Archivos Mensuales: febrero 2012

CARTA A UN FANTASMA REENCARNADO

¿Cómo puedes estar segura de haber presenciado el inicio de algo? No creo que exista tal momento. Todo es causa de alguna otra cosa. De algún otro momento. De alguna otra vida.

 

Tú crees recordar con precisión el momento en el que me enamoré de ti. Y entiendo perfectamente el origen de tu pensamiento. Es más, te puedo asegurar que si yo fuera tú, creería exactamente lo mismo, porque tú no me conocías. Pero yo sí recuerdo haberme enamorado de ti una vida entera hace un par de vidas. Cuando el mundo cabía en una ciudad, la ciudad más grande del mundo.

 

Una vida que me duró muy poco, que me arranqué de las manos muy lentamente. Una vida que compartí con gente que ya ha muerto y que ahora son sólo fantasmas que me siguen a donde vaya, que me recuerdan a ti.

 

En esa vida nací de mi propia confusión y de la necesidad de no volver a estar solo. Nací a tu lado, los dos desnudos y sin nada que temer. Con el palpitar de tu corazón como la única señal de que estábamos vivos.

 

Tú no lo recuerdas, pero en esa vida que vivimos juntos, en la que te llevaba flores cada semana, eso era lo único que teníamos, el palpitar de tu corazón. Y no me fue suficiente. Extrañaba esa sensación dentro del pecho, extrañaba sentirme vivo. Por eso me tuve que ir.

 

Nadie se sorprendió de mi decisión, ni siquiera tu corazón.

 

Y volví a nacer.

 

Nací de las ganas de volver a nacer. Fue otra vida corta. Morí en un avión.

 

No fue hace mucho que inicié esta nueva vida. Apenas estoy creciendo, aprendiendo a hablar, a caminar por mi propia cuenta. Y lo estoy logrando a pesar de soñar con el palpitar de tu corazón, a pesar de los fantasmas que nunca me dejan solo. A pesar de querer tanto volver a estar contigo.

 

Pero esta vida no es para estarla contigo, esta vida es para mí. Y me deberá bastar arrullarme con un pie que no se queda quieto, un apodo que cambia en cada frase, el recuerdo de tu palpitar y el de los dos desnudos cada noche.

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SANTO DE MI DEVOCIÓN

Lo que usted está a punto de leer es una obra de ficción inspirada en hechos reales.

 

De regreso a casa, Pedro caminó todo el tiempo con la cabeza agachada. Desde hace algún tiempo sospechaba que había algo mal con su cuerpo pero nunca creyó que fuera algo tan grave, algo tan… terminal. Esa era la palabra que sonaba y resonaba en su cabeza. No podía pensar en otra cosa que no fuera esa maldita palabra. Si, maldita. Él, Pedro Arguellez, sacerdote con 42 años de vida, estaba usando la palabra “maldita”. Y en realidad era poco lo que le importaba, estaba enojado con Dios, consigo mismo, con la humanidad.

 

Abrió la puerta de su casa, la luz de la cocina estaba encendida. Entonces recordó todo. Su vida entera. Los maltratos de su padre y el amor incondicional de su madre. El santuario que había encontrado no sólo en la religión católica sino en la capilla del padre Alvaro hace tantos años en su pueblo natal. La adolescencia en el seminario. Los vicios encontrados no sólo en la sacristía sino también en los dormitorios, entre las manos de sus compañeros, en sus labios. El auto exilio de su pueblo al descubrir que la muerte de su madre había sido resultado de una pelea de borrachos entre su padre y su hermano. La llegada a la ciudad con dos pesos y una biblia en el bolsillo. El encuentro con Rubén, el amor de su vida y eterno compañero en sus labores altruistas en el podrido sur de la ciudad donde, después de mucho esfuerzo, habían logrado levantar los muros de una iglesia, la iglesia de San Ignacio. La casa con doble fachada detrás de la iglesia en la que los dos sacerdotes compartían en secreto su amor. Un amor basado en el respeto mutuo y la ayuda al prójimo, misma ayuda que lo había llamado a los prostíbulos de la zona donde se había reencontrado con sus vicios y encontrado con las mujeres. Donde muy seguramente había contraído la maldita enfermedad.

 

La cara de Rubén fue cambiando de color lentamente mientras Pedro le contaba el resultado de los exámenes. Cuando terminó de hablar, Rubén estaba completamente pálido, salían lágrimas de sus ojos pero no podía siquiera parpadear. La inminente muerte de Pedro, su gran amor, aquel por quien había arriesgado todo, entregado todo, no era lo único que le dolía, era obvio que también lo había engañado. Era obvio que no había encontrado la felicidad en sus brazos y había tenido que ir a buscar por otro lado, en otra cama.

