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Un vuelo a las estrellas

Tomé un vuelo a las estrellas, así era como el vendedor lo anunciaba, me costó un mes de renta, pero valió la pena. El avión no tenía techo, o por lo menos eso parecía desde la sala de espera. En realidad sí lo tenía pero era de cristal. Le pedimos a los pasajeros que reclinen completamente sus asientos durante el despegue y toda la duración del vuelo. Disfruten de la vista.

Nunca creí encontrarme allá arriba con tus ojos. O tal vez era eso lo que esperaba encontrar y por eso gasté todo mi dinero en ello.

—Mira, son sus ojos.

—No, es la vía láctea.

No hice caso de la corrección que me hizo el extraño del asiento 7E, no estaba hablando con él… ¿o era ella? Ya no recuerdo.

Había tantas estrellas, era inútil contarlas. ¿Porqué le llamaron vía láctea? No es blanca, me parece más como una nebulosa color magenta. Me sentía como un griego antiguo viendo por primera vez al cielo nocturno. Mi mente comenzó a trazar líneas imaginarias que iban de una estrella a otra. Dibujé la constelación de tus ojos, la llamé igual que tu ciudad natal aunque no conozco el nombre. Y en la orilla del universo encontré la constelación de tu sonrisa, esa que sonríes del lado izquierdo cuando no quieres mostrar tu verdadera sonrisa.

La flechita que se dibuja entre tu mejilla y tu boca cuando sonríes esa sonrisa me indicó el camino de regreso a casa. Pero estaba atrapado en un avión de cristal que volaba inocentemente en dirección contraría. Cuando aterrizamos salí corriendo del aeropuerto y miré al cielo implorando por tu sonrisa. Pero las luces de la ciudad no dejan ver las estrellas, eso es lo que el taxista me dijo.

No me queda más que esperar un apagón en medio de la noche para volver a verte sonreír y encontrar el camino de vuelta. Mientras tanto, prometo todas las noches voltear al cielo y buscarte, tú promete sonreír siempre antes de ir a dormir.

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Con los ojos cerrados

Salió de la casa cansado, hastiado, de todo: de él mismo, de la realidad, de ella, de estar despierto, tan despierto…

Al inicio la calle estaba vacía, estaban solos, el frío, el sol de la mañana y él. Caminaba sin prisa, sin rumbo mayor a una línea recta. No quería llegar a ninguna parte, sólo quería despejar su mente. Olvidarse de ella.

Empezó a ver otras personas, todas caminando en sentido contrario al suyo. Eran pocas, fáciles  de esquivar. Aunque no podía alejarse del ruido que hacían, los zapatos contra el concreto de la calle, las monedas en sus bolsillos, la respiración sin ritmo que todos se organizaban para tener al mismo tiempo (a destiempo). Pero sobre todo sus voces, no podía tolerar sus voces.

Pensó en una canción y comenzó a tararearla con rabia en su cabeza… no era suficiente, comenzó a cantarla …drop the, devil, to his, kneeees, amonna drop the, devil, to his, kneees… Sintió un peso que nacía en uno de sus bolsillos y encontró su reproductor de música convenientemente conectado a un par de audífonos. Música > Artístas > Dave Matthews (Live) > Live in Las Vegas > EH HEE. Subió todo el volumen y las guitarras de Dave y Tim comenzaron a retumbar en su pecho.

Eh hee yeah amonnaya, yeah ah yeah amonna, yeah eh hee yeah amonnaya

Y la realidad se volvió un poco más tolerable. Pero al mismo tiempo empezaron a salir más personas, de todas partes, del suelo, de las paredes, de las sombras de las otras personas, todos yendo hacia el otro lado. Eran tantos que empezaban a estorbarle, chocaban hombro con hombro, unos con más fuerza, como queriendo que cambiara de dirección, como si estuviera yendo hacia el lado equivocado.

praise god who has many names, but the devil have many more… with the love that ma mother gave me amonn drop the devil to the floor

…sus caras le estorbaban, todos tenían dos ojos, igual que ella; todos tenían nariz y respiraban, igual que ella; todos tenían otras cosas que hacer, igual que ella; todos le recordaban a ella, igual que ella…

yeah eh hee yeah amonnaya yeahamonna drop the, devil, to his, knees, drop, the, devil, to his knees

Cerró los ojos, no podía verlos un segundo más.

with the love that ma mother gave me

amonna drop the, devil, to his, knees

Quería salir de ahí, salir de ella, dejarla atrás. Comenzó a correr. Pero la gente no lo dejaba avanzar. Comenzó a empujar. A correr. Y a empujar… drop the… a correr… devil… y a empujar… to his… a correr… knees… a correr… amonna drop the… y correr… devil… correr… to his… correr… kneeeees

El golpe lo detuvo en seco, no rebotó, se quedó inmóvil con la cara estrellada contra el muro y la sangre y las lágrimas escurriendo de su nariz y su boca y sus ojos. ¿Porqué no lo dejan salir? El sólo quiere irse, ya no quiere más estar aquí… yeah eh hee yeah amonnaya… su cuerpo se sobrecargó de adrenalina al ritmo de las guitarras y sus manos comenzaron a golpear el muro… amonnaya… golpe… yeah eh heee yeah… golpe… amonnaya… golpe… drop the… golpe, golpe… devil… golpe… to his… golpe… kneeeeees… golpe, golpe, golpe, golpe.

