yo a ella. Después de ese mes en el que vivimos una pasión sin freno, reinó en nuestro amor un silencio ensordecedor y nunca hablamos de ello, por lo menos no con palabras, las miradas, las sonrisas y los esporádicos roces de nuestras manos seguían hablando por sí solos.

 

Por fin llegó el día. Revisé el vuelo en la página de la aerolínea y aparecía como “Aterrizó”. Esperé dos horas, tres horas, cuatro horas revisando mi celular cada cinco minutos. No tenía ningún mensaje ni llamada perdida. Entonces decidí llamarla, quería saber cómo le había ido, o sólo quería escuchar su voz.

La línea sonó diez veces y me mandó al buzón de voz, colgué sin dejar un mensaje.

Resignado a mi papel de amigo-que-no-tiene-porqué-saber-todo-lo-que-ella-hace me fui a dormir sumando un día más en el calendario a los días sin verla.

Desperté al otro día y revisé mi celular. Aún nada. A estas horas ella ya debía haber visto mi llamada perdida y por alguna desconocida razón había decidido no devolverme la llamada. Comenzaba a desesperarme, quería saber de ella, saber cómo estaba. Respiré profundo convenciéndome de que había alguna razón de peso para su indiferencia y decidí seguir esperando pacientemente sin mostrar mis ganas.

A medio día no pude resistir más y le escribí un mensaje:

 

 

Hola, cómo te fue? Llegaste bien?

Espero que la hayas acabado de pasar muy bien en tu viaje.

Te mando un abrazo, hablamos.

 

 

 

A las dos horas me respondió:

 

Que pena no haberte contestado antes,

llegué muy enferma,

estoy en cama y no quiero hablar con nadie.

 

Cómo así? Qué tienes?

 

 

Una fiebre horrible

 

 

Y Andrés te está cuidando bien?

 

 

No, él se fue de viaje esta mañana.

 

 

Bueno, voy a cuidarte entonces. Ya nos vemos

 

 

No, en serio no quiero ver a nadie.

 

 

 

Pero necesitas alguien que te cuide. No fue pregunta.

 

 

Afortunadamente hacía apenas dos días que había estado en el supermercado entonces llené mi mochila con los ingredientes necesarios para prepararle un caldo de pollo que mi mamá me había enseñado a hacer que era perfecto para cualquier enfermedad.

Salí de mi apartamento y me fui caminando hasta el edificio de ella. Era una caminata de veinte o treinta minutos que siempre estaba empapada con la expectativa de verla, así que no me cansaba. La ciudad estaba prácticamente vacía. Eran pocos los carros que pasaban y lo hacían a toda velocidad por las calles. Era yo la única persona en la calle, parecía como si fuera la única persona en el mundo, ella y yo en una ciudad fantasma, el escenario perfecto.

Llevábamos apenas setenta y dos horas con noticias sobre la epidemia que aparentemente estaba matando a miles en Europa. Se temía que fuera a llegar a América, ya había noticias de brotes en México y Chile, por lo que la gente se encerró en sus casas. Las farmacias vendieron todas las existencias de cubre bocas, gel antibacterial y kits de primeros auxilios.

Fuera la epidemia que fuera, yo estaba convencido de que un simple cubre bocas no iba a salvarnos de ser contagiados, pero mi sentido cívico me obligaba a llevarlo puesto. Las caras que se asomaban entre las ventanas y puertas también llevaban la cara a medio cubrir. Era como una película, una mala película de terror.

Cuando llegué a su edificio el portero me reconoció y me dejó entrar con un amable saludo, normalmente nos hubiéramos dado un apretón de manos pero las noticias decían que se debía evitar cualquier tipo de contacto físico en la calle. Subí hasta el sexto piso y en lugar de tocar el timbre, usé la llave escondía en las plantas del vecino para emergencias.

