SANTO DE MI DEVOCIÓN

Lo que usted está a punto de leer es una obra de ficción inspirada en hechos reales.

 

De regreso a casa, Pedro caminó todo el tiempo con la cabeza agachada. Desde hace algún tiempo sospechaba que había algo mal con su cuerpo pero nunca creyó que fuera algo tan grave, algo tan… terminal. Esa era la palabra que sonaba y resonaba en su cabeza. No podía pensar en otra cosa que no fuera esa maldita palabra. Si, maldita. Él, Pedro Arguellez, sacerdote con 42 años de vida, estaba usando la palabra “maldita”. Y en realidad era poco lo que le importaba, estaba enojado con Dios, consigo mismo, con la humanidad.

 

Abrió la puerta de su casa, la luz de la cocina estaba encendida. Entonces recordó todo. Su vida entera. Los maltratos de su padre y el amor incondicional de su madre. El santuario que había encontrado no sólo en la religión católica sino en la capilla del padre Alvaro hace tantos años en su pueblo natal. La adolescencia en el seminario. Los vicios encontrados no sólo en la sacristía sino también en los dormitorios, entre las manos de sus compañeros, en sus labios. El auto exilio de su pueblo al descubrir que la muerte de su madre había sido resultado de una pelea de borrachos entre su padre y su hermano. La llegada a la ciudad con dos pesos y una biblia en el bolsillo. El encuentro con Rubén, el amor de su vida y eterno compañero en sus labores altruistas en el podrido sur de la ciudad donde, después de mucho esfuerzo, habían logrado levantar los muros de una iglesia, la iglesia de San Ignacio. La casa con doble fachada detrás de la iglesia en la que los dos sacerdotes compartían en secreto su amor. Un amor basado en el respeto mutuo y la ayuda al prójimo, misma ayuda que lo había llamado a los prostíbulos de la zona donde se había reencontrado con sus vicios y encontrado con las mujeres. Donde muy seguramente había contraído la maldita enfermedad.

 

La cara de Rubén fue cambiando de color lentamente mientras Pedro le contaba el resultado de los exámenes. Cuando terminó de hablar, Rubén estaba completamente pálido, salían lágrimas de sus ojos pero no podía siquiera parpadear. La inminente muerte de Pedro, su gran amor, aquel por quien había arriesgado todo, entregado todo, no era lo único que le dolía, era obvio que también lo había engañado. Era obvio que no había encontrado la felicidad en sus brazos y había tenido que ir a buscar por otro lado, en otra cama.

 

Cuando le preguntó con quién había contraído la enfermedad, Pedro no supo qué contestar más que la verdad. Le contó sobre sus visitas a los prostíbulos, en las que no sólo llevaba medicinas y artículos de limpieza sino también su libido. Le habló de su fragilidad ante el pecado, de su condición humana y su dura infancia. Rubén no supo que contestar, lo amaba más de lo que se amaba a si mismo, de lo que amaba a Dios. No lo iba a abandonar, de eso estaba seguro, había dedicado su vida a ayudar a completos extraños, no podía negarle la misma ayuda a su compañero de vida. Lo perdonaba, porque era lo correcto, porque se lo debía a él mismo y a Dios. Porque sabía que esta situación no había llegado a su casa de forma gratuita, era una prueba, un mandato divino que él debía obedecer y cuidar de Pedro.

 

Le dijo a Pedro que lo perdonaba. Lo abrazó y le dio un beso en la boca.

 

Al día siguiente, mientras Pedro descansaba, Rubén fue a la clínica a hacerse los mismos exámenes. Volvió una semana después para descubrir que él también padecía aquella enfermedad. Pero él no la maldijo. De regreso a casa entró a la iglesia, se arrodilló ante el Cristo que sangraba en la cruz , le pidió perdón por sus pecados, le agradeció por su vida, por su enfermedad y por el amor de Pedro. Al entrar a la casa lo recibió el olor del chocolate caliente que lo esperaba. Se sentó en la pequeña mesa de la cocina y le dio la noticia a Pedro. Prometieron cuidarse el uno al otro en este último tramo del camino, prometieron amarse por toda la eternidad. Esa noche durmieron los dos tomados de la mano, de la seguridad de no estar solos.

 

Pasaron algunos meses y la vida seguía su ritmo normal. Uno daba la misa mientras el otro tomaba confesión y el otro daba la misa mientras uno tomaba confesión. Un sábado por la noche, un domingo cualquiera. Durante la semana visitaban distintas fundaciones buscando donativos, la mayoría en especie, y los llevaban a las manos de quienes más lo necesitaban. Todo parecía ser normal de nuevo a pesar de tomar cinco medicamentos al día que constantemente les recordaban de su enfermedad y la proximidad de su muerte.

