Archivos Mensuales: abril 2012

EL NIÑO PEZ

Érase una vez, en un mundo donde aún se creía en la magia, un hombre mago y una mujer sirena que vivían en una casa junto al mar cerca de las estrellas.

Dormían abrazados todas las noches compartiendo sus sueños.

Soñaban que caminaban tomados de la mano por ciudades de hielo que nunca nadie conoció.

Que dormían sobre las nubes y vivían bajo el mar.

 

El hombre mago nació con sed en medio de un desierto.

La mujer sirena nació con piernas en el fondo del mar.

El hombre mago se fue a vivir a la playa y nadaba la mitad del día para saciar su sed.

La mujer sirena también vivía en la playa y caminaba la mitad del día para ejercitar sus piernas.

El vivía en la tierra.

Ella vivía en el mar.

 

Se conocieron un día mientras jugaban con la espuma de las olas.

En esa misma espuma se casaron y prometieron amarse eternamente.

Construyeron una casa en la playa, la mitad en la tierra y la mitad en el mar.

 

Una noche el hombre mago soñó con un pececito que dormía en el vientre de la mujer sirena.

A la siguiente noche él durmió con su mano en el vientre de ella llamando al niño pez con su magia.

Volvió a soñar con él y le preguntó por su nombre. “Soy el hijo pez de un hombre mago y una mujer sirena” contestó el niño pez.

El hombre mago le prometió amarlo y cuidarlo por siempre, la mitad del día en el mar y la mitad del día en la tierra, siempre y cuando él prometiera venir al mundo y hacer feliz a la mujer sirena.

El hombre mago despertó con una lágrima de alegría rodándole por la mejilla y la mujer sirena con el vientre más grande de lo que estaba la noche anterior.

Nueve meses después nació el niño pez cumpliendo su promesa por lo que el hombre mago también cumplió la suya.

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UN BESO

De repente el piso empezó a temblar, era como si el edificio entero se estuviera estremeciendo. Las cosas bailaban sobre los escritorios y caían al suelo. Él se puso de pie apoyando sus manos sobre su escritorio tratando de mantener las cosas en su lugar. Miró por encima de su cubículo pero nadie parecía notar el movimiento. Todos seguían trabajando recogiendo de vez en cuando las cosas que caían al suelo. Se asomó por la ventana, la ciudad entera se estremecía pero nadie reaccionaba. Cerró los ojos y respiró profundo sospechando que todo era producto de su imaginación, no sería la primera vez. Paró el temblor y el día laboral continuó sin novedad y sin comentario alguno sobre el movimiento telúrico.

Caminó a casa como siempre y llegó a lavar los platos sucios como siempre. Entonces la tierra comenzó a temblar de nuevo. Levantó la vista y lo que vio a través de la ventana lo paralizó por completo. Era imposible que su imaginación estuviera creando algo de esa magnitud. Parecía como si la tierra fuera plana y se estuviera doblando por la mitad. Una ciudad entera se levantaba por los cielos y se acercaba cabeza abajo hacia él, como una mano gigante dispuesta a aplastarlo. Respiró profundo tranquilizándose pero no se atrevió a cerrar los ojos.

Poco a poco la amenazante ciudad comenzó a disminuir su velocidad hasta posarse suavemente sobre su ciudad. Salió corriendo a la calle aún sosteniendo un plato en sus manos. Miró hacia donde estaba antes el cielo y vio una ciudad completamente distinta a la suya transcurrir con toda normalidad sobre él. Miró a su alrededor y su propia ciudad se movía con esa misma normalidad. Nadie parecía haber notado el fenómeno excepto que él. Comenzó a caminar sin dirección alguna sin dejar de ver hacia arriba. La gente caminaba despreocupada por las calles. Los automóviles transitaban regularmente y los pájaros volaban cabeza abajo como si nada.

La nueva ciudad parecía más avanzada, con un trazado perfectamente cuadriculado de sus calles y el asfalto en perfecto estado. Los automóviles parecían más modernos y la gente mejor vestida. Él estaba fascinado pero al mismo tiempo horrorizado, cómo era posible que nadie más estuviera apreciando tal espectáculo.

