Archivos Mensuales: marzo 2012

UN MAPA DE ESTRELLAS

El tiempo no ha marcado tu rostro, sigues igual de bonita.
Pero tus sueños sí, han marcado tus labios.

Ayer me robé una foto tuya para contar cuantos besos hay en tu boca.
Voy a unirlos como puntos en un mapa, como si en lugar de besos fueran estrellas.
Y voy a perderme un rato entre las constelaciones del micro universo de tus labios.

Llevaré tu mapa conmigo a donde quiera que vaya para saber, cuando te encuentre, cuál es el sueño en el que me soñaste.
Y será ese beso el que te bese para que te quedes conmigo para siempre.

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ÉL

Él vivía la vida dormido.
No había nada que lo alejara de sus pensamientos, que interrumpiera su constante monólogo.
A no ser que fuera por el perfume de ella.

Estando en la casa, sabía perfectamente donde buscarlo, sabía dónde dormía aquel aroma.
Aunque a veces también se lo encontraba por accidente en la calle.
Pero donde fuera que lo encontrara, en el momento que fuera, siempre lo despertaba de su eterno sueño.

Si hubiera podido, lo habría enfrascado, llevándolo a todas partes, para poder despertarse a voluntad.
Para así poder tenerse en la realidad.
Tal vez así ella nunca se hubiera ido.

Oliendo su perfume la imagina siempre atrapada en una foto.
En una de esas fotos que no tienen bien definidos los colores.
De esas en las que se puede respirar el momento.
De esas que guardan su esencia por siempre.
De esas que él colecciona en una caja de zapatos.

Tiene una fotografía de cada una de ellas, de todas las que se han atrevido a llevar el perfume de ella.
Cientos de rostros que le hacen recordarla.

Tiene fotos de todas menos de ella.
Nunca pudo tomársela.
Nunca le alcanzó el tiempo.
Cuando ella se fue, se fue para siempre.
Pero le dejó su perfume en un par de rincones de la casa.
Le dejó su perfume y la esperanza que sea ella la que salga en la siguiente fotografía al revelarla.

Pero siempre sale otra mujer.
Y es otro el perfume que trasciende de la fotografía.

Y por eso él nunca ha podido terminar de despertar.
Por eso nunca ha podido vivir en esta realidad y se la pasa tomando fotos a mujeres extrañas.

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TU NOMBRE

Voy a sentarme en mi soledad a pensar en ti.
Voy a recordar la primera vez que vi tu sonrisa.
Cuando escuché por primera vez tu nombre.
Voy a poner a sonar una y otra vez esa canción que te lleva en cada nota.
Y que repite tu nombre.
Voy a irme a dormir para soñarte.
Para soñar que irremediablemente tú también me amas.
Para soñar que no existe la imposibilidad de ti.
Pero tampoco quiero soñar en un libertinaje de tu posibilidad.
Sólo quiero soñarte.
Sin que exista una trama.
Voy a despertarme a media noche llorando.
Voy a recordar con nostalgia ese tiempo en el que no te tuve.
Ese tiempo en el que pudiste ser mía.
Voy a recordar cuando no te conocía.
Voy a volver a sentir ese vacío que quiere salirse del pecho por la boca.
Y muy probablemente voy a gritar tu nombre.
Voy a emocionarme con la expectativa de verte.
Voy a planear a detalle cada palabra, cada roce.
Voy a sentirte tan cerca como puedas estarlo.
Aprovechando que mañana no te voy a ver.

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ESE BESO DE SU BOCA

Es muy fácil perderse en su boca.
Como dejar en silencio al televisor hablando solo.
Es muy fácil no poner atención a lo que dice.
Como pensar que en lugar de palabras son pedazos de un beso lo que se mueve en su boca.

Un beso se besa en silencio.
Así es como la escucho hablar.
Con un beso de por medio.
Entre su boca y mi oreja.

Un beso se besa en silencio y se resbala por el cuello.
Un beso termina donde empieza el deseo.
Porque un beso es silencio.
Y su cuello es deseo.

