LA HISTORIA QUE QUISISTE ESCRIBIR CONMIGO

Esta historia comienza una noche lluviosa en la mitad del verano en la Ciudad de México. María estaba sentada frente al televisor viendo una de esas comedias románticas que tanto le gustan. De esas en las que, al final de la película, el protagonista corre entre la gente de un ocupado aeropuerto para encontrarse con ella, el amor de su vida, y besarla apasionadamente. Ésta película, en particular, se la sabe de memoria, pero no le importa. Hoy está sola en casa y, aunque no se nota aún el embarazo, las hormonas empiezan a hacer su trabajo alterando sus emociones. Hoy María tiene ganas de llorar.

El protagonista está a media carrera saltando sobre unas maletas cuando suena el timbre del departamento. María estira su mano derecha, apuntando el control remoto hacia el televisor, pone pausa al reproductor de DVD y se seca las lágrimas con el dorso de la misma mano. Deshace el nudo que eran sus largas y delgadas piernas sobre el sofá color café con leche y camina descalza sobre el piso de madera.

Un par de pasos antes de llegar a la puerta pregunta en voz alta quién es. Ramiro, contesta la voz del otro lado. Abre la puerta sin quitar la cadena. De todas las personas que podrían tocar a la puerta un sábado por la noche, al último que quería ver era al padre de su futuro hijo. De nuevo las hormonas jugando con su cuerpo.

¿Qué quieres Ramiro? Es muy tarde.

María lo miró de arriba a abajo mientras hablaba. Estaba empapado, escurría agua de sus zapatos, de las mangas de su abrigo, de su pelo, por todas partes.

Tenemos que hablar. ¿Puedo pasar?

No. Hoy no quiero hablar contigo. Ven mañana. Otro día. Adiós.

Cerró la puerta y se quedó quieta, esperando a que se fuera. Se escuchaba su respiración agitada a través de la madera. Ramiro apoyó la frente justo sobre el número 501 pegado a la puerta.

No puedo María. No puedo con esto.

Ella alzó la voz con el pretexto de que la escuchara. En realidad era la adrenalina corriendo por sus venas lo que la hizo gritar. Sabía perfectamente a qué se refería.

¿No puedes con qué?

Perdóname.

Lárgate.

Perdóname.

María golpeó la puerta con la palma abierta, con la misma mano con la que había secado sus lágrimas.

Que te vayas. No quiero volver a verte.

Corrió de vuelta al sofá color café con leche frente al televisor. Pero esta vez no se sentó, se acostó en posición fetal. buscó debajo de ella el control remoto y estiró la mano derecha hacia el reproductor. Puso la película, de nuevo desde el comienzo, para justificar su llanto y subió el volumen. Lo suficiente para no escucharse llorar, lo suficiente para no escuchar las palabras de Ramiro repitiéndose en su cabeza.

María se quedó dormida en el sofá. No supo en qué terminó la película, siempre que la veía esperaba que algo fuera distinto, como si ella pudiera controlar la historia. Afuera siguió lloviendo. Llovió toda la noche. Y ella nunca se enteró. Tampoco se enteró de la llegada de sus papás ni de como su papá la tapó con una cobija color naranja. Mucho menos de la llegada de su hermana a las cuatro de la mañana.

Esa noche, en ese sofá color café con leche, María soñó que era ella quien escribía el guión de su vida, que nada sucedía sin que ella lo decidiera, sin que ella se enterara. Al otro día, al recordar su sueño, se propuso tener el control de cada detalle de su vida y de la de su hijo que venía en camino.

Y así lo hizo, hasta que me conoció a mí.

Esta es la historia que María quiso escribir conmigo:

María y yo nos conocimos en el trabajo. A pesar de trabajar en áreas distintas de la empresa lográbamos coincidir siempre en las áreas comunes. En un principio me parecía una situación azarosa. Más adelante creí que simplemente ambos teníamos poco que hacer y no había dónde más estar si no se estaba concentrado en el trabajo. También llegué a sospechar que mi ligera obsesión por ella y su ligera obsesión por mi nos llevaban a ese punto en común. Pero no fue sino hasta mucho después que descubrí la verdadera razón por la que siempre nos encontrábamos allí.

