Sueño #79

La próxima vez que entres a la ducha cubre completamente tus orejas con tus manos y escucha el golpear de las gotas sobre tu cabeza, escucha lo calmado y profundo de tu respiración. Eso era lo que él escuchaba, no había más que oscuridad, el sonido de las gotas cayendo y su respiración, tranquila, expectante. No había nada y eso era todo, aunque él no era nada. No sabía lo que era y lo único que podía hacer era esperar.

Comenzó a contar las gotas, a ponerles nombre. Catco, Nompo, Aubnem, Tremi, Zaipo, Longte, Menrua, Xolenda… eran tantas… Su respiración comenzó a agitarse, ese sonido profundo se hundía y subía más rápido cada vez y las gotas comenzaron a dibujarlo dentro de la oscuridad. Su cuerpo era largo y terminaba en punta al frente y por detrás. Tenía una larga extremidad a cada lado, eran como las velas de un buque perdido en el mar hace cientos de años. Su color era negro, no había más que oscuridad, el sonido de las gotas, su respiración y esa forma extraña que de alguna u otra forma era él sin saber qué era.

Comenzó a buscar en las sombras y se dio cuenta que tenía ojos. Subían y bajaban, buscaban. A lo lejos apareció una luz amarilla, una luz borrosa. Trató de acercarse pero no pudo, tenía el cuerpo pegado a sí mismo. Era como si una fuerza mayor que él lo controlara, lo detuviera, no lo dejara escapar. ¿Quería escapar? ¿De qué? ¿Hacia dónde iría? Sólo quería llegar a esa luz. Había oscuridad, las gotas de lluvia, su respiración agitada y su cuerpo agitándose en medio del caos. Y una luz.

Sus brazos se despegaron de sí para darse cuenta que no eran brazos, tenía un par de alas que lo invitaban a volar, que lo excitaban. Las agitó con fuerza hasta que sus pies, también tenía pies, se despegaron del suelo. En ese momento supo que no había fuerza que le impidiera llegar hasta su luz, una luz borrosa y amarilla que se hacía más borrosa y más amarilla mientras más se acercaba a ella. Una luz que lo llamaba y escapaba de él.

Cuando despertó descubrió que era un cuervo, un cuervo gigante con cuatro piernas y una mujer con el pelo rojo enredado en las plumas de sus alas que luchaban por mantenerla pegada a su pecho. Una mujer que gritaba por la desgracia de amar a un cuervo, una mujer que lloraba por el amor que sentía, por no saber volar, una mujer que en un simple sueño lo había perdido todo.

Una mujer que sólo quería escapar.

Etcétera #2 Sueños Bizarres. página 26. Diciembre 2012

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