Y aunque su boca me quiera hablar de otra cosa.
Para mi su verbo es un beso.
Porque he tratado de entender lo que dice.
Y lo único que entiendo es un beso en silencio.

Pero si lograra entender su francés.
O si me hablara en español.
Ya no la escucharía en silencio.
Y me perdería de ese beso.

ELLA

Ella no hacía más que extrañarlo.
Cada vez que despertaba, se quedaba un minuto viendo la almohada a su lado.
Ponía la mano sobre la cama vacía tratando de recordar el calor que se sentía al tenerlo allí.

Cuando se bañaba sentía como si sus grandes manos de hombre pasaran el jabón por su espalda, por su cintura.
Y al entrar a la cocina alcanzaba a oler el desayuno que él le hubiera preparado, pero en su lugar se comía un simple plato de avena.

Cuando escuchaba música cerraba los ojos y lo imaginaba en una tienda de discos con unos enormes audífonos en su cabeza, tratando de encontrar la canción perfecta, esa que lo hiciera llorar.
Todas la hacían llorar a ella.

Cada vez que otro hombre le sonreía, ella lo veía a él.
Cada vez que otro hombre le hablaba, ella sólo podía escuchar su voz.
Cada vez que otro hombre la sacaba a bailar, ella lo buscaba entre la multitud.
Cada vez que otro hombre le dedicaba una canción, ella lloraba.

Ella nunca pudo extrañarlo con una sonrisa en la cara, su recuerdo siempre la puso triste.
No sabía dónde estaba ni qué sería de él.
No sabía si se había enamorado de otra.
No sabía si había logrado tener una familia.
Lo único que sabía era que ella no era parte de su vida.

Por las noches, antes de dormir, se le escurría una lágrima por su hermosa mejilla y ella le ponía nombre, la llamaba como se llamaba él.

Nunca supo hacer otra cosa más que extrañarlo.
Nunca supo cómo amar a alguien más.
Nunca supo cómo dejarse amar.

Ella vivió toda la vida extrañando a un hombre que nunca conoció.
Extrañando al hombre que nunca llegó.
El hombre que nunca la sacó a bailar.
Que nunca le dedicó una canción.
O durmió a su lado.

Y por tanto extrañar a ese hombre, nunca se dio la oportunidad de conocerlo.
Vivió sola.
Murió sola.

Y a él, quien quiera que fuera, nunca nadie lo amó tanto como ella lo hizo.

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QUISIERA SABER QUE DECIR

Quisiera saber que decir. Quisiera que esta carta ya estuviera escrita y no tener que despedirme de ti. Aunque esta no es la primera vez que trato de hacerlo y estoy seguro que no será la última. El problema es que nunca he sabido cómo hablarte, nunca he sabido cómo llegar a ti. Si alguna vez lo hice, las señales fueron tan sutiles que no me di cuenta. No logré distinguir de entre tus sonrisas esa que tanto esperaba, esa que te recordaba a mi cuando estabas a solas.

 

Llevo muchos años tratando de recuperar lo que alguna vez pudimos haber sido, esa amistad tan bonita, ese amor que estaba escrito en alguna parte, en un libro perdido en el estante olvidado de alguna biblioteca, en ese rincón de nuestras vidas a donde, por tantas cosas que pasaron, nunca llegamos.

 

Mucho tiempo muchas veces intenté recuperarte y creo que tú ni siquiera te diste cuenta. Siempre te me ibas como el agua entre los dedos. Y con la misma sed te volvía a buscar pero nunca supe retenerte. Siempre que regresaba a mi casa lo hacía con la sensación de haberte perdido, la misma con la que me despierto luego de haberte soñado, la misma con la que me subí a un avión hace ya casi un año.

 

Hoy solamente somos alguien que conocimos en algún otro momento, en otra vida. Estamos a miles de kilómetros de distancia sin saber que pasa del otro lado. Y así como aquí está lloviendo por tercera vez en el día, puede ser que tú estés en tu casa leyendo un libro, viendo una película, o estés dormida y todo esto no es más que un mal sueño.