 

Cuando le preguntó con quién había contraído la enfermedad, Pedro no supo qué contestar más que la verdad. Le contó sobre sus visitas a los prostíbulos, en las que no sólo llevaba medicinas y artículos de limpieza sino también su libido. Le habló de su fragilidad ante el pecado, de su condición humana y su dura infancia. Rubén no supo que contestar, lo amaba más de lo que se amaba a si mismo, de lo que amaba a Dios. No lo iba a abandonar, de eso estaba seguro, había dedicado su vida a ayudar a completos extraños, no podía negarle la misma ayuda a su compañero de vida. Lo perdonaba, porque era lo correcto, porque se lo debía a él mismo y a Dios. Porque sabía que esta situación no había llegado a su casa de forma gratuita, era una prueba, un mandato divino que él debía obedecer y cuidar de Pedro.

 

Le dijo a Pedro que lo perdonaba. Lo abrazó y le dio un beso en la boca.

 

Al día siguiente, mientras Pedro descansaba, Rubén fue a la clínica a hacerse los mismos exámenes. Volvió una semana después para descubrir que él también padecía aquella enfermedad. Pero él no la maldijo. De regreso a casa entró a la iglesia, se arrodilló ante el Cristo que sangraba en la cruz , le pidió perdón por sus pecados, le agradeció por su vida, por su enfermedad y por el amor de Pedro. Al entrar a la casa lo recibió el olor del chocolate caliente que lo esperaba. Se sentó en la pequeña mesa de la cocina y le dio la noticia a Pedro. Prometieron cuidarse el uno al otro en este último tramo del camino, prometieron amarse por toda la eternidad. Esa noche durmieron los dos tomados de la mano, de la seguridad de no estar solos.

 

Pasaron algunos meses y la vida seguía su ritmo normal. Uno daba la misa mientras el otro tomaba confesión y el otro daba la misa mientras uno tomaba confesión. Un sábado por la noche, un domingo cualquiera. Durante la semana visitaban distintas fundaciones buscando donativos, la mayoría en especie, y los llevaban a las manos de quienes más lo necesitaban. Todo parecía ser normal de nuevo a pesar de tomar cinco medicamentos al día que constantemente les recordaban de su enfermedad y la proximidad de su muerte.

 

Un domingo por la mañana Rubén estaba tomando confesión, Don Apolinar, dueño de la ferretería del barrio, confesó sus deseos de asesinar al hombre que había infectado a su hijo de 8 años con una maldita enfermedad. Confesó no haberlo matado sólo porque no sabía quien era, porque el pobre José, su hijo, no hablaba una sola palabra al respecto. Rubén no pudo terminar la confesión. Salió corriendo del confesionario y vomitó a la mitad del pasillo haciendo que todos los fieles voltearan su mirada del altar, donde Pedro oficiaba la misa, hacia él. Pedro se quedó mudo al ver que del confesionario, siguiendo a Rubén, salía el padre de José, uno de sus estudiantes de catecismo. Sentía como espinas la mirada inquisidora de Rubén, como alivio la mirada de confusión de Don Apolinar. Rubén salió corriendo de la iglesia, Pedro ofreció una disculpa y continuó con la misa.

 

Rubén no volvió aquel domingo a la iglesia. Tampoco a la casa. Pedro se sentó a esperarlo, calentando y recalentando una y otra vez la taza de chocolate, vicio aprendido de su madre que siempre preparaba chocolate antes de la llegada del padre alcoholizado. El martes a las 5 de la mañana regresó Rubén. Se sentó frente a Pedro, tomó la taza de chocolate y al sentirla caliente la bebió de un sólo sorbo. Se veía cansado, parecía no haber dormido en los últimos tres días, no haber comido. Pedro cortó un pedazo de pan y lo puso sobre un plato al lado de donde había estado la taza de chocolate. Rubén lo devoró. Ninguno de los dos hablaba. Se miraron fijamente a los ojos y Rubén comenzó a hablar. Le explicó como su amor lo había cegado ante el pecado. Le explicó que había estado dos días con sus noches de rodillas en la catedral de la ciudad, esperando una respuesta por parte de Dios. No hubo tal. Esta era su misión en la vida y Dios no lo iba a ayudar en nada. Fue entonces que tomó la decisión de denunciar las acciones de Pedro ante sus superiores. El que la maldita enfermedad de Pedro hubiera dañado la vida de José, un inocente niño de 8 años, atravesaba como un relámpago la ceguera de Rubén ante las acciones de Pedro.

