Archivos Mensuales: abril 2013

Forma de correr #3

Hay distintas formas de correr. A veces corremos por diversión, otras por asistir prontos a alguna emergencia. Pero muy pocas veces corremos por nuestras vidas. Cuando lo hacemos nuestros movimientos son bruscos, tratamos de cubrir la mayor distancia en el menor tiempo posible a la mayor velocidad alcanzable provocando tropiezos llevando en nuestro rostro una expresión de desesperación.

Así era como él estaba corriendo aquella tarde por las calles del centro  que, por alguna razón, hoy parecían más abarrotadas que nunca. La gente le estorbaba, no sólo en su camino sino también en su mente, lo veían pasar, sus miradas llenas de prejuicios, creyendo que aquel hombre no era más que un agresor al orden y al civismo. De haber sabido que su vida en esta tierra dependía de aquella carrera, todos se hubieran hecho a un lado para dejarlo pasar. Pero no era así, nadie tenía idea de la desesperación que movía a ese solitario ser y por eso lo bloqueaban con insultos, gritos y codazos.

Él evitaba las miradas y los rostros de los transeúntes. Temía olvidar la belleza del rostro de ella al ver la falta de empatía, la ignorancia en tantas caras tan distintas.

No sabía hacia dónde iba, no sabía qué dirección había tomado aquel vestidito de flores, sólo sabía que durante tantos años esa mujer había sido el norte de su brújula y esa misma brújula era la que hoy le decía “en esta esquina da vuelta a la izquierda”, “sigue derecho dos cuadras”, “voltea a la derecha”, “sigue derecho y no pares hasta que la encuentres”.

Corrió como alma que lleva el diablo, como un hombre escapando de la muerte. Pero en realidad era el miedo lo que lo empujaba y lo hacía seguir a pesar de ya no tener aliento. Miedo a, otra vez, no volverla a ver. Miedo a tener que vivir otra vida sin ella. Miedo al frío de la noche. Miedo a hablar solo sólo cuando estuviera cerca el gato para que su locura y su tristeza pasaran inadvertidas a los vecinos.

A pesar de alcanzar a verla parada en la siguiente esquina no fue capaz de reducir su velocidad. A pesar de tenerla a cinco centímetros de su cuerpo no pudo frenar. El impacto fue tan fuerte que generó una explosión de colores que salpicó todos los edificios, el pavimento y a todos los que pasaban por ahí.

La abrazó tan fuerte que por un segundo sus cuerpos se entrelazaron en uno solo. Sus manos estaban seguras de no dejarla escapar nunca más. Su falta de aliento se convirtió en un mar de lágrimas que inundó las calles. Personas, carros, puestos de periódicos y perros callejeros se fueron flotando por el caudal del rio recién nacido y sólo ellos dos permanecieron en medio de aquel cruce de calles inundadas y, ahora, pintadas de colores. Ninguno de los dos era capaz de soltar ese abrazo, ya no era necesario hacerlo. Él la levantó lo suficiente para que sus hermosos pies no tocaran el agua y se alejaron de aquel hermoso caos que su amor había provocado.

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