LA FERIA DEL BRASIER

Sonó la campana y Juancho salió corriendo del salón de clases. Se subió a su bicicleta y arrancó. Detrás de él salieron otras cinco bicicletas. Las de Julián, Diego, Alfonso, Santiago y Ramón. Detrás de ellos se quedaban el resto de los niños de la escuela quienes apenas se montaban a sus bicicletas dentro de la nube de polvo que habían levantado los seis amigos. Uno de esos niños era “El Gordo” Tomás quien con toda la paciencia que lo caracterizaba subió a su bicicleta y tomó la misma dirección que todos estaban tomando, detrás de la nube de polvo.

 

Juancho fue el primero en llegar a la tienda de Doña Licha. Pidió una Coca-Cola bien fría y se sentó a tomársela en la entrada de la tienda. Llegaron Julián, Diego, Alfonso, Santiago y Ramón. Cada uno sacó una moneda de sus bolsillos y se la dieron a Juancho que los esperaba con la mano estirada. Entró a la tienda y le pagó a Doña Licha. Mientras tanto Ramón, por haber sido el último en llegar, se desamarraba los zapatos para hacer una cuerda con ambas agujetas. Juancho salió de la tienda poniendo la botella de vidrio boca abajo para sacarle las últimas gotas del refresco y con un movimiento seguro y practicado la rompió contra el marco de su bicicleta.

 

Amarraron un extremo de la cuerda a lo que quedaba del cuello de la botella y el otro al dedo índice de Ramón que estaba en medio de la calle como tratando de señalar hacia el centro de la tierra. Juancho trazó un círculo sobre la tierra con el filo de la botella, se deshicieron del improvisado compás y cada uno sacó sus canicas. Comenzó el juego.

 

Uno a uno fueron llegando todos los niños de la escuela. Poco a poco se fue creando una multitud alrededor de los 6 amigos. Sus juegos de los viernes eran famosos, el ganador se convertía en leyenda durante una semana. Nadie se atrevía a retarlos, nadie jugaba tan rápido como ellos, nadie era tan agresivo. Se dice que una vez un juego duró hasta las 12 de la noche, era imposible definir un ganador, de los seis quedaban tres: Julián, Diego y Juancho. A éste último, se dice, le sangraba la uña del dedo gordo de la mano izquierda por tanto lanzar canicas. Dependiendo quien estuviera narrando la historia unas veces ganaba Julián, otras veces ganaba Diego. Pero en lo que todos coincidían era en que debió haber ganado Juancho porque fue quien más sacrificó en el juego.

 

Ese viernes en particular todo indicaba que Juancho iba a ganar. Todo el mundo estaba gritando. Unos, la mayoría, apoyaban a Juancho, los demás gritaban a favor de Julián. El juego estaba por terminar. El ganador no sólo se convertiría en leyenda sino que se iría a casa con una “Tigre Azul”, una de las canicas más raras y preciadas no sólo en el pueblo, en el mundo entero.

 

La línea trazada por la botella rota ya no importaba, el público se empezaba a meter a la cancha de juego mientras la partida se iba cerrando más y más. Sólo se veían cabezas y manos. No se sabía lo que estaba pasando. De repente de la multitud se alzó una mano que sostenía entre los dedos una “Tigre Azul”, había un ganador, los niños gritaban de emoción, otros salían corriendo huyendo de las apuestas que acababan de perder. Juancho era el ganador.

 

Como es costumbre al terminar el juego el ganador debía preguntar en voz alta si alguien se atrevía a retarlo. Esto no era más que un grito de hombría entre el grupo de niños. Era su forma de marcar territorio, de decir: “yo soy el macho alfa”. Nunca nadie se había atrevido a retar al ganador hasta ese día.

 

Yo.

 

Se escuchó una voz salir de entre la multitud. Todos guardaron silencio. Juancho bajó la mano como queriendo proteger su “Tigre azul”. Buscó con la mirada entre la multitud desde el centro de la cancha. Había ira en sus ojos. Los niños empezaron a hacerse a los lados huyendo de la mirada de Juancho y de la de sus cinco amigos que ahora estaban detrás de él como una pandilla dispuesta a luchar.