Comenzó a hacerse de noche y decidió volver a casa. Se fue a dormir arrullado por el murmullo que salía de esa misteriosa ciudad, soñó que volaba y era capaz de llegar del otro lado. Despertó al otro día con esas ganas metidas entre el pecho, sin saber qué hacer. Salió a la calle rumbo al trabajo demorándose más que de costumbre, era difícil caminar a prisa con la vista pegada al cielo que ahora en vez de nubes tenía edificios y calles. Bajó la mirada a su ciudad y buscó a su alrededor pero la gente caminaba sin notar nada extraño. Volvió a levantar la mirada y entonces la vio. Caminando por entre sus calles había una mujer que como él, estaba viendo hacia arriba. Apenas se cruzaron sus miradas los dos sonrieron. Ella empezó a hacerle señas, a querer comunicarse con él pero estaban muy lejos para escucharse, pero a pesar de la distancia, ella insistía.

Justo en ese momento él caminaba frente a una tienda deportiva, entró corriendo y compró un par de binoculares. El operador de la caja registradora le realizó un cuestionario sobre el uso que le daría al aparato y luego le dio una cátedra sobre la gran calidad de los lentes para apreciar la naturaleza desde lejos. En ese momento carecía de paciencia y estuvo a punto de salir de la tienda sin comprarlos pero era más fuerte la necesidad por ver a esa mujer. Salió de la tienda con los binoculares pegados a la cara y comenzó a buscar por entre la gente que transitaba por la ciudad que estaba encima de él. Cuando la encontró no pudo creer lo que veía, ella al igual que él tenía unos binoculares pegados al rostro. Los bajó y lo saludó agitando su mano hacia los aires con una sonrisa pintada en la cara, le mandó un beso y volvió a mirar a través de los lentes. Él bajó los catalejos y la saludó sonriendo.

Cuando se volvió a poner los binoculares en los ojos ella le estaba haciendo unas señas, aunque eran difíciles de entender supo que era lo que quería decirle, quería que la siguiera. Comenzaron a caminar, cada quien por su ciudad sin perderse de vista, ella le indicaba con señas el camino que él tenía que tomar. Así llegaron cada uno a un edificio, el edificio más alto de cada ciudad que coincidencialmente estaban uno sobre el otro. Miró por los binoculares y la señal que ella le hizo fue tan clara que prácticamente la escuchó hablar. Nos vemos arriba.

Los dos entraron a toda prisa al edificio y comenzaron a subir las escaleras. Corrían como si se les estuviera acabando el tiempo. Llegaron al mismo tiempo a la azotea de los edificios y se pudieron ver sin necesidad de aparatos. De haber querido hablar se hubieran podido escuchar, pero ninguno de los dos lo hizo. Estiraron sus manos pero aún les faltaba un poco para alcanzarse, buscaron a su alrededor y subieron un poco más, ella a una escalera metálica que llevaba a ningún sitio y él a la cornisa del edificio, ambos con un vacío hacia abajo y hacia arriba. Volvieron a estirar un brazo cada quien y se rozaron las yemas de los dedos, se pararon en las puntas de los pies y se alcanzaron a tocar los dedos de la mano. Él la jaló a ella para tenerla más cerca y ella lo jaló a él. Se tomaron de la mano apretando con fuerza. Pero no les bastó, querían estar más cerca así que siguieron jalando más y más. Los dos miraban hacia arriba, viéndose directamente a los ojos, querían estar juntos y estaban haciendo todo lo posible por lograrlo. Ninguno se había dado cuenta pero sus pies ya no tocaban el piso, estaban flotando suspendidos entre la fuerza de gravedad de las dos ciudades, como flotando en medio del espacio. Se estiraron lo más que pudieron y sus bocas alcanzaron a juntarse en un beso.

