Archivos Mensuales: agosto 2014

Le Petite Mort

Nunca creí volver a estar tan cerca de ella, a sentir el calor de su cuerpo, sus senos pegados a mi pecho, la temperatura de sus labios contra mi piel y su respiración agitada. Nunca creí que ella me volvería a abrazar con tanta pasión.

 

Llevaba veintitrés días contando los días que faltaban para volver a verla. Era difícil vivir sin ella, sabiendo que estaba en otro país, en otro continente. Era difícil saberla tan lejos. Veía mi realidad y me veía solo en un apartamento al norte de la ciudad. Incluso cuando ella estaba aquí en Bogotá, compartía su cama con otro, sus sonrisas, sus lágrimas, sus silencios, sus sueños, sus besos.

Llevaba ya algunos meses desarrollando por ella una ligera obsesión, me era imposible dejar de ver su perfil en facebook, ver tantas fotos de ella sonriendo en las que debía estar yo a su lado y no su actual novio.

No sé si ella me seguía amando tanto como alguna vez lo había hecho. Es más, nunca supe siquiera si me amaba tanto como yo a ella. Después de ese mes en el que vivimos una pasión sin freno, reinó en nuestro amor un silencio ensordecedor y nunca hablamos de ello, por lo menos no con palabras, las miradas, las sonrisas y los esporádicos roces de nuestras manos seguían hablando por sí solos.

 

Por fin llegó el día. Revisé el vuelo en la página de la aerolínea y aparecía como “Aterrizó”. Esperé dos horas, tres horas, cuatro horas revisando mi celular cada cinco minutos. No tenía ningún mensaje ni llamada perdida. Entonces decidí llamarla, quería saber cómo le había ido, o sólo quería escuchar su voz.

La línea sonó diez veces y me mandó al buzón de voz, colgué sin dejar un mensaje.

Resignado a mi papel de amigo-que-no-tiene-porqué-saber-todo-lo-que-ella-hace me fui a dormir sumando un día más en el calendario a los días sin verla.

Desperté al otro día y revisé mi celular. Aún nada. A estas horas ella ya debía haber visto mi llamada perdida y por alguna desconocida razón había decidido no devolverme la llamada. Comenzaba a desesperarme, quería saber de ella, saber cómo estaba. Respiré profundo convenciéndome de que había alguna razón de peso para su indiferencia y decidí seguir esperando pacientemente sin mostrar mis ganas.

A medio día no pude resistir más y le escribí un mensaje:

 

 

Hola, cómo te fue? Llegaste bien?

Espero que la hayas acabado de pasar muy bien en tu viaje.

Te mando un abrazo, hablamos.

 

 

 

A las dos horas me respondió:

 

Que pena no haberte contestado antes,

llegué muy enferma,

estoy en cama y no quiero hablar con nadie.

 

Cómo así? Qué tienes?

 

 

Una fiebre horrible

 

 

Y Andrés te está cuidando bien?

 

 

No, él se fue de viaje esta mañana.

 

 

Bueno, voy a cuidarte entonces. Ya nos vemos

 

 

No, en serio no quiero ver a nadie.

 

 

 

Pero necesitas alguien que te cuide. No fue pregunta.

 

 

Afortunadamente hacía apenas dos días que había estado en el supermercado entonces llené mi mochila con los ingredientes necesarios para prepararle un caldo de pollo que mi mamá me había enseñado a hacer que era perfecto para cualquier enfermedad.

Salí de mi apartamento y me fui caminando hasta el edificio de ella. Era una caminata de veinte o treinta minutos que siempre estaba empapada con la expectativa de verla, así que no me cansaba. La ciudad estaba prácticamente vacía. Eran pocos los carros que pasaban y lo hacían a toda velocidad por las calles. Era yo la única persona en la calle, parecía como si fuera la única persona en el mundo, ella y yo en una ciudad fantasma, el escenario perfecto.

Llevábamos apenas setenta y dos horas con noticias sobre la epidemia que aparentemente estaba matando a miles en Europa. Se temía que fuera a llegar a América, ya había noticias de brotes en México y Chile, por lo que la gente se encerró en sus casas. Las farmacias vendieron todas las existencias de cubre bocas, gel antibacterial y kits de primeros auxilios.

Fuera la epidemia que fuera, yo estaba convencido de que un simple cubre bocas no iba a salvarnos de ser contagiados, pero mi sentido cívico me obligaba a llevarlo puesto. Las caras que se asomaban entre las ventanas y puertas también llevaban la cara a medio cubrir. Era como una película, una mala película de terror.

Cuando llegué a su edificio el portero me reconoció y me dejó entrar con un amable saludo, normalmente nos hubiéramos dado un apretón de manos pero las noticias decían que se debía evitar cualquier tipo de contacto físico en la calle. Subí hasta el sexto piso y en lugar de tocar el timbre, usé la llave escondía en las plantas del vecino para emergencias.