 

Pedro no hizo más que llorar. Rubén le aseguró que antes de dar aviso había querido hablar con el, que estuviera preparado para la tormenta que se avecinaba. Su nombre estaría en la primera plana de todos los periódicos del mundo: “Sacerdote gay denunciado por su pareja, otro sacerdote, por violación de menores”.

 

Eso era algo que Pedro no iba a permitir.

 

Le pidió que no lo hiciera aún, que le diera un par de días para preparar sus asuntos y entregarse él mismo antes las autoridades pertinentes. Rubén accedió como última muestra de su afecto.

 

Ese día Pedro visitó tres bancos desocupando sus cuentas. Fue a una notaría a legalizar un testamento dejando todos sus bienes a distintas fundaciones y regresó, por última vez al podrido sur de la ciudad. Libre de su sotana y con la cabeza baja para no ser reconocido entró a lo que por fuera parecía una fábrica abandonada. Por dentro, un mundo donde nadie tiene nombre, donde nadie tiene nada, donde sexo, drogas y muerte es lo único que se podía encontrar allí y al por mayor. Hace muchos años que Pedro no entraba a ese sitio, y esta vez al igual que antes, lo hacía con los bolsillos llenos de dinero. Claro que esta vez no buscaba sexo ni drogas.

 

Esa noche llegó a casa con los bolsillos vacíos. Llamó a Rubén que se estaba quedando en casa de unos familiares y le pidió que fuera a la iglesia al otro día, a las dos de la tarde para acompañarlo a la estación de policía para rendir una declaración y entregarse. Rubén aceptó y allí estuvo. Se saludaron como lo hubiera hecho cualquier pareja de ex amantes y comenzaron a caminar hacia la estación, Pedro con la cabeza agachada, ninguno de los dos hablaba, aunque si lo hubieran hecho les hubiera tocado gritar sobre el ruido de los carros y camiones que pasaban al lado de ellos. Voltearon a la derecha en una esquina, la calle estaba vacía y, de no ser por los rezos de Pedro, en completo silencio. Rubén se le quedó viendo y recordó una a una todas las risas, todos los momentos que vivieron juntos y, como si supiera que estaba a punto de morir, lo tomó de la mano sin importarle quien los pudiera ver.

 

Un hombre alto y moreno, del cual nunca nadie supo el nombre, se acercó por detrás a la pareja de sacerdotes. Les ordenó que se detuvieran y desocuparan sus bolsillos en el piso.

 

Dos balas, una para cada uno, un tiro certero en la nuca que terminó con la maldita enfermedad, con el pecado, la traición de Rubén y la cobardía de Pedro.

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LLAMADAS PERDIDAS A MUJERES IMAGINARIAS

Me conseguí un número telefónico de esos que nadie contesta para poder llamar a mi mujer imaginaria. Cada que quiero hablar con ella lo marco y charlamos por horas.

Durante el día repito en mi cabeza una y otra vez lo que le quiero decir y, cuando contesta, se me olvida todo. Pero no importa, igual la hago reír, igual me hace reír.

Le pregunto si sabe cuando va a volver, cuando nos podremos ver de nuevo. Pero nunca contesta, siempre deja que mi pregunta resuene unos segundos en su silencio y cambia de tema.

No logro evitar sonreír cada que escucho su voz. Por eso siempre que hablo con ella se me olvida todo. Nada importa.

Tengo una mujer imaginaria que se alimenta de llamadas perdidas. Entre más la busque, y menos la encuentre, más fuerte crece, más imaginaria se vuelve.

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UN RIO DE TIERRA Y AGUA

Estaba parado viendo por la ventana. Viendo hacia el bosque. A pesar de estar en cima de la montaña, el bosque estaba inundado por la lluvia.

Un colibrí trataba de armar un nido a pesar de las hojas que le caían encima y las que arrastraba pegadas a su cuerpo.

Depositó lo que parecían 3 huevos en lo que mas que un nido era una madriguera. Al verlo pensé en ir al nido con mi madre, cuando dejara de llover, para verlos más de cerca.

Algo empezó a empujar el nido hacia afuera. Un tronco enorme salía de la tierra. Desde atrás de la montaña. Salió y rodó hacia abajo arrastrando todo a su paso.

El suelo temblaba mientras la montaña se despedazaba. Tierra, rocas y agua siguieron al tronco. Poco a poco la destrucción se acercaba a mi ventana pero en mí reinaba la tranquilidad del mundo material, la tranquilidad de estar dentro de un edificio.

Cuando el derrumbe llegó a mi ventana recordé que del otro lado de ella estaba durmiendo mi hermana desde el sueño anterior. Corrí tratando de llegar a ella mientras gritaba su nombre, pero ya no era ella, era un río de tierra y agua.