Justo en ese momento las ciudades comenzaron a separarse jalándolos hacia lados opuestos, separándolos del beso. Sus pies volvieron a la tierra y poco a poco se fueron separando. Seguían tomados de la mano, evitando que el otro cayera al vacío. Pero les fue imposible tenerse. Las ciudades siguieron separándose y ellos se quedaron cada uno parado en la punta del edificio más alto viendo cómo la tierra se volvía a acomodar en el horizonte. Y nunca el uno volvió a saber del otro a pesar de regresar todos los días a la misma azotea esperando que algo sucediera.

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CAPÍTULO I. FILADELFIA

Tomás vivía solo en la capital. Daba clases de pintura en la universidad nacional y no era capaz de amar. Lo único que había en su vida era soledad. Por eso, todos los martes por la noche iba al centro de la ciudad a buscar a su puta favorita, Alondra. No siempre la encontraba y debía conformarse con Marcela o con María, quien cambiaba de cara cada semana.

No le gustaba usar el servicio en la pequeña casa estilo japonés de la calle Presidente González, donde vivían las prostitutas. Prefería pagar un veinte por ciento adicional a la tarifa regular más el transporte con tal de poderlas llevar a su casa. Tomás creía que haciendo esto sentiría menos su soledad. No era sino hasta que las penetraba que se daba cuenta que no importaba dónde se llevara a cabo el encuentro, su pecho siempre se sentía igual de hueco. Pero la esperanza se renovaba cada semana, no importaba lo mucho que Marcela quisiera enseñarle su cuarto.

 

La rutina era siempre la misma. Salía a las seis de dictar clase y se tomaba una sopa de fideos, lo único que le quitaba, aunque temporalmente, la sensación de vacío. Pagaba con un billete de diez pesos para poder pagar el autobús de ida y vuelta con las monedas que le daban de cambio. Caminaba hasta la avenida séptima, tomaba el primer autobús que pasaba, se bajaba en la esquina de Presidente González, caminaba hacia el norte y, al llegar a la puerta de la casita japonesa, prendía un cigarrillo. Lo apagaba a la mitad, sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros dos billetes de cincuenta que tenía listos desde la mañana y entraba por la puerta verde sin atender a Antonia que todos los días anunciaba su gordura hasta el amanecer. Todos los días excepto un martes en el que, según Alondra, había muerto una de sus tantas hijas. Al siguiente martes Antonia estaba de regreso con un atuendo más pequeño que de costumbre.

Había que ir hasta la cocina para pagar el servicio. Allí se encontraba una mujer, del doble del volumen de Antonia, siempre cocinando con un cigarrillo encendido en la mano derecha. Tomás ponía los cien pesos sobre el mesón y daba media vuelta ignorando a la mujer que con su acento mexicano le decía:

-Hoy estás de suerte güero.

O

-Si tanto te gusta Alondra. ¿Pa qué pagas si sabes que no vas a quedar contento?

A lo que Tomás no contestaba nada o simplemente decía:

-Nunca quedo contento.

Seguía su camino por el corredor y salía a la calle a esperar a la prostituta en turno despotricando contra la cocinera por su buen o mal augurio mientras encendía otro cigarrillo que quedaría a la mitad. Llegaba entonces a su lado María, Alondra o Marcela y tomaban camino al paradero.

A Tomás no le gustaba hablar camino a su casa pero Marcela siempre le insistía que regresaran a su habitación. Al principio de la noche porque aún estaban a tiempo de regresar. Mientras cogían porque sería mucho mejor y más cómodo. Y de regreso porque podían alargar la noche y acabar, aunque a destiempo, una vez más, ella tal vez dos.

 

Por alguna razón que Tomás nunca comprendió, las mujeres de la casita japonesa disfrutaban mucho el sexo con él. Marcela fue la primera. Una noche hace un par de años Tomás había aparecido en la cocina guiado por Antonia. Estaba empapado por caminar bajo la lluvia. Le explicó a la cocinera lo que quería y bajo qué condiciones. Ésta tomó los cien pesos con una mano y con el cuchillo y el cigarrillo en la otra señaló a Marcela que estaba en una esquina picando apio atenta a la conversación.