 

Camino por las calles sin saber a quién tengo al lado. A pesar de estar a sólo unos pocos centímetros de distancia, no nos enteramos de lo que pasa en la vida de las demás personas. Seguramente eso pasaría si te tuviera aquí conmigo, por más que intentara no sabría qué está pasando en tu vida. Así como tampoco sabría que contestarte si me llegara tu respuesta a las cartas que te mando.

 

Estoy cansado de tanta nostalgia. Ya no quiero desvelarme pensando en ti. Ya no quiero soñar contigo. Ya no quiero llorar cada vez que necesite hablar con alguien y no te encuentre.

 

Sé que este adiós es un acto de cobardía. Sé que no te lo mereces. Pero no me imagino nuestras vidas de otra forma. Tú en tu mundo tienes muchas cosas por hacer, tienes mucho por vivir, algún día te vas a enamorar, tal vez te cases y tengas hijos. Como sea, lo último que necesitas son veinte cartas al mes, veinte intentos fallidos.

 

A mí en mi mundo me falta mucho por escribir y aunque sé que tu fantasma tampoco me va a dejar dormir, va a ser solo eso, un fantasma más. La vida me ha enseñado a vivir con ellos, a no tenerles miedo y estoy seguro que el  tuyo será mi mejor musa.

 

Espero que si nos volvemos a encontrar, en otra vida, me perdones por no haber sabido cómo conservarte y podamos volver a empezar. Si no nos volvemos a encontrar… quiero que sepas que eres lo mejor que me ha pasado. Que alguna vez dije que a mí nadie me había enseñado a hablar, pero que afortunadamente una mujer le enseñó a mi corazón a escribir y que esa mujer fuiste tú.

 

Pero espero volver a encontrarte, si no es en esta, que sea en otra vida, cuando ya estemos viejos, como en el sueño que tuve, y haya pasado tanto tiempo que nos cueste trabajo reconocernos. Mientras tanto yo seguiré buscando un rostro que me recuerde al tuyo, una sonrisa que me haga recordarte cuando esté a solas, alguien con quien hablar sin que se me quiebre la voz, sin que me tiemblen las manos, para poder contarle todo lo que siempre quise y nunca te pude contar.

 

P.D. No te preocupes por que otros lean esta carta, así como en el cuaderno de poemas que te regale taché todas las partes donde estaba escrito tu nombre.

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LA FERIA DEL BRASIER

Sonó la campana y Juancho salió corriendo del salón de clases. Se subió a su bicicleta y arrancó. Detrás de él salieron otras cinco bicicletas. Las de Julián, Diego, Alfonso, Santiago y Ramón. Detrás de ellos se quedaban el resto de los niños de la escuela quienes apenas se montaban a sus bicicletas dentro de la nube de polvo que habían levantado los seis amigos. Uno de esos niños era “El Gordo” Tomás quien con toda la paciencia que lo caracterizaba subió a su bicicleta y tomó la misma dirección que todos estaban tomando, detrás de la nube de polvo.

 

Juancho fue el primero en llegar a la tienda de Doña Licha. Pidió una Coca-Cola bien fría y se sentó a tomársela en la entrada de la tienda. Llegaron Julián, Diego, Alfonso, Santiago y Ramón. Cada uno sacó una moneda de sus bolsillos y se la dieron a Juancho que los esperaba con la mano estirada. Entró a la tienda y le pagó a Doña Licha. Mientras tanto Ramón, por haber sido el último en llegar, se desamarraba los zapatos para hacer una cuerda con ambas agujetas. Juancho salió de la tienda poniendo la botella de vidrio boca abajo para sacarle las últimas gotas del refresco y con un movimiento seguro y practicado la rompió contra el marco de su bicicleta.

 

Amarraron un extremo de la cuerda a lo que quedaba del cuello de la botella y el otro al dedo índice de Ramón que estaba en medio de la calle como tratando de señalar hacia el centro de la tierra. Juancho trazó un círculo sobre la tierra con el filo de la botella, se deshicieron del improvisado compás y cada uno sacó sus canicas. Comenzó el juego.

