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CAPÍTULO I. FILADELFIA

Tomás vivía solo en la capital. Daba clases de pintura en la universidad nacional y no era capaz de amar. Lo único que había en su vida era soledad. Por eso, todos los martes por la noche iba al centro de la ciudad a buscar a su puta favorita, Alondra. No siempre la encontraba y debía conformarse con Marcela o con María, quien cambiaba de cara cada semana.

No le gustaba usar el servicio en la pequeña casa estilo japonés de la calle Presidente González, donde vivían las prostitutas. Prefería pagar un veinte por ciento adicional a la tarifa regular más el transporte con tal de poderlas llevar a su casa. Tomás creía que haciendo esto sentiría menos su soledad. No era sino hasta que las penetraba que se daba cuenta que no importaba dónde se llevara a cabo el encuentro, su pecho siempre se sentía igual de hueco. Pero la esperanza se renovaba cada semana, no importaba lo mucho que Marcela quisiera enseñarle su cuarto.

 

La rutina era siempre la misma. Salía a las seis de dictar clase y se tomaba una sopa de fideos, lo único que le quitaba, aunque temporalmente, la sensación de vacío. Pagaba con un billete de diez pesos para poder pagar el autobús de ida y vuelta con las monedas que le daban de cambio. Caminaba hasta la avenida séptima, tomaba el primer autobús que pasaba, se bajaba en la esquina de Presidente González, caminaba hacia el norte y, al llegar a la puerta de la casita japonesa, prendía un cigarrillo. Lo apagaba a la mitad, sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros dos billetes de cincuenta que tenía listos desde la mañana y entraba por la puerta verde sin atender a Antonia que todos los días anunciaba su gordura hasta el amanecer. Todos los días excepto un martes en el que, según Alondra, había muerto una de sus tantas hijas. Al siguiente martes Antonia estaba de regreso con un atuendo más pequeño que de costumbre.

Había que ir hasta la cocina para pagar el servicio. Allí se encontraba una mujer, del doble del volumen de Antonia, siempre cocinando con un cigarrillo encendido en la mano derecha. Tomás ponía los cien pesos sobre el mesón y daba media vuelta ignorando a la mujer que con su acento mexicano le decía:

-Hoy estás de suerte güero.

O

-Si tanto te gusta Alondra. ¿Pa qué pagas si sabes que no vas a quedar contento?

A lo que Tomás no contestaba nada o simplemente decía:

-Nunca quedo contento.

Seguía su camino por el corredor y salía a la calle a esperar a la prostituta en turno despotricando contra la cocinera por su buen o mal augurio mientras encendía otro cigarrillo que quedaría a la mitad. Llegaba entonces a su lado María, Alondra o Marcela y tomaban camino al paradero.

A Tomás no le gustaba hablar camino a su casa pero Marcela siempre le insistía que regresaran a su habitación. Al principio de la noche porque aún estaban a tiempo de regresar. Mientras cogían porque sería mucho mejor y más cómodo. Y de regreso porque podían alargar la noche y acabar, aunque a destiempo, una vez más, ella tal vez dos.

 

Por alguna razón que Tomás nunca comprendió, las mujeres de la casita japonesa disfrutaban mucho el sexo con él. Marcela fue la primera. Una noche hace un par de años Tomás había aparecido en la cocina guiado por Antonia. Estaba empapado por caminar bajo la lluvia. Le explicó a la cocinera lo que quería y bajo qué condiciones. Ésta tomó los cien pesos con una mano y con el cuchillo y el cigarrillo en la otra señaló a Marcela que estaba en una esquina picando apio atenta a la conversación.

-Llévate a esta. Tú, ve con él.

Tomás había sido tan determinante y articulado en su discurso con la cocinera que Marcela se sentía intimidada por él. No se atrevió a hablar, ni tuvo que hacerlo hasta que gritó durante el primer orgasmo de esa noche, el primero de tres, el primero en meses. Desde ese momento, en el que Marcela recordó el rostro del padre que nunca conoció y Tomás sólo sintió cómo se agrandaba el hueco en su pecho, Marcela no pudo dejar de hablar. Por lo tanto todas las mujeres de la casita japonesa se enteraron de las habilidades de Tomás en la cama. Según Marcela, ese hombre era imparable.

-Tuve que gritar hasta perder la voz y torcerle la mano para que parara. Ya para la segunda vez teníamos una clave, en lugar de torcerle la mano sólo tuve que gritar “Filadelfia”.

El resto de la semana las mujeres esperaron como aves de rapiña al “misterioso hombre que llegó desde Filadelfia” (como se contaba en las habitaciones del burdel). Ya para el domingo todas habían perdido las esperanzas de volver a ver a “El Americano”. Todas excepto María, la más joven e inexperta de la casa.

María fantaseaba todo el día con Tomás. Él la levantaba por los aires y se la ponía por todos lados haciéndola llorar de placer. Luego le contaba cuentos en francés y le mostraba fotos de sus viajes haciéndola gritar en portugués, chino y hasta en inglés, lenguas de las cuales María no sabía nada, nothing.

Soñaba todo el día mientras ayudaba en la cocina, claro que esto no era más que un pretexto para poder ver a todos los clientes que llegaban. No fue sino hasta que Tomás entró a la cocina y dejó los cien pesos sobre el mesón, que María se dio cuenta que no sabía cómo era “El Americano”. Era martes de nuevo aunque un poco más tarde.

-¿Eres la misma de la semana pasada?

María titubeó un par de segundos antes de contestar.

-Si.

-Quiero otra.

-Esta es otra, no más que es pendeja.

La cocinera señaló a Tomás con el cuchillo haciéndole un gesto a María para que fuera con él.

-Me llamo María.

Aún sin levantar la cabeza y sin pronunciar una palabra más, Tomás dio media vuelta y empezó a caminar. María no se movió hasta que la cocinera tomando el dinero del mesón le dijo:

-¡Ándale!

Tomás ya iba a la mitad del pasillo por lo que María tuvo que correr para alcanzarlo. Llegaron a su apartamento y en efecto, al ser pequeña y ligera, Tomás se la puso por todos lados tratando de sentir algo sin importarle las lagrimas de la pobre niña. En el autobús de regreso ella seguía llorando, ahora con los ojos cerrados y todavía jadeando de placer.

María contó a detalle por días enteros todo lo que Tomás le había hecho.  Y cada vez que lo hacía debía salir corriendo al baño para terminar el trabajo del recuerdo.

Al siguiente martes, un poco antes de la hora en la que se esperaba llegara “El Americano”, las mujeres de la casa le pidieron a la niña que les contara cómo se la habían cogido la semana pasada. Y mientras ella gritaba “Filadelfia” una treintena de veces sola en el baño, las demás prostitutas se ponían de acuerdo, de forma extrañamente civilizada, y decidían el orden que debían seguir con “El Americano”.

Es por eso que cada martes María tenía un rostro distinto, aunque insistía que era la misma chica de la semana anterior. Unas incluso le decían “Filadelfia” al oído para acabar de convencerlo. Claro que eso era sólo la primera vez que les tocaba turno porque después de una noche con Tomás les era imposible susurrar esa palabra.

 

La María original nunca volvió a ir con él. De tanto masturbarse en el baño lo único que podía decir era “Filadelfia”. Los médicos creyeron que estaba loca pero en realidad estaba en un eterno orgasmo que le duró hasta el momento de su muerte, un año después, en un manicomio donde nunca supieron su nombre, donde la llamaban “La Americana”.

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