La sangre ahora salía de sus puños mientras él gritaba y las lágrimas empapaban el muro ablandándolo un poco.

Lo estaba rompiendo, estaba llegando al otro lado, podía sentir el aire que soplaba en su misma dirección, y la gente seguía pasando a su lado sin mirarlo, seguían su camino hacia el lado contrario como vacas sin saber a dónde van.

there’s always someone who’ll try to convince you that they know the answer no matter the question, be wary of those who believe in a neat, little world ´cause it’s just fucking crazy, you know that it is

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Quesos

Estaba sentado en una mesita de un café en alguna ciudad de Europa. Lo sé gracias a lo visto en las películas. ¡Quesos! ¡Quesos!, pasó gritando una señora con un vestido azul y una enorme canasta bajo el brazo. ¿De cuáles?, le pregunté de forma automática.

El queso siempre había sido una especie de engrudo en nuestra relación. Si peleábamos, yo al otro día llegaba a casa de ella con una tabla de quesos en vez de flores. Después del sexo ella corría desnuda a la cocina a por un poco de queso. Una vez en un hotel, con poco aliento en su voz, llamó a servicio al cuarto a pedir queso, cualquiera. Disculpe señorita, en este hotel no hay servicio a la habitación. Tampoco había cocina, resolvimos salir a la calle en busca de queso. Lo único cubriéndonos eran las toallas con la insignia del hotel. No tienen servicio al cuarto, ¿puede creerlo?, le dijo al señor de la tienda. Nos veía con disimulo perplejo mientras pesaba trescientos gramos de queso.

Por eso respondí de manera tan inmediata al grito de ¡Quesos! de aquella señora, me parecía apenas apropiado tener un poco de queso en nuestra cita. Un queso madurado, así como los cinco años de silencio vividos desde la tarde cuando decidimos, es lo mejor para los dos. Una tarde sin queso.

Compré tres quesos distintos, uno para la cita, otro para después ahogar mis penas, sólo si era ese tipo de cita, y el tercero era de un precio difícil de rechazar. Me senté a esperarla en la mesita del café con mis tres quesos sobre la mesa. En eso estaba, esperando, cuando llegó y se sentó frente a mi. Estaba tan hermosa como la última vez, como siempre. Sonrió al ver los quesos en la mesa y comenzamos a hablar.

¡Quesos! ¡Quesos! pasó gritando la vendedora de vestido azul y una gran canasta bajo el brazo.

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(M)Orfeo

Estás sentado en el borde de la cama, la luz del atardecer se asoma por la ventana pintando todo color ámbar. Las sombras se alargan por el piso y llegan confusas a las paredes. Tu sueño está terminando, y lo sabes. Pero no quieres despertar, detrás de ti sientes la presencia de una mujer que duerme desnuda en la cama, es la mujer a la que tanto habías buscado.

Te sorprende que ella pueda estar durmiendo, tendrían que estar aprovechando estos últimos minutos juntos. Pasas tu mano por las sábanas blancas hasta que te encuentras con su mano. La acaricias mientras tu corazón se acelera con la felicidad de estar por fin tan cerca.

La luz de la habitación se torna un tanto más amarilla y en ese momento los dioses te hablan al oído. Dicen que están conmovidos por el amor que sientes por ella, y por eso te van a dejar llevarla fuera del mundo de los sueños. Debes emprender un camino que te llevará de vuelta a la realidad y ella te seguirá, lo único que debes hacer es creer y salir de allí sin mirar atrás, porque si volteas tu mirada, si la buscas, ella desaparecerá y nunca más volverás a verla.

 

El vaivén del autobús distrae tus pensamientos. Sabes que esta mañana estabas soñando algo antes de despertar pero no logras recordarlo, sólo te quedó una sensación, la de estar acariciando una mano, la piel suave de la mano de una mujer.

Próxima parada Mallorca

Entonces recuerdas, ¿dónde está? Volteas a buscarla y la encuentras detrás de ti, la mujer más hermosa a la que jamás hayas visto, estiras tus manos y las pones sobre sus mejillas, te inclinas a besar sus labios y justo en el momento en el que hacen contacto, ella desaparece.


Cuando despiertas, la cama está vacía a tu lado, igual que siempre.

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Le Petite Mort

Nunca creí volver a estar tan cerca de ella, a sentir el calor de su cuerpo, sus senos pegados a mi pecho, la temperatura de sus labios contra mi piel y su respiración agitada. Nunca creí que ella me volvería a abrazar con tanta pasión.

