EL CUENTO DE ADRIAN

La balsa se mecía con el ir y venir del mar. Lo único que escuchaba era el golpear del agua contra el plástico de la pequeña embarcación inflable.

El sol de medio día golpeaba con fuerza y su cerebro no lograba concentrarse, sus ideas estaban desordenadas. No sentía la piel y tenía el rostro entumecido. Sentía una fuerza detrás de los ojos como si alguien quisiera sacarlos de sus cuencas.

Había perdido la cuenta de los días. No podía recordar otra cosa que no fuera estar allí. Era como si el tiempo quisiera acabar con él dejando como único rastro una solitaria balsa roja flotando en medio del mar.

Se recostó sobre el borde acolchonado de la balsa viendo hacia el mar, metiendo las manos en el agua, refrescandose. Fue entonces que la balsa dio el primer salto. Y con la balsa, su corazón.

Estaba convencido que ese sería su destino final, una clase de ataúd flotante. Pero nunca esperó perecer dentro de las fauces de alguna bestia marina.

Se arrimó al lado contrario de la balsa aguantando la respiración, tratando de no mover un músculo. Un segundo salto, más fuerte y prolongado.

Un tercer salto. Parecía que hubiera un enorme pez aleteando bajo la delgada capa plástica que era el piso del salvavidas. Alcanzaron a rodar un par de lágrimas de sus ojos antes de que su cerebro se desconectara.
———-

Al principio sólo había oscuridad. Nada más, ni siquiera un pensamiento. No sabía donde estaba pero, donde fuera que estuviera, el piso se mecía con un constante ir y venir.

Poco a poco una luz empezó a iluminar su visión. Pero no había nada, en lugar de una mancha negra ahora había una mancha roja. Escuchó a lo lejos una vieja canción que decía:

“Red is the color of the sun with my eyes closed”

¿Sería posible? ¿Estaba acaso viendo el sol con los ojos cerrados? ¿Tenía ojos siquiera?

La canción desapareció tan repentinamente como había llegado. Se concentró en la idea de sus ojos y poco a poco los empezó a abrir.

El sol de medio día golpeaba con fuerza. Estaba acostado en medio de una balsa inflable color rojo en medio del mar. No sabía cómo había llegado allí ni quien era la mujer que se asomaba del otro lado del borde acolchado.

Sólo una idea le atravesaba la mente, la seguridad que era ella a quien había escuchado cantar.

Abrió la boca con la intención de preguntarle su nombre pero le fue imposible. La belleza de aquella mujer se imponía de tal forma que no lo dejaba ni hablar.

-No tengo nombre, bueno, aún no. Tú tienes que ponerme uno.

¿Estaba leyendo su mente? ¿O su corazón latía tan fuerte que hablaba por él? Se esforzó aún más esta vez.

-¿Co-co-cómo pretendes que te ponga un nombre si ni siquiera sé el mio?

-Si tú me dices mi nombre, yo te digo el tuyo.

La gran sonrisa que dibujaba su rostro le hacía pensar que todo esto no era más que un juego para ella. Pero no le molestaba, él también quería jugar.

-No te puedo poner un nombre así como así. Tengo que saber algo más de ti. ¿De donde vienes?

-¿En serio crees que te lo voy a dejar así de fácil?

-Contigo nada es fácil.

-Entonces sí sabes algo de mi. Me conoces más de lo que crees.

-Pero no te conozco más de lo que tú a mi.

-Nunca se habían pronunciado palabras tan sabias.

-Nunca nadie había podido tener tanta razón.

-Vas muy bien. ¿Pero porqué tantas ganas de saber de donde vengo?

-Ya sé de donde vienes. Sólo quiero escucharte decirlo.

-Más bien lo que quieres escuchar es tu nombre.

-Lo que quiero es escucharte hablar. Ponme el nombre que quieras. Si eres tú quien lo pronuncia yo correré a tu encuentro, a donde sea.

Se apoyó en el borde de la balsa dejando a la vista tu torso desnudo. Alzó la mirara hacia el horizonte por encima de él y volvió a su posición anterior.

-No veo mucho espacio hacia donde puedas correr.

-Contigo no tengo que correr, para llegar a ti es necesario saber nadar.

-Tú si sabes como llegar al corazón de una sirena.

-Y tú como llegar al de un hombre.

-No me interesa llegar a tu corazón.

-¿Entonces qué es lo que te interesa?

-Las mismas cosas que a ti.

Los dos se vieron fijamente a los ojos sonriendo. Dejando que pasara el tiempo. Cuando un hombre se encuentra con su sirena no es necesario hablar.

-¿Qué se siente?

-¿Qué?

-El ser imaginaria

-¿Cómo sabes que soy imaginaria?

-Quiero que lo seas.

-¿Y si no lo fuera? ¿Que sentirías?

-Miedo

-¿Porqué?

-Cuando una mujer es real, es una bomba de tiempo. No sabes cómo ni cuando te va a decepcionar. Lo único que tienes seguro es que lo va a hacer. Y antes de que eso suceda estás convencido que no puedes vivir sin ella.

-Es decir que crees que podrías vivir sin mi. Por lo que dices que soy imaginaria.

-Podría vivir sin ti, pero tú no podrías vivir sin mi. Eres parte de mi imaginario y de nada más. Esa es la diferencia entre las mujeres reales y las imaginarias.

-¿Y porqué una sirena?

-Porque por más que te ame es imposible que estemos juntos. Esa imposibilidad logra mantenerte en tu estado imaginario.

-¿Quieres que sea imaginaria toda la vida?

-¿Porqué tantas ganas de ser real?

-No, no es que quiera ser real. Pero en algún momento tiene que pasar.

-No si no te dejo.

-¿Y cómo piensas impedirlo?

-Nunca pronunciaré tu nombre.

-Entonces nunca sabrás el tuyo.

Los dos se vieron fijamente a los ojos sonriendo. Dejando que pasara el tiempo. Cuando un hombre se encuentra con su sirena no es necesario hablar.
————-

Durante veinte días buscó la guardia costera. Veinte días les tomó encontrar una pequeña balsa salvavidas color rojo flotando en medio del mar. Ésta era la única esperanza de encontrar con vida a Adrián, un hombre de 35 años desaparecido luego del naufragio de su velero cerca de la Isla de Santa Lucía en el Mar Caribe.

Lamentablemente lo que encontraron fue un cuerpo sin vida.

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