Archivos Mensuales: diciembre 2014

Atardecer

Hay una luna dando vueltas alrededor de un planeta. Los dos flotan en silencio en medio de la nada dándole vueltas a una estrella. Llevan bailando así millones de años. Y se hace de día. Y se hace de noche. Y por las noches puedes ver un pedacito de la luna asomándose por entre el negro de la nada y el magenta del atardecer. Y tú, sólo puedes pensar en ella. Piensas en el primer beso. Piensas en el último beso y en esos apenas dos metros de diferencia.

Piensas en ella como jamás ha existido. Una mujer imaginaria besándote a cada cerrar de ojos. Ella te lleva de la mano al mar de su pelo y te pierde, te pierdes, en el recuerdo de su calor, en el color de su belleza. En esas miradas claras. Miradas con el ángulo perfecto formándose entre tus ojos y su metro con sesentaidos. Eres agua clara y ella es su piel rodeando el palpitar de su cuerpo y el correr de sus venas.

Piensas en una mujer imaginaria, no existe. y no necesitas nada más para recordarte de tu existencia, para recordarla como ella existió un día con un atardecer magenta y un pedacito de luna. La besaste con los ojos cerrados y sientes cómo tu vida entera pasa corriendo por fuera de ti y al abrir los ojos sólo la puedes ver a ella y te olvidas de tu vida, te olvidas de todo. Tu vida se convierte en un sueño repitiéndose en la cabeza todo el día y toda la noche. Una imagen imposible de olvidar. Una lagrima logra encontrar su camino por tu mejilla sin ser vista, y ella está ahí, está siempre.

Sale corriendo al mar y dice estar tranquila. El sonido de las olas la atraviesa y la peina. La sal se saborea su sonrisa, una sonrisa sin dueño, ella no es de nadie, es ella y nadie más. Mientras tanto tú te acaricias la cabeza y arrancas motores, sales volando de ese lugar donde se piensan las ideas y encuentras el silencio, un lugar oscuro y en silencio donde ves a un planeta y a una luna bailar al ritmo de un sol. Los tres llevan así millones de años y tú… tú sólo quieres escucharla a ella entre todo ese silencio.

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La Noche

En medio del bosque hay un camino de ladrillo rojo. El aire y el suelo están mojados, la lluvia lanza sus últimas gotas sobre el paisaje nocturno. Ella corre descalza tratando de seguir el camino de ladrillos, pero a veces se desvía y sus pies se hunden en el barro. Detrás de ella su largo y ondulado pelo vuela confundiéndose con el negro de la noche.

A pesar de correr tanto ella no se cansa. Sus pies están llenos de barro pero el camino rojo sigue frente a ella. De repente tropieza con la raíz de un árbol. Su inmenso tronco se yergue en medio de los ladrillos. El camino se vuelve muchos caminos, como raíces tiene el árbol. Ella está en el suelo, con el corazón agitado y la mirada en cada una de las opciones que tiene al frente. ¿Cuál es el camino para llegar hasta él?

Entonces sintió el cansancio de todo lo que había corrido antes de llegar a este punto. Derrotada, bajó la mirada. Y del negro de la noche, y del rojo del camino, vio cómo salió una mancha blanca, unas alas, un insecto, una gran polilla blanca. Revoloteó unos segundos frente a sus pies y alzando el vuelo desapareció. Ella quedó confundida buscando a dónde había ido. La buscó por entre el cielo oscuro y la confundió con una estrella fugaz. La buscó por entre su pelo y encontró cientos de pequeñas flores. La buscó en los caminos de ladrillo amarillo y la vio materializarse en uno de ellos. Brillaba como si reflejara la luz de la Luna llena, pero la Luna no había querido salir esa noche. Y entendió que no era una polilla, era un hada. En un suspiro recuperó la fuerza perdida y se lanzó detrás del hada por uno de los caminos de la izquierda.

Corre sin cansarse con las rodillas del vestido y los pies llenos de barro. Corre para encontrarse con él, con ese beso que se dieron hace cuatro años o más. Corre. Corre con el pelo volándole detrás como una noche eterna, una noche que terminará cuando se encuentre con el brillo de su mirada.

Olvidarte

―¿Por qué desapareciste? Un día estabas aquí. Todos te veían sonreír como si no pudieran ver a otra parte. Y al otro día ya no estabas. Te fuiste. Todos siguieron sus vidas. Yo seguí la mía. Y sin ti a mi lado nadie se dio cuenta de mí. Poco a poco todos me fueron olvidando. Incluso yo me olvidé de mí. Pero a ti nunca te pude olvidar. Siempre estuviste ahí. Como ese sueño que crees recordar por la mañana.

―Tuve miedo. Eran muchas miradas sobre mí. Quise esconderme y lo hice. Me escondí bajo las narices de todos ellos. Bajo tus narices. Fue muy fácil lograr que dejaran de verme. Más fácil que atraer toda su atención. Tal vez nunca lo entiendas. No te pido que lo hagas. Sólo te pido que no me mires. Imagina que soy un par de palabras sueltas en un computador o en un teléfono móvil. No me veas. Sólo léeme. Porque yo soy quien lees. No soy quien ves.

―Quisiera verte. Dicen que la belleza es la promesa de la felicidad. Y he sido tan infeliz desde que te fuiste. Quisiera sonreír. Como esa vez en la tienda de té. ¿Lo recuerdas? Ese día fuimos felices. Ese momento. Ese segundo. Pareciera ser nada al lado de la vida que nos ha tocado vivir. Pero ese instante bastó para mostrarme lo que es la felicidad. Aunque después viniera la vida con toda su fuerza y nos tumbara al piso. O al cielo.

―Tú no quieres verme. Quieres besarme. Quieres hacerme el amor. Todo eso para después olvidarme. ¿Crees que así va a ser más fácil? Si lo haces. Me deshaces. Y después me olvidas. Voy a perderme en ti. Dejaré de ser yo para ser tu recuerdo olvidado. Me dejarás cautiva en el rincón de un diario. Escondida en una caja bajo el polvo. En una casa que ya nadie recuerda en qué calle queda. Y te voy a odiar.

―Olvidarte. Lo dices como si fuera fácil. Si quisiera olvidarte no te habría buscado. Si te hubiera olvidado nunca te habría encontrado. Olvidarte no es una opción. Dejar de respirar es una opción. Olvidarte es una de esas preguntas sin respuesta que se hacen los filósofos. Tan sólo quiero abrazarte. Como si fuera la primera vez. Doblar el tiempo. Volver a ese momento. A esa sonrisa. Volver a ti y que tú vuelvas a mi. Volver a ser lo que algún día fuimos. Ese nudo en la garganta. Ese vacío en el pecho. Esas ganas de algo que ni tú ni yo sabíamos qué era. Eso que fuimos antes de ser lo que ahora somos. Antes de tu desaparición. Antes de ser un pedazo de nada extrañándote por los pasillos de la casa.

―Mírame.

―Abrázame.

―Toma mi mano.

―Tómala con fuerza y no dejes que se vaya.

―No dejes que me vaya.