 

Llevaba veintitrés días contando los días que faltaban para volver a verla. Era difícil vivir sin ella, sabiendo que estaba en otro país, en otro continente. Era difícil saberla tan lejos. Veía mi realidad y me veía solo en un apartamento al norte de la ciudad. Incluso cuando ella estaba aquí en Bogotá, compartía su cama con otro, sus sonrisas, sus lágrimas, sus silencios, sus sueños, sus besos.

Llevaba ya algunos meses desarrollando por ella una ligera obsesión, me era imposible dejar de ver su perfil en facebook, ver tantas fotos de ella sonriendo en las que debía estar yo a su lado y no su actual novio.

No sé si ella me seguía amando tanto como alguna vez lo había hecho. Es más, nunca supe siquiera si me amaba tanto como yo a ella. Después de ese mes en el que vivimos una pasión sin freno, reinó en nuestro amor un silencio ensordecedor y nunca hablamos de ello, por lo menos no con palabras, las miradas, las sonrisas y los esporádicos roces de nuestras manos seguían hablando por sí solos.

 

Por fin llegó el día. Revisé el vuelo en la página de la aerolínea y aparecía como “Aterrizó”. Esperé dos horas, tres horas, cuatro horas revisando mi celular cada cinco minutos. No tenía ningún mensaje ni llamada perdida. Entonces decidí llamarla, quería saber cómo le había ido, o sólo quería escuchar su voz.

La línea sonó diez veces y me mandó al buzón de voz, colgué sin dejar un mensaje.

Resignado a mi papel de amigo-que-no-tiene-porqué-saber-todo-lo-que-ella-hace me fui a dormir sumando un día más en el calendario a los días sin verla.

Desperté al otro día y revisé mi celular. Aún nada. A estas horas ella ya debía haber visto mi llamada perdida y por alguna desconocida razón había decidido no devolverme la llamada. Comenzaba a desesperarme, quería saber de ella, saber cómo estaba. Respiré profundo convenciéndome de que había alguna razón de peso para su indiferencia y decidí seguir esperando pacientemente sin mostrar mis ganas.

A medio día no pude resistir más y le escribí un mensaje:

 

 

Hola, cómo te fue? Llegaste bien?

Espero que la hayas acabado de pasar muy bien en tu viaje.

Te mando un abrazo, hablamos.

 

 

 

A las dos horas me respondió:

 

Que pena no haberte contestado antes,

llegué muy enferma,

estoy en cama y no quiero hablar con nadie.

 

Cómo así? Qué tienes?

 

 

Una fiebre horrible

 

 

Y Andrés te está cuidando bien?

 

 

No, él se fue de viaje esta mañana.

 

 

Bueno, voy a cuidarte entonces. Ya nos vemos

 

 

No, en serio no quiero ver a nadie.

 

 

 

Pero necesitas alguien que te cuide. No fue pregunta.

 

 

Afortunadamente hacía apenas dos días que había estado en el supermercado entonces llené mi mochila con los ingredientes necesarios para prepararle un caldo de pollo que mi mamá me había enseñado a hacer que era perfecto para cualquier enfermedad.

Salí de mi apartamento y me fui caminando hasta el edificio de ella. Era una caminata de veinte o treinta minutos que siempre estaba empapada con la expectativa de verla, así que no me cansaba. La ciudad estaba prácticamente vacía. Eran pocos los carros que pasaban y lo hacían a toda velocidad por las calles. Era yo la única persona en la calle, parecía como si fuera la única persona en el mundo, ella y yo en una ciudad fantasma, el escenario perfecto.

Llevábamos apenas setenta y dos horas con noticias sobre la epidemia que aparentemente estaba matando a miles en Europa. Se temía que fuera a llegar a América, ya había noticias de brotes en México y Chile, por lo que la gente se encerró en sus casas. Las farmacias vendieron todas las existencias de cubre bocas, gel antibacterial y kits de primeros auxilios.

Fuera la epidemia que fuera, yo estaba convencido de que un simple cubre bocas no iba a salvarnos de ser contagiados, pero mi sentido cívico me obligaba a llevarlo puesto. Las caras que se asomaban entre las ventanas y puertas también llevaban la cara a medio cubrir. Era como una película, una mala película de terror.

Cuando llegué a su edificio el portero me reconoció y me dejó entrar con un amable saludo, normalmente nos hubiéramos dado un apretón de manos pero las noticias decían que se debía evitar cualquier tipo de contacto físico en la calle. Subí hasta el sexto piso y en lugar de tocar el timbre, usé la llave escondía en las plantas del vecino para emergencias.