-Llévate a esta. Tú, ve con él.

Tomás había sido tan determinante y articulado en su discurso con la cocinera que Marcela se sentía intimidada por él. No se atrevió a hablar, ni tuvo que hacerlo hasta que gritó durante el primer orgasmo de esa noche, el primero de tres, el primero en meses. Desde ese momento, en el que Marcela recordó el rostro del padre que nunca conoció y Tomás sólo sintió cómo se agrandaba el hueco en su pecho, Marcela no pudo dejar de hablar. Por lo tanto todas las mujeres de la casita japonesa se enteraron de las habilidades de Tomás en la cama. Según Marcela, ese hombre era imparable.

-Tuve que gritar hasta perder la voz y torcerle la mano para que parara. Ya para la segunda vez teníamos una clave, en lugar de torcerle la mano sólo tuve que gritar “Filadelfia”.

El resto de la semana las mujeres esperaron como aves de rapiña al “misterioso hombre que llegó desde Filadelfia” (como se contaba en las habitaciones del burdel). Ya para el domingo todas habían perdido las esperanzas de volver a ver a “El Americano”. Todas excepto María, la más joven e inexperta de la casa.

María fantaseaba todo el día con Tomás. Él la levantaba por los aires y se la ponía por todos lados haciéndola llorar de placer. Luego le contaba cuentos en francés y le mostraba fotos de sus viajes haciéndola gritar en portugués, chino y hasta en inglés, lenguas de las cuales María no sabía nada, nothing.

Soñaba todo el día mientras ayudaba en la cocina, claro que esto no era más que un pretexto para poder ver a todos los clientes que llegaban. No fue sino hasta que Tomás entró a la cocina y dejó los cien pesos sobre el mesón, que María se dio cuenta que no sabía cómo era “El Americano”. Era martes de nuevo aunque un poco más tarde.

-¿Eres la misma de la semana pasada?

María titubeó un par de segundos antes de contestar.

-Si.

-Quiero otra.

-Esta es otra, no más que es pendeja.

La cocinera señaló a Tomás con el cuchillo haciéndole un gesto a María para que fuera con él.

-Me llamo María.

Aún sin levantar la cabeza y sin pronunciar una palabra más, Tomás dio media vuelta y empezó a caminar. María no se movió hasta que la cocinera tomando el dinero del mesón le dijo:

-¡Ándale!

Tomás ya iba a la mitad del pasillo por lo que María tuvo que correr para alcanzarlo. Llegaron a su apartamento y en efecto, al ser pequeña y ligera, Tomás se la puso por todos lados tratando de sentir algo sin importarle las lagrimas de la pobre niña. En el autobús de regreso ella seguía llorando, ahora con los ojos cerrados y todavía jadeando de placer.

María contó a detalle por días enteros todo lo que Tomás le había hecho.  Y cada vez que lo hacía debía salir corriendo al baño para terminar el trabajo del recuerdo.

Al siguiente martes, un poco antes de la hora en la que se esperaba llegara “El Americano”, las mujeres de la casa le pidieron a la niña que les contara cómo se la habían cogido la semana pasada. Y mientras ella gritaba “Filadelfia” una treintena de veces sola en el baño, las demás prostitutas se ponían de acuerdo, de forma extrañamente civilizada, y decidían el orden que debían seguir con “El Americano”.

Es por eso que cada martes María tenía un rostro distinto, aunque insistía que era la misma chica de la semana anterior. Unas incluso le decían “Filadelfia” al oído para acabar de convencerlo. Claro que eso era sólo la primera vez que les tocaba turno porque después de una noche con Tomás les era imposible susurrar esa palabra.

 

La María original nunca volvió a ir con él. De tanto masturbarse en el baño lo único que podía decir era “Filadelfia”. Los médicos creyeron que estaba loca pero en realidad estaba en un eterno orgasmo que le duró hasta el momento de su muerte, un año después, en un manicomio donde nunca supieron su nombre, donde la llamaban “La Americana”.

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