 

Uno a uno fueron llegando todos los niños de la escuela. Poco a poco se fue creando una multitud alrededor de los 6 amigos. Sus juegos de los viernes eran famosos, el ganador se convertía en leyenda durante una semana. Nadie se atrevía a retarlos, nadie jugaba tan rápido como ellos, nadie era tan agresivo. Se dice que una vez un juego duró hasta las 12 de la noche, era imposible definir un ganador, de los seis quedaban tres: Julián, Diego y Juancho. A éste último, se dice, le sangraba la uña del dedo gordo de la mano izquierda por tanto lanzar canicas. Dependiendo quien estuviera narrando la historia unas veces ganaba Julián, otras veces ganaba Diego. Pero en lo que todos coincidían era en que debió haber ganado Juancho porque fue quien más sacrificó en el juego.

 

Ese viernes en particular todo indicaba que Juancho iba a ganar. Todo el mundo estaba gritando. Unos, la mayoría, apoyaban a Juancho, los demás gritaban a favor de Julián. El juego estaba por terminar. El ganador no sólo se convertiría en leyenda sino que se iría a casa con una “Tigre Azul”, una de las canicas más raras y preciadas no sólo en el pueblo, en el mundo entero.

 

La línea trazada por la botella rota ya no importaba, el público se empezaba a meter a la cancha de juego mientras la partida se iba cerrando más y más. Sólo se veían cabezas y manos. No se sabía lo que estaba pasando. De repente de la multitud se alzó una mano que sostenía entre los dedos una “Tigre Azul”, había un ganador, los niños gritaban de emoción, otros salían corriendo huyendo de las apuestas que acababan de perder. Juancho era el ganador.

 

Como es costumbre al terminar el juego el ganador debía preguntar en voz alta si alguien se atrevía a retarlo. Esto no era más que un grito de hombría entre el grupo de niños. Era su forma de marcar territorio, de decir: “yo soy el macho alfa”. Nunca nadie se había atrevido a retar al ganador hasta ese día.

 

Yo.

 

Se escuchó una voz salir de entre la multitud. Todos guardaron silencio. Juancho bajó la mano como queriendo proteger su “Tigre azul”. Buscó con la mirada entre la multitud desde el centro de la cancha. Había ira en sus ojos. Los niños empezaron a hacerse a los lados huyendo de la mirada de Juancho y de la de sus cinco amigos que ahora estaban detrás de él como una pandilla dispuesta a luchar.

 

La vista de Juancho se fue abriendo camino hasta que se topó con la grotesca visión de “El Gordo” Tomás comiéndose un churro relleno con todo el relleno desparramado en su camiseta.

 

Hey Gordo, quítate.

 

El Gordo levantó la mirada y sin miedo dijo:

 

Fui yo. Yo te reto.

 

¿Tú?

 

El Gordo caminó con la lentitud que lo caracterizaba hasta que llegó al centro del círculo y se le paró enfrente a Juancho.

 

¿Cómo la ves?

 

Los seis amigos soltaron la carcajada. Poco a poco todos los espectadores empezaron a hacer lo mismo. Todos se estaban riendo del Gordo. Él los miró a todos sin darle importancia a sus burlas.

 

¿O te da miedo?

 

De nuevo el silencio reinó al frente de la tienda de Doña Licha.

 

No voy a jugar contigo. Pero no es porque me da miedo. Simplemente sé que no tienes qué jugar contra mi “Tigre azul”.

 

Juancho le puso tan cerca de su rostro la canica que si el Gordo hubiera querido verla hubiera tenido que hacer bizcos los ojos. Pero hoy no había nada que le importara. Se levantó la camisa en la espada y sacó del resorte de sus pantalones una revista doblada por la mitad. Juancho soltó una risa un tanto nerviosa.

 

Y… y eso. ¿Qué es?

 

La Feria del Brasier.

 

Se escuchó la sorpresa entre todos los que estaban lo suficientemente cerca para escuchar. Y empezaron todos a repetir el nombre, a correr la voz.

 

La Feria del…

 

El Gordo tiene una Feria del Bra…

 

La Feria del Brasier, si…

 

…del Brasier….