La primera vez que nos encontramos yo estaba concentrado agitando mi café en el vaso desechable, ella entró escandalosa como siempre, riendo y con el clack clack de sus tacones que la seguía a todas partes. Yo no le puse atención, por alguna razón las burbujas del café me resultaban más atractivas que su risa. Había más voces con ella, hablaron durante un rato y después se fueron, todas menos el clack clack. En ese momento algo captó mi atención distrayéndome de mi constante y monótono agitar. Así como había entrado de escandalosa ahora estaba en completo silencio. No se escuchaba ni su respiración.

Levanté la vista de mi café, buscando el origen de tanto silencio. Entonces fue que la vi a los ojos por primera vez. Ella me miraba desde hacía tiempo y sonreía. Tenía la sonrisa más grande y hermosa que jamás hubiera visto. Ella no dejaba de verme y sonreír, sentí vergüenza, parecía como si me reconociera de algún otro lugar, de otro momento, de otra vida. Tomé mi café con cuidado de no derramarlo y me senté en una de las sillas que sus amigas habían dejado vacías a su alrededor. Ninguno de los dos podía dejar de sonreír.

¿De dónde nos conocemos?

De ningún lado. ¿De qué hablas?

Creí que me reconocías de alguna parte.

Te encantaría que te reconociera. ¿No es cierto?

Las dos últimas frases las pronunció en voz baja. Se acercó a mi de forma provocativa apoyando su mano izquierda sobre mi pierna para asegurar que la escuchara.

Ese fue el inicio de todo.

Mientras más pasaba el tiempo más provocativas eran nuestras conversaciones, más intensas nuestras miradas, más prolongadas las sonrisas. Cada vez que estaba con ella sentía cada milímetro de mi cuerpo queriendo estar más cerca. Quería quitarme la corbata, tomarla de la mano y salir corriendo de allí. Hacerle el amor y besarla cuando quisiera, sin miedo a nada. Vivir los dos desnudos en una habitación de hotel con ninguna preocupación, ninguna necesidad.

Me sorprendía lo mucho que quería estar con ella dado lo poco que la conocía. Nuestros encuentros eran muy esporádicos. Nunca hablábamos de nosotros, de nuestras vidas, sólo de nuestras ganas y de las canciones que nos recordaban el uno al otro. Apenas y sabíamos nuestros nombres.

Y así pasaron los días, las semanas y los meses. Todo se quedaba en las ganas, pero yo no quería que fuera así para siempre. Quería ser parte de su vida y que ella fuera parte de la mía. Pero cada que la invitaba a salir, ella cambiaba de tema o simplemente me daba un “no” rotundo.

No creas que va a ser tan fácil. Tienes que venderme la idea, tengo que saber que va a valer la pena. Así como me lo estás planteando, no, no quiero salir contigo. Pero sigue intentando.

Todo era un juego para ella.

No supe qué fue lo que hice distinto un día, pero de un momento a otro aceptó mi invitación.

Estábamos sentados uno frente al otro en un café cerca de la oficina un sábado cualquiera. Ella me pidió que guardara silencio y la dejara hablar. Entonces me contó toda su historia, lo que había vivido, lo que había sufrido, lo que había gozado. Me habló de su hijo y el padre que éste nunca tuvo. Me habló de tantas cosas que me cuesta trabajo recordarlas. Lo único que recuerdo es su sonrisa que, a pesar de estar contando los momentos más oscuros de su pasado, no dejaba de brillar en su rostro. Estaba más hermosa que nunca.

Dejó de hablar y entonces yo hice lo mismo, le conté mi historia, o por lo menos creo que eso fue lo que hice. Cuando terminé pagamos la cuenta y nos fuimos a caminar aprovechando el último día del verano. Seguimos hablando de todo lo que no habíamos hablado desde que nos conocimos. A pesar de estar en una situación tan distinta a nuestra rutina todo se sentía muy normal, nada estaba fuera de lugar.