Me saludó con un abrazo alrededor de mi cuello mientras yo me agachaba sobre la cama para darle un beso en la mejilla. Sentía el calor de la fiebre que llevaba por dentro. En ese momento supe que un caldo de pollo no iba a solucionar nada. Fui por un balde de agua fría y una toalla, la mojé y la puse en su frente. Ella cerró sus ojos con alivio. Puse una camiseta blanca, que encontré en un cajón, sobre la lámpara de su mesa de noche para atenuar la luz en la habitación y me dediqué a cambiarle los paños de agua, en la frente, en el cuello, en la espalda.

No importaba lo que hiciera, la fiebre no bajaba, al contrario, parecía estar subiendo. A las tres de la mañana le quité con mucho cuidado la pijama,  puse un brazo alrededor de su cuello y el otro detrás se sus rodillas y la cargué hasta el baño, la metí a la tina y le di un baño con agua fría. Ella parecía estar perdida dentro de un sueño. Sus ojos estaban apenas entreabiertos pero alcanzaba a ver que estaban muy rojos. Sus movimientos eran apenas los necesarios y no hablaba, hacía unos pequeños ruidos que salían de su garganta aunque sus labios no se movían, pequeños ruidos de dolor. La fiebre no bajó pero dejó de subir, se mantuvo en unos firmes e inquietantes 39.4°C. La llevé de vuelta a la cama entre mis brazos y seguí cambiando los paños de agua fría. Su cuerpo entero estaba luchando lo que fuera que la estaba atacando por dentro.

Me quedé dormido acostado al lado de ella con mi mano sobre su frente, un pedazo de toalla separa su piel de la mía. Cuando desperté eran las siete de la mañana, ella estaba dormida, tranquila, así que entré al baño a lavarme la cara para despertarme. Tenía que llevarla a urgencias, no podía seguir así. Me senté en el retrete, estaba cansado, había sido una noche larga. Volví a quedarme dormido.

 

Desperté con un ruido que venía de la habitación. Cuando abrí la puerta del baño me quedé paralizado con lo que vi. Ella estaba arrodillada en la cama con las palmas de las manos también sobre la cama. Su espalda estaba arqueada y parecía temblarle todo el cuerpo. Sus ojos estaban bien abiertos e inyectados de sangre, me miraba fijamente. No parecía estar sufriendo, era más bien como si estuviera conteniendo un impulso dentro de ella. De inmediato pensé en esos animales que muestran en los documentales, esos que llevan días sin comer por culpa de la sequía que se vive en la tundra y ahora están acechando a su próxima presa… muertos del hambre.

Parecía todo menos un ser humano.

Los dos estábamos paralizados viéndonos directamente a los ojos. Era como si ella supiera perfectamente lo que yo estaba pensando, así como yo sabía lo que pasaba por su mente.

No sentí miedo, mi corazón comenzó a latir fuertemente y mi mente comenzó a revivir esa noche en la que estuvimos los dos desnudos en la misma cama en la que ahora ella estaba preparando su ataque. Después de esa noche supe que nunca volvería a estar tan cerca de ella ni ella tan cerca de mí. Mi mente entonces comenzó a reproducir otros momentos a su lado, sus risas, su sonrisa, sus ojos cafés que brillaban más que cualquier otro par de ojos que jamás hubiera visto. Nunca la había dejado de amar, nunca la dejaría de amar.

Entonces el tiempo comenzó a andar en cámara lenta. Ella se lanzó sobre mí, y yo, sabiendo con una extraña claridad lo que estaba a punto de suceder, abrí mis brazos para recibirla. Sus brazos abrazaron mi cuello y sus piernas rodearon mi tronco, su boca se fijó en mi cuello, sus dientes hicieron fuerza en mi piel hasta atravesarla, cerraba su mordida mientras la sangre corría por todas partes, entonces jalaba haciendo toda la fuerza en su cuello arrancando pedazos enteros de mí, empapándose con mi sangre. Yo rodeé su cintura con uno de mis brazos y con el otro rodeé su tronco dejando descansar mi mano en sus costillas desnudas.