 

El pueblo de San Fermín era un pueblo muy particular. En este pueblo sólo había niños. Ninguna niña se podía ver en sus calles, sus escuelas o sus parques. Todas las niñas vivían arriba en la montaña, en el convento de San Fermín, un convento de Monjas Benedictinas que a modo de caridad educaban a las niñas del pueblo para garantizar que fueran mujeres de bien. La mayoría de ellas terminaban vestidas de hábito.

 

Por lo tanto, en un pueblo donde no había niñas, una revista con fotos de mujeres desnudas, era mucho más valiosa que cualquier canica.

 

¿De dónde la sacaste?

 

Me la regaló mi tío por mi cumpleaños.

 

El Gordo desdobló la revista dejando ver la portada. Del espaldar de una silla se asomaba una mujer rubia que sonreía guiñando el ojo. El espaldar le tapaba más de la mitad del cuerpo, pero dejaba ver sus largas piernas así como sus hombros al desnudo.

 

Juancho se emocionó, era obvio que iba a ganar. Hace apenas unos minutos se había convertido en el mejor jugador del pueblo y nunca nadie había visto jugar al Gordo lo cual garantizaba la victoria. Pensó en esto un par de segundos, lo suficiente como para inquietar a sus cinco amigos quienes lo empujaban para que aceptara.

 

Está bien. Pero si gano la revista es mía.

 

Y si yo gano, tu “Tigre azul” es mía.

 

Hecho.

 

Hecho.

 

Entonces el Gordo sacó de su bolsillo la colección de canicas más impresionante que jamás Juancho o cualquiera de los presentes hubiera visto. Una “Orquidea China”, una “León Español”, una “Ojo Invisible”, una “Cielo Estrellado”, todas las canicas que tenía el Gordo tenían nombre, no había ninguna que fuera una canica común y corriente. Entonces el corazón de Juancho se detuvo un segundo, la única forma de tener una colección de ese nivel era siendo el mejor jugador del mundo. En ese momento lo supo, estaba a punto de perder su “Tigre azul”.

 

Y así fue. Al terminar el juego Juancho se quedó solo en medio del círculo de tierra viendo cómo el Gordo se iba no sólo con la mejor colección de canicas de la historia sino con su “Tigre Azul” y una Feria del Brasier entre los pantalones. Dos cosas que probablemente Juancho nunca en su vida volvería a ver.

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LA HISTORIA QUE QUISISTE ESCRIBIR CONMIGO

Esta historia comienza una noche lluviosa en la mitad del verano en la Ciudad de México. María estaba sentada frente al televisor viendo una de esas comedias románticas que tanto le gustan. De esas en las que, al final de la película, el protagonista corre entre la gente de un ocupado aeropuerto para encontrarse con ella, el amor de su vida, y besarla apasionadamente. Ésta película, en particular, se la sabe de memoria, pero no le importa. Hoy está sola en casa y, aunque no se nota aún el embarazo, las hormonas empiezan a hacer su trabajo alterando sus emociones. Hoy María tiene ganas de llorar.

El protagonista está a media carrera saltando sobre unas maletas cuando suena el timbre del departamento. María estira su mano derecha, apuntando el control remoto hacia el televisor, pone pausa al reproductor de DVD y se seca las lágrimas con el dorso de la misma mano. Deshace el nudo que eran sus largas y delgadas piernas sobre el sofá color café con leche y camina descalza sobre el piso de madera.

Un par de pasos antes de llegar a la puerta pregunta en voz alta quién es. Ramiro, contesta la voz del otro lado. Abre la puerta sin quitar la cadena. De todas las personas que podrían tocar a la puerta un sábado por la noche, al último que quería ver era al padre de su futuro hijo. De nuevo las hormonas jugando con su cuerpo.

¿Qué quieres Ramiro? Es muy tarde.

María lo miró de arriba a abajo mientras hablaba. Estaba empapado, escurría agua de sus zapatos, de las mangas de su abrigo, de su pelo, por todas partes.

Tenemos que hablar. ¿Puedo pasar?

No. Hoy no quiero hablar contigo. Ven mañana. Otro día. Adiós.

Cerró la puerta y se quedó quieta, esperando a que se fuera. Se escuchaba su respiración agitada a través de la madera. Ramiro apoyó la frente justo sobre el número 501 pegado a la puerta.