Me saludó con un abrazo alrededor de mi cuello mientras yo me agachaba sobre la cama para darle un beso en la mejilla. Sentía el calor de la fiebre que llevaba por dentro. En ese momento supe que un caldo de pollo no iba a solucionar nada. Fui por un balde de agua fría y una toalla, la mojé y la puse en su frente. Ella cerró sus ojos con alivio. Puse una camiseta blanca, que encontré en un cajón, sobre la lámpara de su mesa de noche para atenuar la luz en la habitación y me dediqué a cambiarle los paños de agua, en la frente, en el cuello, en la espalda.

No importaba lo que hiciera, la fiebre no bajaba, al contrario, parecía estar subiendo. A las tres de la mañana le quité con mucho cuidado la pijama,  puse un brazo alrededor de su cuello y el otro detrás se sus rodillas y la cargué hasta el baño, la metí a la tina y le di un baño con agua fría. Ella parecía estar perdida dentro de un sueño. Sus ojos estaban apenas entreabiertos pero alcanzaba a ver que estaban muy rojos. Sus movimientos eran apenas los necesarios y no hablaba, hacía unos pequeños ruidos que salían de su garganta aunque sus labios no se movían, pequeños ruidos de dolor. La fiebre no bajó pero dejó de subir, se mantuvo en unos firmes e inquietantes 39.4°C. La llevé de vuelta a la cama entre mis brazos y seguí cambiando los paños de agua fría. Su cuerpo entero estaba luchando lo que fuera que la estaba atacando por dentro.

Me quedé dormido acostado al lado de ella con mi mano sobre su frente, un pedazo de toalla separa su piel de la mía. Cuando desperté eran las siete de la mañana, ella estaba dormida, tranquila, así que entré al baño a lavarme la cara para despertarme. Tenía que llevarla a urgencias, no podía seguir así. Me senté en el retrete, estaba cansado, había sido una noche larga. Volví a quedarme dormido.

 

Desperté con un ruido que venía de la habitación. Cuando abrí la puerta del baño me quedé paralizado con lo que vi. Ella estaba arrodillada en la cama con las palmas de las manos también sobre la cama. Su espalda estaba arqueada y parecía temblarle todo el cuerpo. Sus ojos estaban bien abiertos e inyectados de sangre, me miraba fijamente. No parecía estar sufriendo, era más bien como si estuviera conteniendo un impulso dentro de ella. De inmediato pensé en esos animales que muestran en los documentales, esos que llevan días sin comer por culpa de la sequía que se vive en la tundra y ahora están acechando a su próxima presa… muertos del hambre.

Parecía todo menos un ser humano.

Los dos estábamos paralizados viéndonos directamente a los ojos. Era como si ella supiera perfectamente lo que yo estaba pensando, así como yo sabía lo que pasaba por su mente.

No sentí miedo, mi corazón comenzó a latir fuertemente y mi mente comenzó a revivir esa noche en la que estuvimos los dos desnudos en la misma cama en la que ahora ella estaba preparando su ataque. Después de esa noche supe que nunca volvería a estar tan cerca de ella ni ella tan cerca de mí. Mi mente entonces comenzó a reproducir otros momentos a su lado, sus risas, su sonrisa, sus ojos cafés que brillaban más que cualquier otro par de ojos que jamás hubiera visto. Nunca la había dejado de amar, nunca la dejaría de amar.

Entonces el tiempo comenzó a andar en cámara lenta. Ella se lanzó sobre mí, y yo, sabiendo con una extraña claridad lo que estaba a punto de suceder, abrí mis brazos para recibirla. Sus brazos abrazaron mi cuello y sus piernas rodearon mi tronco, su boca se fijó en mi cuello, sus dientes hicieron fuerza en mi piel hasta atravesarla, cerraba su mordida mientras la sangre corría por todas partes, entonces jalaba haciendo toda la fuerza en su cuello arrancando pedazos enteros de mí, empapándose con mi sangre. Yo rodeé su cintura con uno de mis brazos y con el otro rodeé su tronco dejando descansar mi mano en sus costillas desnudas.

 

Nunca creí volver a estar tan cerca de ella, a sentir el calor de su cuerpo, sus senos pegados a mi pecho, la temperatura de sus labios contra mi piel y su respiración agitada. Nunca creí que ella me volvería a abrazar con tanta pasión.

 

De mis ojos salieron lágrimas que corrieron por mi mejilla, lágrimas de tristeza por haber perdido a mi mejor amiga, lágrimas de felicidad por estar de nuevo pegado al de ella sintiendo su calor, su pasión.

Sentí mi cuerpo golpear el piso, ella seguía pegada a mi cuerpo.

Después todo fue oscuridad.

La muerte al parecer era mejor de lo que había esperado.

Todo era silencio.

Pasó mucho tiempo, tal vez horas. Y poco a poco comenzaba a recobrar el sentido de mí mismo. Sentía mi cuerpo paralizado en el piso, ya no la sentía a ella encima. Sentía la noche que me rodeaba. Entonces sin aviso, sin haberlo esperado y sin quererlo, mis ojos inyectados de sangre, inyectados de hambre, se abrieron de nuevo.