Me saludó con un abrazo alrededor de mi cuello mientras yo me agachaba sobre la cama para darle un beso en la mejilla. Sentía el calor de la fiebre que llevaba por dentro. En ese momento supe que un caldo de pollo no iba a solucionar nada. Fui por un balde de agua fría y una toalla, la mojé y la puse en su frente. Ella cerró sus ojos con alivio. Puse una camiseta blanca, que encontré en un cajón, sobre la lámpara de su mesa de noche para atenuar la luz en la habitación y me dediqué a cambiarle los paños de agua, en la frente, en el cuello, en la espalda.

No importaba lo que hiciera, la fiebre no bajaba, al contrario, parecía estar subiendo. A las tres de la mañana le quité con mucho cuidado la pijama,  puse un brazo alrededor de su cuello y el otro detrás se sus rodillas y la cargué hasta el baño, la metí a la tina y le di un baño con agua fría. Ella parecía estar perdida dentro de un sueño. Sus ojos estaban apenas entreabiertos pero alcanzaba a ver que estaban muy rojos. Sus movimientos eran apenas los necesarios y no hablaba, hacía unos pequeños ruidos que salían de su garganta aunque sus labios no se movían, pequeños ruidos de dolor. La fiebre no bajó pero dejó de subir, se mantuvo en unos firmes e inquietantes 39.4°C. La llevé de vuelta a la cama entre mis brazos y seguí cambiando los paños de agua fría. Su cuerpo entero estaba luchando lo que fuera que la estaba atacando por dentro.

Me quedé dormido acostado al lado de ella con mi mano sobre su frente, un pedazo de toalla separa su piel de la mía. Cuando desperté eran las siete de la mañana, ella estaba dormida, tranquila, así que entré al baño a lavarme la cara para despertarme. Tenía que llevarla a urgencias, no podía seguir así. Me senté en el retrete, estaba cansado, había sido una noche larga. Volví a quedarme dormido.

 

Desperté con un ruido que venía de la habitación. Cuando abrí la puerta del baño me quedé paralizado con lo que vi. Ella estaba arrodillada en la cama con las palmas de las manos también sobre la cama. Su espalda estaba arqueada y parecía temblarle todo el cuerpo. Sus ojos estaban bien abiertos e inyectados de sangre, me miraba fijamente. No parecía estar sufriendo, era más bien como si estuviera conteniendo un impulso dentro de ella. De inmediato pensé en esos animales que muestran en los documentales, esos que llevan días sin comer por culpa de la sequía que se vive en la tundra y ahora están acechando a su próxima presa… muertos del hambre.

Parecía todo menos un ser humano.

Los dos estábamos paralizados viéndonos directamente a los ojos. Era como si ella supiera perfectamente lo que yo estaba pensando, así como yo sabía lo que pasaba por su mente.

No sentí miedo, mi corazón comenzó a latir fuertemente y mi mente comenzó a revivir esa noche en la que estuvimos los dos desnudos en la misma cama en la que ahora ella estaba preparando su ataque. Después de esa noche supe que nunca volvería a estar tan cerca de ella ni ella tan cerca de mí. Mi mente entonces comenzó a reproducir otros momentos a su lado, sus risas, su sonrisa, sus ojos cafés que brillaban más que cualquier otro par de ojos que jamás hubiera visto. Nunca la había dejado de amar, nunca la dejaría de amar.

Entonces el tiempo comenzó a andar en cámara lenta. Ella se lanzó sobre mí, y yo, sabiendo con una extraña claridad lo que estaba a punto de suceder, abrí mis brazos para recibirla. Sus brazos abrazaron mi cuello y sus piernas rodearon mi tronco, su boca se fijó en mi cuello, sus dientes hicieron fuerza en mi piel hasta atravesarla, cerraba su mordida mientras la sangre corría por todas partes, entonces jalaba haciendo toda la fuerza en su cuello arrancando pedazos enteros de mí, empapándose con mi sangre. Yo rodeé su cintura con uno de mis brazos y con el otro rodeé su tronco dejando descansar mi mano en sus costillas desnudas.

 

Nunca creí volver a estar tan cerca de ella, a sentir el calor de su cuerpo, sus senos pegados a mi pecho, la temperatura de sus labios contra mi piel y su respiración agitada. Nunca creí que ella me volvería a abrazar con tanta pasión.

 

De mis ojos salieron lágrimas que corrieron por mi mejilla, lágrimas de tristeza por haber perdido a mi mejor amiga, lágrimas de felicidad por estar de nuevo pegado al de ella sintiendo su calor, su pasión.

Sentí mi cuerpo golpear el piso, ella seguía pegada a mi cuerpo.

Después todo fue oscuridad.

La muerte al parecer era mejor de lo que había esperado.

Todo era silencio.

Pasó mucho tiempo, tal vez horas. Y poco a poco comenzaba a recobrar el sentido de mí mismo. Sentía mi cuerpo paralizado en el piso, ya no la sentía a ella encima. Sentía la noche que me rodeaba. Entonces sin aviso, sin haberlo esperado y sin quererlo, mis ojos inyectados de sangre, inyectados de hambre, se abrieron de nuevo.

Etiquetado