No puedo María. No puedo con esto.

Ella alzó la voz con el pretexto de que la escuchara. En realidad era la adrenalina corriendo por sus venas lo que la hizo gritar. Sabía perfectamente a qué se refería.

¿No puedes con qué?

Perdóname.

Lárgate.

Perdóname.

María golpeó la puerta con la palma abierta, con la misma mano con la que había secado sus lágrimas.

Que te vayas. No quiero volver a verte.

Corrió de vuelta al sofá color café con leche frente al televisor. Pero esta vez no se sentó, se acostó en posición fetal. buscó debajo de ella el control remoto y estiró la mano derecha hacia el reproductor. Puso la película, de nuevo desde el comienzo, para justificar su llanto y subió el volumen. Lo suficiente para no escucharse llorar, lo suficiente para no escuchar las palabras de Ramiro repitiéndose en su cabeza.

María se quedó dormida en el sofá. No supo en qué terminó la película, siempre que la veía esperaba que algo fuera distinto, como si ella pudiera controlar la historia. Afuera siguió lloviendo. Llovió toda la noche. Y ella nunca se enteró. Tampoco se enteró de la llegada de sus papás ni de como su papá la tapó con una cobija color naranja. Mucho menos de la llegada de su hermana a las cuatro de la mañana.

Esa noche, en ese sofá color café con leche, María soñó que era ella quien escribía el guión de su vida, que nada sucedía sin que ella lo decidiera, sin que ella se enterara. Al otro día, al recordar su sueño, se propuso tener el control de cada detalle de su vida y de la de su hijo que venía en camino.

Y así lo hizo, hasta que me conoció a mí.

Esta es la historia que María quiso escribir conmigo:

María y yo nos conocimos en el trabajo. A pesar de trabajar en áreas distintas de la empresa lográbamos coincidir siempre en las áreas comunes. En un principio me parecía una situación azarosa. Más adelante creí que simplemente ambos teníamos poco que hacer y no había dónde más estar si no se estaba concentrado en el trabajo. También llegué a sospechar que mi ligera obsesión por ella y su ligera obsesión por mi nos llevaban a ese punto en común. Pero no fue sino hasta mucho después que descubrí la verdadera razón por la que siempre nos encontrábamos allí.

La primera vez que nos encontramos yo estaba concentrado agitando mi café en el vaso desechable, ella entró escandalosa como siempre, riendo y con el clack clack de sus tacones que la seguía a todas partes. Yo no le puse atención, por alguna razón las burbujas del café me resultaban más atractivas que su risa. Había más voces con ella, hablaron durante un rato y después se fueron, todas menos el clack clack. En ese momento algo captó mi atención distrayéndome de mi constante y monótono agitar. Así como había entrado de escandalosa ahora estaba en completo silencio. No se escuchaba ni su respiración.

Levanté la vista de mi café, buscando el origen de tanto silencio. Entonces fue que la vi a los ojos por primera vez. Ella me miraba desde hacía tiempo y sonreía. Tenía la sonrisa más grande y hermosa que jamás hubiera visto. Ella no dejaba de verme y sonreír, sentí vergüenza, parecía como si me reconociera de algún otro lugar, de otro momento, de otra vida. Tomé mi café con cuidado de no derramarlo y me senté en una de las sillas que sus amigas habían dejado vacías a su alrededor. Ninguno de los dos podía dejar de sonreír.

¿De dónde nos conocemos?

De ningún lado. ¿De qué hablas?

Creí que me reconocías de alguna parte.

Te encantaría que te reconociera. ¿No es cierto?

Las dos últimas frases las pronunció en voz baja. Se acercó a mi de forma provocativa apoyando su mano izquierda sobre mi pierna para asegurar que la escuchara.

Ese fue el inicio de todo.

Mientras más pasaba el tiempo más provocativas eran nuestras conversaciones, más intensas nuestras miradas, más prolongadas las sonrisas. Cada vez que estaba con ella sentía cada milímetro de mi cuerpo queriendo estar más cerca. Quería quitarme la corbata, tomarla de la mano y salir corriendo de allí. Hacerle el amor y besarla cuando quisiera, sin miedo a nada. Vivir los dos desnudos en una habitación de hotel con ninguna preocupación, ninguna necesidad.