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EL NIÑO PEZ

Érase una vez, en un mundo donde aún se creía en la magia, un hombre mago y una mujer sirena que vivían en una casa junto al mar cerca de las estrellas.

Dormían abrazados todas las noches compartiendo sus sueños.

Soñaban que caminaban tomados de la mano por ciudades de hielo que nunca nadie conoció.

Que dormían sobre las nubes y vivían bajo el mar.

 

El hombre mago nació con sed en medio de un desierto.

La mujer sirena nació con piernas en el fondo del mar.

El hombre mago se fue a vivir a la playa y nadaba la mitad del día para saciar su sed.

La mujer sirena también vivía en la playa y caminaba la mitad del día para ejercitar sus piernas.

El vivía en la tierra.

Ella vivía en el mar.

 

Se conocieron un día mientras jugaban con la espuma de las olas.

En esa misma espuma se casaron y prometieron amarse eternamente.

Construyeron una casa en la playa, la mitad en la tierra y la mitad en el mar.

 

Una noche el hombre mago soñó con un pececito que dormía en el vientre de la mujer sirena.

A la siguiente noche él durmió con su mano en el vientre de ella llamando al niño pez con su magia.

Volvió a soñar con él y le preguntó por su nombre. “Soy el hijo pez de un hombre mago y una mujer sirena” contestó el niño pez.

El hombre mago le prometió amarlo y cuidarlo por siempre, la mitad del día en el mar y la mitad del día en la tierra, siempre y cuando él prometiera venir al mundo y hacer feliz a la mujer sirena.

El hombre mago despertó con una lágrima de alegría rodándole por la mejilla y la mujer sirena con el vientre más grande de lo que estaba la noche anterior.

Nueve meses después nació el niño pez cumpliendo su promesa por lo que el hombre mago también cumplió la suya.

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UN BESO

De repente el piso empezó a temblar, era como si el edificio entero se estuviera estremeciendo. Las cosas bailaban sobre los escritorios y caían al suelo. Él se puso de pie apoyando sus manos sobre su escritorio tratando de mantener las cosas en su lugar. Miró por encima de su cubículo pero nadie parecía notar el movimiento. Todos seguían trabajando recogiendo de vez en cuando las cosas que caían al suelo. Se asomó por la ventana, la ciudad entera se estremecía pero nadie reaccionaba. Cerró los ojos y respiró profundo sospechando que todo era producto de su imaginación, no sería la primera vez. Paró el temblor y el día laboral continuó sin novedad y sin comentario alguno sobre el movimiento telúrico.

Caminó a casa como siempre y llegó a lavar los platos sucios como siempre. Entonces la tierra comenzó a temblar de nuevo. Levantó la vista y lo que vio a través de la ventana lo paralizó por completo. Era imposible que su imaginación estuviera creando algo de esa magnitud. Parecía como si la tierra fuera plana y se estuviera doblando por la mitad. Una ciudad entera se levantaba por los cielos y se acercaba cabeza abajo hacia él, como una mano gigante dispuesta a aplastarlo. Respiró profundo tranquilizándose pero no se atrevió a cerrar los ojos.

Poco a poco la amenazante ciudad comenzó a disminuir su velocidad hasta posarse suavemente sobre su ciudad. Salió corriendo a la calle aún sosteniendo un plato en sus manos. Miró hacia donde estaba antes el cielo y vio una ciudad completamente distinta a la suya transcurrir con toda normalidad sobre él. Miró a su alrededor y su propia ciudad se movía con esa misma normalidad. Nadie parecía haber notado el fenómeno excepto que él. Comenzó a caminar sin dirección alguna sin dejar de ver hacia arriba. La gente caminaba despreocupada por las calles. Los automóviles transitaban regularmente y los pájaros volaban cabeza abajo como si nada.

La nueva ciudad parecía más avanzada, con un trazado perfectamente cuadriculado de sus calles y el asfalto en perfecto estado. Los automóviles parecían más modernos y la gente mejor vestida. Él estaba fascinado pero al mismo tiempo horrorizado, cómo era posible que nadie más estuviera apreciando tal espectáculo.

Comenzó a hacerse de noche y decidió volver a casa. Se fue a dormir arrullado por el murmullo que salía de esa misteriosa ciudad, soñó que volaba y era capaz de llegar del otro lado. Despertó al otro día con esas ganas metidas entre el pecho, sin saber qué hacer. Salió a la calle rumbo al trabajo demorándose más que de costumbre, era difícil caminar a prisa con la vista pegada al cielo que ahora en vez de nubes tenía edificios y calles. Bajó la mirada a su ciudad y buscó a su alrededor pero la gente caminaba sin notar nada extraño. Volvió a levantar la mirada y entonces la vio. Caminando por entre sus calles había una mujer que como él, estaba viendo hacia arriba. Apenas se cruzaron sus miradas los dos sonrieron. Ella empezó a hacerle señas, a querer comunicarse con él pero estaban muy lejos para escucharse, pero a pesar de la distancia, ella insistía.

