Archivos Mensuales: enero 2015

Apapacho

Me despertó un beso suyo, el contacto del calor de sus labios con mi frente. No quise abrir los ojos, sentía sus brazos a mí alrededor, sus senos eran mi almohada, su respiración me arrullaba y el latir de su corazón era una voz en mi oído que me decía que todo siempre iba a estar bien. Volvió a besarme muy rápido en la frente, y otra vez. Me estaba consintiendo, pero era algo más, los aztecas tenían una palabra para esto: Papatzoa. Me estaba acariciando el alma, me estaba apapachando.

Abrí los ojos y miré hacia arriba. Ahí estaba ella. Me sonreía, toda ella estaba sonriendo al verme. Sus ojos sonreían, su boca sonreía, su pelo sonreía, sus manos sonreían, su alma sonreía. Me decía que me amaba pero no escuchaba su voz, tampoco la veía mover los labios. Me lo decía con cada caricia, cada beso, cada sonrisa, cada pedazo de su existencia. Volvía a besarme, cada vez más contenta ahora que yo estaba despierto. Me lo decía y me lo repetía en sus besos, en la pausas que hacía. Ella era toda una frase tan corta: te amo. Me lo decía usando todo su significado aunque eso no alcanzara a expresar todo lo que sentía.

La verdad en sus caricias era absoluta, era imposible que yo estuviera más feliz, más tranquilo, más vivo que en ese momento. Y vivimos allí una vida entera. Cada uno junto al otro, por siempre respirando en ese beso, ese apapacho. Se nos acabó la vida, y con la muerte volvimos a nacer los dos al mismo tiempo y volvimos a amarnos como si ese instante nunca hubiera acabado.

Su sonrisa era nuestro sol y no se hacía de noche sino hasta que nos íbamos a dormir. Soñábamos mundos enteros para nosotros solos, abrigados por el calor de nuestros cuerpos juntos. Y fuimos uno solo.

Y repetimos las veces que ella quiso, las que a mí se me antojaron. Y había una vida nueva en cada beso. Una vida morada o amarilla,  una vida magenta y una azul que nos duró otras tantas tratando de encontrarnos para llegar aquí.

Porque desde aquí te escribo. No me he atrevido a despertar de ese sueño, a separarme de ti. Quisiera no tener que hacerlo, pero, como si viniera del futuro, sé que todo es un sueño y que despertaré y te tendré muy lejos. Tan lejos que mi día será tu noche. Tan lejos que me dolerá pensarte y te lloraré como antes, como nunca.

Y como por arte de magia me escucharás desde no sé dónde y me llamarás. Cuando escuche tu voz recordaré que en mi sueño no era tu voz lo que me hablaba, y extrañaré tu voz y la guardaré en una caja metálica donde coleccionaba tus besos. La guardaré ahí para que no se me escape y se meta en nuestro sueño, porque en él, tú no puedes hablar. Es tu amor quien habla, eres tú amor.

Me dices que te tienes que ir y te digo que te quiero, sintiéndome tan ridículo como siempre. Porque un te quiero nunca podrá dibujar en cualquier mente o corazón lo que realmente siento, lo que te amo. Y lo escribo sintiéndome ridículo.

Tú nunca te enterarás de todo lo que hemos vivido. No es que tú no quieras, es que yo no te dejo. Para qué contarte de las cinco vidas que vivimos juntos si en realidad todo fue un sueño. Y, a menos de que esta noche te vayas a dormir pensando en mí, nunca recordarás lo mucho que me amaste y lo que esos besos significaron para mí. Gracias por consentirme el alma.