 

La vista de Juancho se fue abriendo camino hasta que se topó con la grotesca visión de “El Gordo” Tomás comiéndose un churro relleno con todo el relleno desparramado en su camiseta.

 

Hey Gordo, quítate.

 

El Gordo levantó la mirada y sin miedo dijo:

 

Fui yo. Yo te reto.

 

¿Tú?

 

El Gordo caminó con la lentitud que lo caracterizaba hasta que llegó al centro del círculo y se le paró enfrente a Juancho.

 

¿Cómo la ves?

 

Los seis amigos soltaron la carcajada. Poco a poco todos los espectadores empezaron a hacer lo mismo. Todos se estaban riendo del Gordo. Él los miró a todos sin darle importancia a sus burlas.

 

¿O te da miedo?

 

De nuevo el silencio reinó al frente de la tienda de Doña Licha.

 

No voy a jugar contigo. Pero no es porque me da miedo. Simplemente sé que no tienes qué jugar contra mi “Tigre azul”.

 

Juancho le puso tan cerca de su rostro la canica que si el Gordo hubiera querido verla hubiera tenido que hacer bizcos los ojos. Pero hoy no había nada que le importara. Se levantó la camisa en la espada y sacó del resorte de sus pantalones una revista doblada por la mitad. Juancho soltó una risa un tanto nerviosa.

 

Y… y eso. ¿Qué es?

 

La Feria del Brasier.

 

Se escuchó la sorpresa entre todos los que estaban lo suficientemente cerca para escuchar. Y empezaron todos a repetir el nombre, a correr la voz.

 

La Feria del…

 

El Gordo tiene una Feria del Bra…

 

La Feria del Brasier, si…

 

…del Brasier….

 

El pueblo de San Fermín era un pueblo muy particular. En este pueblo sólo había niños. Ninguna niña se podía ver en sus calles, sus escuelas o sus parques. Todas las niñas vivían arriba en la montaña, en el convento de San Fermín, un convento de Monjas Benedictinas que a modo de caridad educaban a las niñas del pueblo para garantizar que fueran mujeres de bien. La mayoría de ellas terminaban vestidas de hábito.

 

Por lo tanto, en un pueblo donde no había niñas, una revista con fotos de mujeres desnudas, era mucho más valiosa que cualquier canica.

 

¿De dónde la sacaste?

 

Me la regaló mi tío por mi cumpleaños.

 

El Gordo desdobló la revista dejando ver la portada. Del espaldar de una silla se asomaba una mujer rubia que sonreía guiñando el ojo. El espaldar le tapaba más de la mitad del cuerpo, pero dejaba ver sus largas piernas así como sus hombros al desnudo.

 

Juancho se emocionó, era obvio que iba a ganar. Hace apenas unos minutos se había convertido en el mejor jugador del pueblo y nunca nadie había visto jugar al Gordo lo cual garantizaba la victoria. Pensó en esto un par de segundos, lo suficiente como para inquietar a sus cinco amigos quienes lo empujaban para que aceptara.

 

Está bien. Pero si gano la revista es mía.

 

Y si yo gano, tu “Tigre azul” es mía.

 

Hecho.

 

Hecho.

 

Entonces el Gordo sacó de su bolsillo la colección de canicas más impresionante que jamás Juancho o cualquiera de los presentes hubiera visto. Una “Orquidea China”, una “León Español”, una “Ojo Invisible”, una “Cielo Estrellado”, todas las canicas que tenía el Gordo tenían nombre, no había ninguna que fuera una canica común y corriente. Entonces el corazón de Juancho se detuvo un segundo, la única forma de tener una colección de ese nivel era siendo el mejor jugador del mundo. En ese momento lo supo, estaba a punto de perder su “Tigre azul”.

 

Y así fue. Al terminar el juego Juancho se quedó solo en medio del círculo de tierra viendo cómo el Gordo se iba no sólo con la mejor colección de canicas de la historia sino con su “Tigre Azul” y una Feria del Brasier entre los pantalones. Dos cosas que probablemente Juancho nunca en su vida volvería a ver.

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Un pensamiento en “LA FERIA DEL BRASIER

  1. citfer dice:

    Yo quiero una “cielo estrellado” bro!!!! Ojalá no sea falsa como la que te traje de NY, ja!

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