Justo en ese momento él caminaba frente a una tienda deportiva, entró corriendo y compró un par de binoculares. El operador de la caja registradora le realizó un cuestionario sobre el uso que le daría al aparato y luego le dio una cátedra sobre la gran calidad de los lentes para apreciar la naturaleza desde lejos. En ese momento carecía de paciencia y estuvo a punto de salir de la tienda sin comprarlos pero era más fuerte la necesidad por ver a esa mujer. Salió de la tienda con los binoculares pegados a la cara y comenzó a buscar por entre la gente que transitaba por la ciudad que estaba encima de él. Cuando la encontró no pudo creer lo que veía, ella al igual que él tenía unos binoculares pegados al rostro. Los bajó y lo saludó agitando su mano hacia los aires con una sonrisa pintada en la cara, le mandó un beso y volvió a mirar a través de los lentes. Él bajó los catalejos y la saludó sonriendo.

Cuando se volvió a poner los binoculares en los ojos ella le estaba haciendo unas señas, aunque eran difíciles de entender supo que era lo que quería decirle, quería que la siguiera. Comenzaron a caminar, cada quien por su ciudad sin perderse de vista, ella le indicaba con señas el camino que él tenía que tomar. Así llegaron cada uno a un edificio, el edificio más alto de cada ciudad que coincidencialmente estaban uno sobre el otro. Miró por los binoculares y la señal que ella le hizo fue tan clara que prácticamente la escuchó hablar. Nos vemos arriba.

Los dos entraron a toda prisa al edificio y comenzaron a subir las escaleras. Corrían como si se les estuviera acabando el tiempo. Llegaron al mismo tiempo a la azotea de los edificios y se pudieron ver sin necesidad de aparatos. De haber querido hablar se hubieran podido escuchar, pero ninguno de los dos lo hizo. Estiraron sus manos pero aún les faltaba un poco para alcanzarse, buscaron a su alrededor y subieron un poco más, ella a una escalera metálica que llevaba a ningún sitio y él a la cornisa del edificio, ambos con un vacío hacia abajo y hacia arriba. Volvieron a estirar un brazo cada quien y se rozaron las yemas de los dedos, se pararon en las puntas de los pies y se alcanzaron a tocar los dedos de la mano. Él la jaló a ella para tenerla más cerca y ella lo jaló a él. Se tomaron de la mano apretando con fuerza. Pero no les bastó, querían estar más cerca así que siguieron jalando más y más. Los dos miraban hacia arriba, viéndose directamente a los ojos, querían estar juntos y estaban haciendo todo lo posible por lograrlo. Ninguno se había dado cuenta pero sus pies ya no tocaban el piso, estaban flotando suspendidos entre la fuerza de gravedad de las dos ciudades, como flotando en medio del espacio. Se estiraron lo más que pudieron y sus bocas alcanzaron a juntarse en un beso.

Justo en ese momento las ciudades comenzaron a separarse jalándolos hacia lados opuestos, separándolos del beso. Sus pies volvieron a la tierra y poco a poco se fueron separando. Seguían tomados de la mano, evitando que el otro cayera al vacío. Pero les fue imposible tenerse. Las ciudades siguieron separándose y ellos se quedaron cada uno parado en la punta del edificio más alto viendo cómo la tierra se volvía a acomodar en el horizonte. Y nunca el uno volvió a saber del otro a pesar de regresar todos los días a la misma azotea esperando que algo sucediera.

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CAPÍTULO I. FILADELFIA

Tomás vivía solo en la capital. Daba clases de pintura en la universidad nacional y no era capaz de amar. Lo único que había en su vida era soledad. Por eso, todos los martes por la noche iba al centro de la ciudad a buscar a su puta favorita, Alondra. No siempre la encontraba y debía conformarse con Marcela o con María, quien cambiaba de cara cada semana.

No le gustaba usar el servicio en la pequeña casa estilo japonés de la calle Presidente González, donde vivían las prostitutas. Prefería pagar un veinte por ciento adicional a la tarifa regular más el transporte con tal de poderlas llevar a su casa. Tomás creía que haciendo esto sentiría menos su soledad. No era sino hasta que las penetraba que se daba cuenta que no importaba dónde se llevara a cabo el encuentro, su pecho siempre se sentía igual de hueco. Pero la esperanza se renovaba cada semana, no importaba lo mucho que Marcela quisiera enseñarle su cuarto.

 

La rutina era siempre la misma. Salía a las seis de dictar clase y se tomaba una sopa de fideos, lo único que le quitaba, aunque temporalmente, la sensación de vacío. Pagaba con un billete de diez pesos para poder pagar el autobús de ida y vuelta con las monedas que le daban de cambio. Caminaba hasta la avenida séptima, tomaba el primer autobús que pasaba, se bajaba en la esquina de Presidente González, caminaba hacia el norte y, al llegar a la puerta de la casita japonesa, prendía un cigarrillo. Lo apagaba a la mitad, sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros dos billetes de cincuenta que tenía listos desde la mañana y entraba por la puerta verde sin atender a Antonia que todos los días anunciaba su gordura hasta el amanecer. Todos los días excepto un martes en el que, según Alondra, había muerto una de sus tantas hijas. Al siguiente martes Antonia estaba de regreso con un atuendo más pequeño que de costumbre.