Y entonces sucedió, esas ganas de las que tanto habíamos hablado explotaron.

Caminábamos tomados de la mano, nos apretábamos las manos con fuerza. Ella se acercó a mi y nuestros cuerpos se juntaron con la misma fuerza que los dedos de nuestras manos, era como si quisiéramos unirnos permanentemente el uno al otro. Nuestras bocas se empezaron a buscar y nos besamos. En ese momento todo desapareció. Estábamos los dos solos, flotando en medio del espacio, cada uno de nosotros un microuniverso y ese beso fue la colisión de dos mundos. La fuerza que se generó en ese momento es algo que jamas haya visto, que jamas haya vuelto a sentir.

Con ese beso entendí que lo que nos hacía encontrarnos todos los días en el mismo lugar, buscarnos en el mismo lugar, no era otra cosa sino una fuerza de gravedad que existía entre nuestros universos. La atracción constante, la colisión inminente.

Pasó más tiempo y yo me cambié de trabajo. Casi no nos veíamos pero hablábamos por teléfono todos los días, e incluso a través de las señales inalámbricas de los teléfonos celulares era notoria esa fuerza de gravedad.

Pasó más tiempo y un día me escribió una carta. En la carta me decía que su ex novio había vuelto y lo había hecho con un anillo de compromiso. Ella había aceptado.

Después de la carta hablamos por teléfono y me confesó que lo primero en lo que pensó, cuando vio a su ahora prometido de rodillas con el anillo, fue en mi. Yo le confesé que no podía dejar de pensar en ella. La fuerza de gravedad seguía siendo evidente. Los dos decidimos que lo mejor era colgar el teléfono.

No sé cuál era la historia que María quería escribir conmigo, pero sé que me alejé y no dejé que la siguiera escribiendo. Tampoco sé qué pasó con ella después de esa llamada. Lo único que sé es que un par de meses después yo estaba en el aeropuerto a punto de subirme a un avión.  Esperaba que ella llegara corriendo así como el protagonista de las películas que tanto le gustan y con un beso me dejara plantado en la tierra, incapaz de tomar vuelo. Esperaba que llegara y me dijera que había cancelado la boda y…

Me aseguré de ser el último en subir al avión, eché un vistazo al pasillo de la sala de espera antes de entrar pero ella nunca llegó.

Probablemente si llegó, pero un segundo muy tarde, cuando la puerta del avión ya se había cerrado.

Probablemente ese era el final que ella quería escribir.

El final que esperaba cada vez que veía su película favorita.

Probablemente en el mismo momento que mi avión despegaba ella se estaba casando.

Si, acepto.

Probablemente ese fue el final de nuestra película.

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7 pensamientos en “LA HISTORIA QUE QUISISTE ESCRIBIR CONMIGO

  1. citfer dice:

    AY bro, está chida pero me cagan esas historias.

  2. Odd dice:

    Pues.. no sé exactamente cual sería la historia, no sé si esto sea conicidencia o destino.. por cierto el nombre de ella pudo haber sido mejor.. sé que una vez que comenzaste ya no pudiste detenerte a expresar tu sentir, fué un revuelo de remembranzas fallidas, no lo sé … tú lo sabes…?…..
    Una historia que me sorprendió hubo varios pensamientos que no sabía…
    Ese minuto después del despegue me partio el alma !..

  3. Odd dice:

    SORRY .. fué segundo , un segundo muy tarde…. Hay la vida está llena de esos segundos…
    Pero es rico sentir ese dolorsito que te hace vivir cosas tan lindas que pocas veces pasan.. además no creo que el mundo tenga tantos recuerdos tan llenos de adrenalina ni tanta pasión… esoo y más es rico

  4. Odd dice:

    PUFFFFFF y asi sucesivamente podemos seguir sintiendo mil cosas …por cierto recuerdas 500 days of summer?…. super extraño todo esto … sabré de tí ..??…..

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