 

Un domingo por la mañana Rubén estaba tomando confesión, Don Apolinar, dueño de la ferretería del barrio, confesó sus deseos de asesinar al hombre que había infectado a su hijo de 8 años con una maldita enfermedad. Confesó no haberlo matado sólo porque no sabía quien era, porque el pobre José, su hijo, no hablaba una sola palabra al respecto. Rubén no pudo terminar la confesión. Salió corriendo del confesionario y vomitó a la mitad del pasillo haciendo que todos los fieles voltearan su mirada del altar, donde Pedro oficiaba la misa, hacia él. Pedro se quedó mudo al ver que del confesionario, siguiendo a Rubén, salía el padre de José, uno de sus estudiantes de catecismo. Sentía como espinas la mirada inquisidora de Rubén, como alivio la mirada de confusión de Don Apolinar. Rubén salió corriendo de la iglesia, Pedro ofreció una disculpa y continuó con la misa.

 

Rubén no volvió aquel domingo a la iglesia. Tampoco a la casa. Pedro se sentó a esperarlo, calentando y recalentando una y otra vez la taza de chocolate, vicio aprendido de su madre que siempre preparaba chocolate antes de la llegada del padre alcoholizado. El martes a las 5 de la mañana regresó Rubén. Se sentó frente a Pedro, tomó la taza de chocolate y al sentirla caliente la bebió de un sólo sorbo. Se veía cansado, parecía no haber dormido en los últimos tres días, no haber comido. Pedro cortó un pedazo de pan y lo puso sobre un plato al lado de donde había estado la taza de chocolate. Rubén lo devoró. Ninguno de los dos hablaba. Se miraron fijamente a los ojos y Rubén comenzó a hablar. Le explicó como su amor lo había cegado ante el pecado. Le explicó que había estado dos días con sus noches de rodillas en la catedral de la ciudad, esperando una respuesta por parte de Dios. No hubo tal. Esta era su misión en la vida y Dios no lo iba a ayudar en nada. Fue entonces que tomó la decisión de denunciar las acciones de Pedro ante sus superiores. El que la maldita enfermedad de Pedro hubiera dañado la vida de José, un inocente niño de 8 años, atravesaba como un relámpago la ceguera de Rubén ante las acciones de Pedro.

 

Pedro no hizo más que llorar. Rubén le aseguró que antes de dar aviso había querido hablar con el, que estuviera preparado para la tormenta que se avecinaba. Su nombre estaría en la primera plana de todos los periódicos del mundo: “Sacerdote gay denunciado por su pareja, otro sacerdote, por violación de menores”.

 

Eso era algo que Pedro no iba a permitir.

 

Le pidió que no lo hiciera aún, que le diera un par de días para preparar sus asuntos y entregarse él mismo antes las autoridades pertinentes. Rubén accedió como última muestra de su afecto.

 

Ese día Pedro visitó tres bancos desocupando sus cuentas. Fue a una notaría a legalizar un testamento dejando todos sus bienes a distintas fundaciones y regresó, por última vez al podrido sur de la ciudad. Libre de su sotana y con la cabeza baja para no ser reconocido entró a lo que por fuera parecía una fábrica abandonada. Por dentro, un mundo donde nadie tiene nombre, donde nadie tiene nada, donde sexo, drogas y muerte es lo único que se podía encontrar allí y al por mayor. Hace muchos años que Pedro no entraba a ese sitio, y esta vez al igual que antes, lo hacía con los bolsillos llenos de dinero. Claro que esta vez no buscaba sexo ni drogas.

 

Esa noche llegó a casa con los bolsillos vacíos. Llamó a Rubén que se estaba quedando en casa de unos familiares y le pidió que fuera a la iglesia al otro día, a las dos de la tarde para acompañarlo a la estación de policía para rendir una declaración y entregarse. Rubén aceptó y allí estuvo. Se saludaron como lo hubiera hecho cualquier pareja de ex amantes y comenzaron a caminar hacia la estación, Pedro con la cabeza agachada, ninguno de los dos hablaba, aunque si lo hubieran hecho les hubiera tocado gritar sobre el ruido de los carros y camiones que pasaban al lado de ellos. Voltearon a la derecha en una esquina, la calle estaba vacía y, de no ser por los rezos de Pedro, en completo silencio. Rubén se le quedó viendo y recordó una a una todas las risas, todos los momentos que vivieron juntos y, como si supiera que estaba a punto de morir, lo tomó de la mano sin importarle quien los pudiera ver.

 

Un hombre alto y moreno, del cual nunca nadie supo el nombre, se acercó por detrás a la pareja de sacerdotes. Les ordenó que se detuvieran y desocuparan sus bolsillos en el piso.

 

Dos balas, una para cada uno, un tiro certero en la nuca que terminó con la maldita enfermedad, con el pecado, la traición de Rubén y la cobardía de Pedro.

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2 pensamientos en “SANTO DE MI DEVOCIÓN

  1. Raul Aguiñaga dice:

    Wow, powerful, impactiul, sad

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