Había que ir hasta la cocina para pagar el servicio. Allí se encontraba una mujer, del doble del volumen de Antonia, siempre cocinando con un cigarrillo encendido en la mano derecha. Tomás ponía los cien pesos sobre el mesón y daba media vuelta ignorando a la mujer que con su acento mexicano le decía:

-Hoy estás de suerte güero.

O

-Si tanto te gusta Alondra. ¿Pa qué pagas si sabes que no vas a quedar contento?

A lo que Tomás no contestaba nada o simplemente decía:

-Nunca quedo contento.

Seguía su camino por el corredor y salía a la calle a esperar a la prostituta en turno despotricando contra la cocinera por su buen o mal augurio mientras encendía otro cigarrillo que quedaría a la mitad. Llegaba entonces a su lado María, Alondra o Marcela y tomaban camino al paradero.

A Tomás no le gustaba hablar camino a su casa pero Marcela siempre le insistía que regresaran a su habitación. Al principio de la noche porque aún estaban a tiempo de regresar. Mientras cogían porque sería mucho mejor y más cómodo. Y de regreso porque podían alargar la noche y acabar, aunque a destiempo, una vez más, ella tal vez dos.

 

Por alguna razón que Tomás nunca comprendió, las mujeres de la casita japonesa disfrutaban mucho el sexo con él. Marcela fue la primera. Una noche hace un par de años Tomás había aparecido en la cocina guiado por Antonia. Estaba empapado por caminar bajo la lluvia. Le explicó a la cocinera lo que quería y bajo qué condiciones. Ésta tomó los cien pesos con una mano y con el cuchillo y el cigarrillo en la otra señaló a Marcela que estaba en una esquina picando apio atenta a la conversación.

-Llévate a esta. Tú, ve con él.

Tomás había sido tan determinante y articulado en su discurso con la cocinera que Marcela se sentía intimidada por él. No se atrevió a hablar, ni tuvo que hacerlo hasta que gritó durante el primer orgasmo de esa noche, el primero de tres, el primero en meses. Desde ese momento, en el que Marcela recordó el rostro del padre que nunca conoció y Tomás sólo sintió cómo se agrandaba el hueco en su pecho, Marcela no pudo dejar de hablar. Por lo tanto todas las mujeres de la casita japonesa se enteraron de las habilidades de Tomás en la cama. Según Marcela, ese hombre era imparable.

-Tuve que gritar hasta perder la voz y torcerle la mano para que parara. Ya para la segunda vez teníamos una clave, en lugar de torcerle la mano sólo tuve que gritar “Filadelfia”.

El resto de la semana las mujeres esperaron como aves de rapiña al “misterioso hombre que llegó desde Filadelfia” (como se contaba en las habitaciones del burdel). Ya para el domingo todas habían perdido las esperanzas de volver a ver a “El Americano”. Todas excepto María, la más joven e inexperta de la casa.

María fantaseaba todo el día con Tomás. Él la levantaba por los aires y se la ponía por todos lados haciéndola llorar de placer. Luego le contaba cuentos en francés y le mostraba fotos de sus viajes haciéndola gritar en portugués, chino y hasta en inglés, lenguas de las cuales María no sabía nada, nothing.

Soñaba todo el día mientras ayudaba en la cocina, claro que esto no era más que un pretexto para poder ver a todos los clientes que llegaban. No fue sino hasta que Tomás entró a la cocina y dejó los cien pesos sobre el mesón, que María se dio cuenta que no sabía cómo era “El Americano”. Era martes de nuevo aunque un poco más tarde.

-¿Eres la misma de la semana pasada?

María titubeó un par de segundos antes de contestar.

-Si.

-Quiero otra.

-Esta es otra, no más que es pendeja.

La cocinera señaló a Tomás con el cuchillo haciéndole un gesto a María para que fuera con él.

-Me llamo María.

Aún sin levantar la cabeza y sin pronunciar una palabra más, Tomás dio media vuelta y empezó a caminar. María no se movió hasta que la cocinera tomando el dinero del mesón le dijo:

-¡Ándale!

Tomás ya iba a la mitad del pasillo por lo que María tuvo que correr para alcanzarlo. Llegaron a su apartamento y en efecto, al ser pequeña y ligera, Tomás se la puso por todos lados tratando de sentir algo sin importarle las lagrimas de la pobre niña. En el autobús de regreso ella seguía llorando, ahora con los ojos cerrados y todavía jadeando de placer.