Me sorprendía lo mucho que quería estar con ella dado lo poco que la conocía. Nuestros encuentros eran muy esporádicos. Nunca hablábamos de nosotros, de nuestras vidas, sólo de nuestras ganas y de las canciones que nos recordaban el uno al otro. Apenas y sabíamos nuestros nombres.

Y así pasaron los días, las semanas y los meses. Todo se quedaba en las ganas, pero yo no quería que fuera así para siempre. Quería ser parte de su vida y que ella fuera parte de la mía. Pero cada que la invitaba a salir, ella cambiaba de tema o simplemente me daba un “no” rotundo.

No creas que va a ser tan fácil. Tienes que venderme la idea, tengo que saber que va a valer la pena. Así como me lo estás planteando, no, no quiero salir contigo. Pero sigue intentando.

Todo era un juego para ella.

No supe qué fue lo que hice distinto un día, pero de un momento a otro aceptó mi invitación.

Estábamos sentados uno frente al otro en un café cerca de la oficina un sábado cualquiera. Ella me pidió que guardara silencio y la dejara hablar. Entonces me contó toda su historia, lo que había vivido, lo que había sufrido, lo que había gozado. Me habló de su hijo y el padre que éste nunca tuvo. Me habló de tantas cosas que me cuesta trabajo recordarlas. Lo único que recuerdo es su sonrisa que, a pesar de estar contando los momentos más oscuros de su pasado, no dejaba de brillar en su rostro. Estaba más hermosa que nunca.

Dejó de hablar y entonces yo hice lo mismo, le conté mi historia, o por lo menos creo que eso fue lo que hice. Cuando terminé pagamos la cuenta y nos fuimos a caminar aprovechando el último día del verano. Seguimos hablando de todo lo que no habíamos hablado desde que nos conocimos. A pesar de estar en una situación tan distinta a nuestra rutina todo se sentía muy normal, nada estaba fuera de lugar.

Y entonces sucedió, esas ganas de las que tanto habíamos hablado explotaron.

Caminábamos tomados de la mano, nos apretábamos las manos con fuerza. Ella se acercó a mi y nuestros cuerpos se juntaron con la misma fuerza que los dedos de nuestras manos, era como si quisiéramos unirnos permanentemente el uno al otro. Nuestras bocas se empezaron a buscar y nos besamos. En ese momento todo desapareció. Estábamos los dos solos, flotando en medio del espacio, cada uno de nosotros un microuniverso y ese beso fue la colisión de dos mundos. La fuerza que se generó en ese momento es algo que jamas haya visto, que jamas haya vuelto a sentir.

Con ese beso entendí que lo que nos hacía encontrarnos todos los días en el mismo lugar, buscarnos en el mismo lugar, no era otra cosa sino una fuerza de gravedad que existía entre nuestros universos. La atracción constante, la colisión inminente.

Pasó más tiempo y yo me cambié de trabajo. Casi no nos veíamos pero hablábamos por teléfono todos los días, e incluso a través de las señales inalámbricas de los teléfonos celulares era notoria esa fuerza de gravedad.

Pasó más tiempo y un día me escribió una carta. En la carta me decía que su ex novio había vuelto y lo había hecho con un anillo de compromiso. Ella había aceptado.

Después de la carta hablamos por teléfono y me confesó que lo primero en lo que pensó, cuando vio a su ahora prometido de rodillas con el anillo, fue en mi. Yo le confesé que no podía dejar de pensar en ella. La fuerza de gravedad seguía siendo evidente. Los dos decidimos que lo mejor era colgar el teléfono.

No sé cuál era la historia que María quería escribir conmigo, pero sé que me alejé y no dejé que la siguiera escribiendo. Tampoco sé qué pasó con ella después de esa llamada. Lo único que sé es que un par de meses después yo estaba en el aeropuerto a punto de subirme a un avión.  Esperaba que ella llegara corriendo así como el protagonista de las películas que tanto le gustan y con un beso me dejara plantado en la tierra, incapaz de tomar vuelo. Esperaba que llegara y me dijera que había cancelado la boda y…

Me aseguré de ser el último en subir al avión, eché un vistazo al pasillo de la sala de espera antes de entrar pero ella nunca llegó.

