UN BESO

De repente el piso empezó a temblar, era como si el edificio entero se estuviera estremeciendo. Las cosas bailaban sobre los escritorios y caían al suelo. Él se puso de pie apoyando sus manos sobre su escritorio tratando de mantener las cosas en su lugar. Miró por encima de su cubículo pero nadie parecía notar el movimiento. Todos seguían trabajando recogiendo de vez en cuando las cosas que caían al suelo. Se asomó por la ventana, la ciudad entera se estremecía pero nadie reaccionaba. Cerró los ojos y respiró profundo sospechando que todo era producto de su imaginación, no sería la primera vez. Paró el temblor y el día laboral continuó sin novedad y sin comentario alguno sobre el movimiento telúrico.

Caminó a casa como siempre y llegó a lavar los platos sucios como siempre. Entonces la tierra comenzó a temblar de nuevo. Levantó la vista y lo que vio a través de la ventana lo paralizó por completo. Era imposible que su imaginación estuviera creando algo de esa magnitud. Parecía como si la tierra fuera plana y se estuviera doblando por la mitad. Una ciudad entera se levantaba por los cielos y se acercaba cabeza abajo hacia él, como una mano gigante dispuesta a aplastarlo. Respiró profundo tranquilizándose pero no se atrevió a cerrar los ojos.

Poco a poco la amenazante ciudad comenzó a disminuir su velocidad hasta posarse suavemente sobre su ciudad. Salió corriendo a la calle aún sosteniendo un plato en sus manos. Miró hacia donde estaba antes el cielo y vio una ciudad completamente distinta a la suya transcurrir con toda normalidad sobre él. Miró a su alrededor y su propia ciudad se movía con esa misma normalidad. Nadie parecía haber notado el fenómeno excepto que él. Comenzó a caminar sin dirección alguna sin dejar de ver hacia arriba. La gente caminaba despreocupada por las calles. Los automóviles transitaban regularmente y los pájaros volaban cabeza abajo como si nada.

La nueva ciudad parecía más avanzada, con un trazado perfectamente cuadriculado de sus calles y el asfalto en perfecto estado. Los automóviles parecían más modernos y la gente mejor vestida. Él estaba fascinado pero al mismo tiempo horrorizado, cómo era posible que nadie más estuviera apreciando tal espectáculo.

Comenzó a hacerse de noche y decidió volver a casa. Se fue a dormir arrullado por el murmullo que salía de esa misteriosa ciudad, soñó que volaba y era capaz de llegar del otro lado. Despertó al otro día con esas ganas metidas entre el pecho, sin saber qué hacer. Salió a la calle rumbo al trabajo demorándose más que de costumbre, era difícil caminar a prisa con la vista pegada al cielo que ahora en vez de nubes tenía edificios y calles. Bajó la mirada a su ciudad y buscó a su alrededor pero la gente caminaba sin notar nada extraño. Volvió a levantar la mirada y entonces la vio. Caminando por entre sus calles había una mujer que como él, estaba viendo hacia arriba. Apenas se cruzaron sus miradas los dos sonrieron. Ella empezó a hacerle señas, a querer comunicarse con él pero estaban muy lejos para escucharse, pero a pesar de la distancia, ella insistía.

Justo en ese momento él caminaba frente a una tienda deportiva, entró corriendo y compró un par de binoculares. El operador de la caja registradora le realizó un cuestionario sobre el uso que le daría al aparato y luego le dio una cátedra sobre la gran calidad de los lentes para apreciar la naturaleza desde lejos. En ese momento carecía de paciencia y estuvo a punto de salir de la tienda sin comprarlos pero era más fuerte la necesidad por ver a esa mujer. Salió de la tienda con los binoculares pegados a la cara y comenzó a buscar por entre la gente que transitaba por la ciudad que estaba encima de él. Cuando la encontró no pudo creer lo que veía, ella al igual que él tenía unos binoculares pegados al rostro. Los bajó y lo saludó agitando su mano hacia los aires con una sonrisa pintada en la cara, le mandó un beso y volvió a mirar a través de los lentes. Él bajó los catalejos y la saludó sonriendo.

Cuando se volvió a poner los binoculares en los ojos ella le estaba haciendo unas señas, aunque eran difíciles de entender supo que era lo que quería decirle, quería que la siguiera. Comenzaron a caminar, cada quien por su ciudad sin perderse de vista, ella le indicaba con señas el camino que él tenía que tomar. Así llegaron cada uno a un edificio, el edificio más alto de cada ciudad que coincidencialmente estaban uno sobre el otro. Miró por los binoculares y la señal que ella le hizo fue tan clara que prácticamente la escuchó hablar. Nos vemos arriba.

Los dos entraron a toda prisa al edificio y comenzaron a subir las escaleras. Corrían como si se les estuviera acabando el tiempo. Llegaron al mismo tiempo a la azotea de los edificios y se pudieron ver sin necesidad de aparatos. De haber querido hablar se hubieran podido escuchar, pero ninguno de los dos lo hizo. Estiraron sus manos pero aún les faltaba un poco para alcanzarse, buscaron a su alrededor y subieron un poco más, ella a una escalera metálica que llevaba a ningún sitio y él a la cornisa del edificio, ambos con un vacío hacia abajo y hacia arriba. Volvieron a estirar un brazo cada quien y se rozaron las yemas de los dedos, se pararon en las puntas de los pies y se alcanzaron a tocar los dedos de la mano. Él la jaló a ella para tenerla más cerca y ella lo jaló a él. Se tomaron de la mano apretando con fuerza. Pero no les bastó, querían estar más cerca así que siguieron jalando más y más. Los dos miraban hacia arriba, viéndose directamente a los ojos, querían estar juntos y estaban haciendo todo lo posible por lograrlo. Ninguno se había dado cuenta pero sus pies ya no tocaban el piso, estaban flotando suspendidos entre la fuerza de gravedad de las dos ciudades, como flotando en medio del espacio. Se estiraron lo más que pudieron y sus bocas alcanzaron a juntarse en un beso.

Justo en ese momento las ciudades comenzaron a separarse jalándolos hacia lados opuestos, separándolos del beso. Sus pies volvieron a la tierra y poco a poco se fueron separando. Seguían tomados de la mano, evitando que el otro cayera al vacío. Pero les fue imposible tenerse. Las ciudades siguieron separándose y ellos se quedaron cada uno parado en la punta del edificio más alto viendo cómo la tierra se volvía a acomodar en el horizonte. Y nunca el uno volvió a saber del otro a pesar de regresar todos los días a la misma azotea esperando que algo sucediera.

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