Archivos Mensuales: junio 2013

ORFEO Y EURÍDICE

Bosque en la región de Tracia

La noche era muy oscura, más de lo que siempre era una noche en la que Selene no se asomaba por entre el manto estelar a espiar a los mortales en la Tierra. Himeneo cabalgaba a toda velocidad por entre el bosque viendo con dificultad el camino que debía seguir. Su capa morada se enredaba con las ramas de algún árbol que la rasgaba robándole una de las flores de azafrán que encerraba en sus tejidos. Debía acudir pronto al llamado de Orfeo quien con una de sus hermosas canciones lo había invocado con urgencia.

 

Orillas del Río Hebro

Orfeo esperaba a Himeneo bajo la cálida luz de una antorcha sin fuego de la cual salía una gran nube de espeso humo negro que los rodeaba a todos confundiéndose con la oscuridad del cielo. Cuando Himeneo llegó a su presencia, Orfeo lo recibió en silencio, entonces Himeneo auguró la terrible noticia que vino después.

Ambos se abrieron camino entre el humo con la luz de la antorcha. Primero se encontraron con el temible y hermoso rostro de una de las náyades de cuyo pelo escurría un agua que era difícil precisar si era del río Hebro o eran sus propias lágrimas. Siguieron avanzando encontrándose con más de las ninfas acuáticas que se encontraban allí, unas tiradas en el suelo, otras sentadas con las rodillas desnudas entre sus brazos buscando un consuelo que nunca encontrarían.

En medio de todas ellas yacía el cuerpo de Eurídice, la más hermosa de todas las ninfas jamás encontradas en los pastizales de los Balcanes, cuya vida ahora se extinguía poco a poco. Orfeo se había atrevido a enamorarla con sus cantos esa misma mañana provocando que ella, distraída, pisara una serpiente que habían puesto allí los hados. La serpiente en su ira mordió el pie de la hermosa Eurídice dejándola tendida en el piso muriendo lentamente.

Fue entonces que Orfeo llamó al dios Himeneo para que realizara el casamiento antes de que Eurídice partiera para siempre a la tierra de los muertos. Ahora que había llegado hasta allí, el dios se ponía de rodillas en el suelo mientras que el poeta tomaba a su amada entre sus brazos susurrándole al oído, pidiéndole que no se fuera.

Una vez hubo terminado Himeneo la ceremonia Eurídice soltó su último aliento con la palabra “amor” entre sus labios. Orfeo rompió en llanto lamentando lo tardío de su encuentro con aquella hermosa Ninfa y la prontitud de su partida esa noche en la que el cielo negro era uno solo con el humo de una antorcha que alumbraba sin fuego.

 

Imploró Orfeo al dios Eros, con una de sus hermosas canciones, que le permitiera olvidar este dolor y poder vivir su vida sin Eurídice a su lado pero las súplicas no fueron escuchadas. Las náyades se llevaron el cuerpo de Eurídice de vuelta a su lugar de origen y Orfeo montó el caballo del dios Himeneo rumbo al Cabo Ténaro.

 

Cabo Ténaro

Mucho cabalgó Orfeo hasta que llegó al Cabo Ténaro y allí cruzó la puerta al Inframundo para ir en busca de su esposa ya que no podía vivir más sin ella después de haberla amado tanto y de haber besado el calor de su hermosa sonrisa.

 

Laguna Estigia

Orfeo llegó a la Laguna Estigia y cuando pretendía nadar sus aguas para llegar al otro lado fue detenido por Carón, el barquero de la laguna encargado de llevar a las ánimas al reino de las tinieblas. Cuando Orfeo le preguntó por Eurídice este le afirmó que hacía no poco la había llevado hasta el otro lado de la laguna. Entonces Orfeo tomó su lira, que llevaba al hombro, y compuso para el barquero una hermosa canción en la que le pedía su ayuda y permiso para cruzar la laguna y poder así ir en busca del amor de su vida.

Carón se conmovió tanto con la música de Orfeo que no tuvo otra opción que no fuera ayudar a aquel desdichado hombre en su hermosa empresa. Entonces lo llevó en su barca hasta el otro lado y lo encaminó hacia las puertas del Tártaro. Mucho tuvo que andar cuesta abajo entre tristes ánimas hasta que vio a lo lejos las magnánimas puertas.

