Una Cajita Metálica

Tengo una cajita metálica con una boca que me habla. Es la boca más hermosa de mundo. La cajita, por el contrario, es de lo más común. Esta boca no es como cualquier otra boca, así como me habla, me escucha como si también fuera una oreja. Me siento con ella en mis manos y tenemos las conversaciones más largas que haya tenido con una mujer. Bueno, con la boca de una mujer.

La boca no se ríe de cualquier cosa pero cuando la logro hacer reír, de ella sale un brillo como de luna que me acompaña en las noches más oscuras. Su sonrisa es más hermosa incluso que la boca misma, es imposible verla y no sonreír, no ser verdaderamente feliz así sea sólo por unos segundos, lo que dure el brillo de la cajita.

Cuando estoy triste no se me ocurre nada para hacerla reír, por más que la boca me lo pida. Entonces, para quitarme la tristeza me dice las cosas más bonitas y me cuenta cuentos de hombres azules con cuernos que viven en la luna y se alimentan de las copas de los arboles más altos.

La boca se alimenta de los besos que le doy. Le gustan los besos de pico que son muchos y rápidos, los besos hablados, los besos paralelos, los besos en erre, los besos superiores y los besos torcidos pero sólo a la derecha (su derecha, mi izquierda). Hay días en los que queda satisfecha con una serie de quince o veinte picos y otros días en los que no hablamos y sólo nos besamos, a menos que nos demos besos hablados. En ese caso, de lo único que hablamos entre labios es de las morsábias del Perú.

Siempre llevo en mi bolsillo mi cajita metálica. Cuando camino aburrido por el centro de la ciudad mirando las ventanas de los pisos más altos, esperando y buscando que se asome algo de la intimidad de los habitantes de las alturas, siempre llevo mis manos en los bolsillos y con mi mano izquierda acaricio la cajita metálica sabiendo lo que se esconde en ella. Varias veces en el día, entre cien y cincuenta, la saco del bolsillo sin abrirla, sólo para asegurarme de que es la misma cajita metálica de siempre  y que no se haya cambiado con otra por alguna casualidad del destino como la que la puso allí en un principio.

Una noche soñé que de la cajita salía la boca y que detrás de la boca había una mujer. Era una mujer tan hermosa que cuando desperté supe que había sido una pesadilla. Desde entonces cuando la beso abro los ojos para asegurarme de que ella es sólo una boca en una cajita metálica.

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