María contó a detalle por días enteros todo lo que Tomás le había hecho.  Y cada vez que lo hacía debía salir corriendo al baño para terminar el trabajo del recuerdo.

Al siguiente martes, un poco antes de la hora en la que se esperaba llegara “El Americano”, las mujeres de la casa le pidieron a la niña que les contara cómo se la habían cogido la semana pasada. Y mientras ella gritaba “Filadelfia” una treintena de veces sola en el baño, las demás prostitutas se ponían de acuerdo, de forma extrañamente civilizada, y decidían el orden que debían seguir con “El Americano”.

Es por eso que cada martes María tenía un rostro distinto, aunque insistía que era la misma chica de la semana anterior. Unas incluso le decían “Filadelfia” al oído para acabar de convencerlo. Claro que eso era sólo la primera vez que les tocaba turno porque después de una noche con Tomás les era imposible susurrar esa palabra.

 

La María original nunca volvió a ir con él. De tanto masturbarse en el baño lo único que podía decir era “Filadelfia”. Los médicos creyeron que estaba loca pero en realidad estaba en un eterno orgasmo que le duró hasta el momento de su muerte, un año después, en un manicomio donde nunca supieron su nombre, donde la llamaban “La Americana”.

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ÉL

Él vivía la vida dormido.
No había nada que lo alejara de sus pensamientos, que interrumpiera su constante monólogo.
A no ser que fuera por el perfume de ella.

Estando en la casa, sabía perfectamente donde buscarlo, sabía dónde dormía aquel aroma.
Aunque a veces también se lo encontraba por accidente en la calle.
Pero donde fuera que lo encontrara, en el momento que fuera, siempre lo despertaba de su eterno sueño.

Si hubiera podido, lo habría enfrascado, llevándolo a todas partes, para poder despertarse a voluntad.
Para así poder tenerse en la realidad.
Tal vez así ella nunca se hubiera ido.

Oliendo su perfume la imagina siempre atrapada en una foto.
En una de esas fotos que no tienen bien definidos los colores.
De esas en las que se puede respirar el momento.
De esas que guardan su esencia por siempre.
De esas que él colecciona en una caja de zapatos.

Tiene una fotografía de cada una de ellas, de todas las que se han atrevido a llevar el perfume de ella.
Cientos de rostros que le hacen recordarla.

Tiene fotos de todas menos de ella.
Nunca pudo tomársela.
Nunca le alcanzó el tiempo.
Cuando ella se fue, se fue para siempre.
Pero le dejó su perfume en un par de rincones de la casa.
Le dejó su perfume y la esperanza que sea ella la que salga en la siguiente fotografía al revelarla.

Pero siempre sale otra mujer.
Y es otro el perfume que trasciende de la fotografía.

Y por eso él nunca ha podido terminar de despertar.
Por eso nunca ha podido vivir en esta realidad y se la pasa tomando fotos a mujeres extrañas.

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ELLA

Ella no hacía más que extrañarlo.
Cada vez que despertaba, se quedaba un minuto viendo la almohada a su lado.
Ponía la mano sobre la cama vacía tratando de recordar el calor que se sentía al tenerlo allí.

Cuando se bañaba sentía como si sus grandes manos de hombre pasaran el jabón por su espalda, por su cintura.
Y al entrar a la cocina alcanzaba a oler el desayuno que él le hubiera preparado, pero en su lugar se comía un simple plato de avena.

Cuando escuchaba música cerraba los ojos y lo imaginaba en una tienda de discos con unos enormes audífonos en su cabeza, tratando de encontrar la canción perfecta, esa que lo hiciera llorar.
Todas la hacían llorar a ella.

Cada vez que otro hombre le sonreía, ella lo veía a él.
Cada vez que otro hombre le hablaba, ella sólo podía escuchar su voz.
Cada vez que otro hombre la sacaba a bailar, ella lo buscaba entre la multitud.
Cada vez que otro hombre le dedicaba una canción, ella lloraba.

Ella nunca pudo extrañarlo con una sonrisa en la cara, su recuerdo siempre la puso triste.
No sabía dónde estaba ni qué sería de él.
No sabía si se había enamorado de otra.
No sabía si había logrado tener una familia.
Lo único que sabía era que ella no era parte de su vida.

Por las noches, antes de dormir, se le escurría una lágrima por su hermosa mejilla y ella le ponía nombre, la llamaba como se llamaba él.

Nunca supo hacer otra cosa más que extrañarlo.
Nunca supo cómo amar a alguien más.
Nunca supo cómo dejarse amar.

Ella vivió toda la vida extrañando a un hombre que nunca conoció.
Extrañando al hombre que nunca llegó.
El hombre que nunca la sacó a bailar.
Que nunca le dedicó una canción.
O durmió a su lado.

Y por tanto extrañar a ese hombre, nunca se dio la oportunidad de conocerlo.
Vivió sola.
Murió sola.

Y a él, quien quiera que fuera, nunca nadie lo amó tanto como ella lo hizo.

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