 

Puertas del Tártaro

Orfeo estaba de pie frente a la imponente belleza de Perséfone, diosa del Inframundo. No sabía cómo pedirle a la diosa por la vida de su esposa así que de nuevo se hizo a su lira y tocó la canción más hermosa que jamás se haya escuchado en ese mundo o en el nuestro.

En su canción Orfeo se disculpaba por haber ido hasta allá y le aseguraba a la diosa que no pretendía hacerse de fama venciendo a Medusa o encadenando una de las cabezas de Cancerbero. Explicó que él estaba allí, al igual que ella que había sido raptada, por la voluntad del dios Eros. Este dios lo obligaba a amar tanto a la Ninfa Eurídice que lo había llevado hasta donde ningún mortal había llegado antes para poder rescatar a su amor y poder así ser feliz. Orfeo le pidió a la diosa que, de no ser posible liberar a Eurídice de las tinieblas, lo llevara a él también entre las tinieblas ya que no le interesaba la vida sin ella. Pero que si le concedía ese deseo él le garantizaba que algún lejano días los dos volverían al Inframundo cuando sus vidas llegaran a su fin.

 

 

 

El Tártaro

Tan sólo unas cuantas notas de la canción de Orfeo llegaron hasta los adentros del Tártaro, pero estas notas fueron suficientes para que se detuviera la rueda ardiente de Ixíon. La piedra que Sísifo  empujaba cuesta arriba también alcanzó a escuchar las notas musicales y se detuvo a medio camino permitiendo que Sísifo se sentara sobre ella a escuchar entre lágrimas la canción de Orfeo.

Las Bélides se olvidaron por un minuto de su pozo y dejaron sus jarrones en el piso escuchando atónitas la petición de aquel hombre que parecía amar a esa mujer más de lo que cualquier hombre hubiera amado jamás a una mujer, diosa o ninfa.

 

De entre las sombras se asomó un ánima nueva que cojeaba de un pie como si pudiera aún sentir su herida y comenzó a caminar en dirección a las puertas del Tártaro.

 

Puertas del Tártaro

Con las mejillas cristalizadas por las lágrimas Perséfone se acercó a Orfeo y le dijo al oído que se diera media vuelta y escalara el mismo camino por el que había llegado hasta la Laguna. Le aseguró que si hacía esto, Eurídice lo seguiría de cerca, la única condición era que él no podía volver la mirada para ver a su amada sino hasta que volvieran a la tierra de los vivos. Si no obedecía, la perdería por siempre.

Orfeo besó a Perséfone en la mejilla en muestra de agradecimiento y dio media vuelta.

 

En algún lugar del Inframundo

Orfeo no sabía cuánto tiempo llevaba escalando aquella montaña, estaba rodeado de una oscuridad aún más profunda que la de aquella lejana noche en las orillas del río Hebro. Estaba cansado y hambriento. Su cabeza comenzaba a desvariar entre recuerdos y el olvido, había momentos en los que olvidaba su propio nombre o el de su amada, pero algo dentro de él no le permitía voltear la mirada para ver si ella lo seguía, a pesar del silencio, a pesar de las dudas, de no saber si estaba soñando o si ya había muerto, Orfeo seguía firme en su camino y sabía que nada lo podría detener.

Así pasó mucho tiempo hasta que Orfeo pudo ver a lo lejos la laguna Estigia. Llevaba tanto tiempo en la tierra de los muertos que ya lo había olvidado todo, casi todo. Lo único que alcanzaba a recordar era que detrás de él venía Eurídice, una mujer tan hermosa que parecía la personificación de la belleza misma. Pero Orfeo comenzaba a olvidar el rostro y la sonrisa de aquella hermosa ninfa. Desesperado por el miedo a olvidarla Orfeo volvió su mirada para encontrarse con los brillantes ojos de Eurídice que lo estaba siguiendo desde las puertas del Tártaro.

En ese momento Orfeo lo recordó todo.

 

Estiró sus brazos para sostener los de ella con fuerza, no estaba dispuesto a perderla de nuevo. Pero el Inframundo la reclamaba con fuerza y se le empezaba a escurrir como humo entre los dedos. La jaló con fuerza hacia él para sentir de nuevo el calor y la belleza de sus labios y su sonrisa y con ese beso que llevaba escondida la palabra “amor” se despidieron para siempre.

 

Camilo Fernández Otálora

Bogotá, Colombia. Junio 10, 2013.