 

Nunca creí volver a estar tan cerca de ella, a sentir el calor de su cuerpo, sus senos pegados a mi pecho, la temperatura de sus labios contra mi piel y su respiración agitada. Nunca creí que ella me volvería a abrazar con tanta pasión.

 

De mis ojos salieron lágrimas que corrieron por mi mejilla, lágrimas de tristeza por haber perdido a mi mejor amiga, lágrimas de felicidad por estar de nuevo pegado al de ella sintiendo su calor, su pasión.

Sentí mi cuerpo golpear el piso, ella seguía pegada a mi cuerpo.

Después todo fue oscuridad.

La muerte al parecer era mejor de lo que había esperado.

Todo era silencio.

Pasó mucho tiempo, tal vez horas. Y poco a poco comenzaba a recobrar el sentido de mí mismo. Sentía mi cuerpo paralizado en el piso, ya no la sentía a ella encima. Sentía la noche que me rodeaba. Entonces sin aviso, sin haberlo esperado y sin quererlo, mis ojos inyectados de sangre, inyectados de hambre, se abrieron de nuevo.

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Un rayo de luz

Siento que debí haber hecho esto mucho antes, tal vez desde el principio… de tantas veces que no lo he hecho siento como si esto nunca hubiera sido. Pero hoy me tuve que sentar a escribirte:

“una mujer es un pedazo de realidad que siempre quiso ser imaginario… o un pedazo de imaginación que fue obligado a ser real… de la forma que sea, cada mujer es un pedazo de realidad mezclado con un pedacito de imaginación”

Un poco de poesía que nunca quiso ser poesía, que nunca quiso ser nada y que, de alguna u otra forma, terminó siendo un inicio, el inicio de tu historia poética en mi cabeza, una historia que sólo puede comenzar de una manera y terminar de una manera. Siempre con un beso. Aunque si lo pienso, no creo estar seguro de saber cuál fue el beso que comenzó todo esto. Creo que fue uno de nuestras manos, de las puntas de nuestros dedos, de esas ganas de que nunca se soltaran y ser un solo momento, un solo espacio, sin que nadie, ni tú ni yo, interviniéramos en ello.

Un momento que nunca sucedió, un beso que nunca se besó. Creo que ese siempre es y siempre será el inicio de una historia poética. Porque lo que no tenemos es lo que más deseamos… ojalá pudiéramos quedarnos por siempre en ese beso que nunca pasó para vivir esta historia justo y como se escribió en ese instante. Porque unos días más tarde, cuando nos dimos un beso que nunca fue escrito, un beso que sucedió sin mayor poética más que la erótica de su momento, la poesía ya estaba escribiendo por sobre nuestra historia, y era un poema distinto, unos versos/besos que podrían durar para siempre o tan solo un segundo, pero lo que fuese que durasen, por poco que fuese, sería más de lo que duró ese microsegundo del beso que no nos dimos.

Y la poesía, cuando dura para siempre, crece, se estira y endurece, se hace vieja al punto de madurar tanto que se convierte en algo real, tan real como una noticia en un periódico, como una pulga en un perro que no deja de rascarse, como una señal de advertencia en un vaso con café o una dirección a la que la única forma de llegar es desconociéndola.

Quisiera tanto que me duraras para siempre que deseo haberte perdido en el mismo instante en el que te volviste un ocupante más de este mundo del que sólo se puede despertar volviendo cinco veces del mismo sueño. O mejor aún, poder volver a ese momento y repetir esa centésima de segundo una y otra vez hasta que se convirtiera en una caricia, en un fragmento, en un pedazo de algo, en un rayo de luz que va por el silencio del universo haciendo tanto ruido que nadie sería capaz de vernos escapar de este mundo donde todo es tan real que el hecho de que me leas no significa nada aunque signifique algo, lo que sea.

Quedémonos en silencio y con las luces apagadas y hagamos como si fuéramos ese rayo de luz, ese instante en el que el roce de tus manos se puso a escribir nuestra historia poética.