Probablemente si llegó, pero un segundo muy tarde, cuando la puerta del avión ya se había cerrado.

Probablemente ese era el final que ella quería escribir.

El final que esperaba cada vez que veía su película favorita.

Probablemente en el mismo momento que mi avión despegaba ella se estaba casando.

Si, acepto.

Probablemente ese fue el final de nuestra película.

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DÍA #9232

Quisiera que estuvieras aquí. Estoy perdido en medio de la nada. Cada que me asomo por mi ventana lo único que veo es un manto negro lleno de estrellas. Ninguna cerca.

No estoy seguro de seguir avanzando. Ni siquiera sé qué es arriba y qué es abajo. Quisiera poder tenerte aquí a mi lado y que fueras una brújula. Así como en los viejos tiempos cuando la gente viajaba en enormes barcos a través del mar. Siempre sabían a donde mirar, así fuera de día, así fuera de noche.

Hace dos días busqué por la ventana tratando de encontrar alguna constelación que me guiara, pero me fue imposible reconocerlas. Recuerdo con tristeza esas noches en el balcón de tu casa cuando tratabas de enseñarme las combinaciones de estrellas que formaban figuras mágicas. Yo te insistía en que no era necesario, que en mi viaje no me serviría de nada conocerlas. Te molestaba mucho que no te hiciera caso.

Ahora me arrepiento, aunque sé que estoy muy lejos de casa y me sería imposible ver las mismas constelaciones que ves tú desde tu balcón. Pero si te hubiera hecho caso no te hubieras alejado tanto de mi, no me hubiera ido sin despedirme. Y hoy por lo menos sabría qué es lo que estoy buscando a través de mi ventana.

Anoche tuve un sueño. El pequeño cohete en el que viajo pasaba frente a una nebulosa, una enorme mancha entre rosa y morado compuesta por miles de estrellas. Era tan hermosa como estar viendo directamente a tus ojos. Y nosotros (el cohete y yo) eramos tan pequeños en comparación a ella que ni siquiera se notaba nuestro movimiento, ni se alcanzaban a escuchar los centenares de ruidos que hacen los instrumentos de navegación.

Cuando desperté me asomé por la ventana, esperaba ver algo nuevo, pero el paisaje era el mismo. Sigo en medio del espacio, lejos de todas las estrellas, viajando a miles de kilómetros por segundo dentro de un cohete que pareciera estar quieto frente a la enormidad del universo. Soy un cosmonauta sin destino, sin ruta y sin mapa pero con un fin muy claro: volver a tu lado.

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MI ABUELO EL MAGO

El primer recuerdo que tengo de mi abuelo el mago es el de mi mamá llorando unas vacaciones en casa de mi tía. A él le acababa de dar un infarto a miles de kilómetros de allí. Pero como era mago distrajo a la muerte con uno de sus trucos y logró vivir veinte años más.
Pero a la muerte le gustó tanto su magia que constantemente lo llamaba para que le hiciera un truco o dos para después devolvérnoslo.
Hace cuatro días la muerte estaba tan aburrida que decidió que se quedara con ella para siempre.
Es poco lo que puedo recordar hoy de mi abuelo el mago. Muchos de esos recuerdos se confunden con lo que me hubiera gustado compartir con él. pero sin importar si son reales o imaginarios, en todos mis recuerdos estamos los dos solos y él me está enseñando un nuevo truco de magia, me está enseñando a burlarme de la muerte para así poder vivir un rato más. No se me ocurre mejor herencia que un abuelo le pueda dejar a su nieto.
Ahora la muerte me preocupa menos porque sé que hacer cuando me llegue el momento. Y si la muerte se da cuenta que no soy tan buen mago como mi abuelo el mago, tampoco me preocupa, porque ahora él me está esperando.
Hasta pronto abuelito.

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