Corrí al cuarto de mi madre quien despertaba en ese momento. Un momento muy tarde. La abracé y preferí aprovechar ese último abrazo para decirle “Te quiero mucho mamá” en lugar de tratar de salvarnos.

Sentí la tierra y el agua jalarnos al vacío y me despertó, como lo hace siempre, esa sensación de caer en un sueño.

Desperté y recordé que mi madre y mi hermana viven a miles de kilómetros de aquí. Recordé que desde noviembre no abrazo a mi madre para decirle que la quiero y soy yo el que vive en una montaña.

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EL PEZ DE CAMILA (parte 2)

Camila nunca está sola. A donde quiera que va lleva una bolsita plástica con la proporción perfecta entre agua y aire para asegurar la supervivencia de un pequeño pez amarillo.

Un pez amarillo llamado Camilo que la ha acompañado desde que ella tenía cuatro años.

Su papá la llevó un sábado por la mañana a una tienda de mascotas para que escogiera la que ella quisiera. Su amigo imaginario había desaparecido hacía dos días dejando un hueco en su vida que hacía falta llenar.

En un principio hacían todo juntos. Cuando Camila iba a comer helado. Cuando iba al parque. Cuando jugaba con sus muñecas. Siempre. Camilo estaba siempre a su lado.

Cuando Camila iba al colegio, él la esperaba ansioso dando vueltas dentro de su bolsa. Apenas ella entraba a la casa corría a su habitación a buscarlo. Se sentaba con el pecesito frente al marco de la ventana y le contaba su día sin perder detalle, sin importar cuanto tiempo tardaran en su monólogo.

Camila comenzó a crecer, pero nunca se alejó de Camilo. El tiempo los fue uniendo cada vez más.

Cada vez que peleaba con sus amigas. Cada que sus papás la regañaban. Cada uno de esos días en los que amanecía con ganas de llorar sin saber por qué. Cada que se sentía sola. Él siempre estaba allí para escucharla.

Un día, Camila le contó de Andrés, un amigo nuevo. Le dijo que creía estar enamorada de él, que la noche anterior había soñado que caminaban los dos cogidos de la mano y que eran novios. Le contó que Marcela, su mejor amiga, había escuchado a Andrés hablar con unos amigos, hablar de Camila, de lo mucho que a él le gustaba ella.

Camilo comenzó a sentir como si le faltara el oxígeno en su pequeña bolsa. Se sentía encerrado. Le dolía la impotencia de no poder salir de allí, de no poder ocupar el lugar de Andrés, aunque fuera en los sueños de Camila. Pretendió escucharla como lo hacía siempre. Ella pretendió no ver las lágrimas que salían de los ojos de Camilo. Nunca volvieron a hablar de Andrés.

Un día Camila llegó a casa llorando. Corrió a encontrarse con Camilo como lo había hecho hace muchos años y entre sollozos le pidió perdón por haber herido sus sentimientos. Le pidió perdón por haber ignorado su dolor y haber tomado la decisión de no hablarle de Andrés.

Le contó que Marcela había escuchado a Andrés burlarse de “Camila y su pez” con sus amigos. Cuando le preguntó al respecto, él no negó nada y le dijo que tenía que madurar, que no era normal que se la pasara hablando con una bolsa de plástico.

Camila lo defendió, le dijo que no era una bolsa de plástico, que era su mejor amigo. Y terminó con él.

Camilo no sabía que hacer. Quería que dejara de llorar, poder estar cerca de ella, hacerle sentir lo mucho que la quería. Acercó su cuerpo al plástico de la bolsa justo donde Camila tenía su mano. Sólo una delgada capa los separaba, nunca habían estado tan cerca.

Camila se acercó la bolsa a la boca y lo besó.

te quiero Cami

Camila tenía 11 años y ese fue el primer beso para los dos.

Desde ese día no hay nada que Camila le oculte. Desde ese día Camilo está tranquilo porque sabe que nadie nunca podrá ocupar su lugar.

Camilo, el pez amarillo.
Camilo, el pez de Camila.

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EL PEZ DE CAMILA (parte 1)

Camila no es una mujer común y corriente. Cada que entra a una habitación atrae todas las miradas, su efecto es incluso más fuerte que el de la fuerza de gravedad. Resulta inevitable pasar a su lado y no volver la mirada para verla.

A diferencia de lo que todo el mundo cree, no es gracias a su gran estatura, mayor que la de todas las demás mujeres. Tampoco es por su flamante y hermosa cabellera o por sus finos y tersos hombros que siempre lleva desnudos.

Nadie ha logrado descifrar en que recae la magia de Camila. Es como si cada hombre que la viera, por el simple hecho de hacerlo, tuviera una historia con ella. Es una sensación de familiaridad que nadie ha logrado describir.

Lo que nadie sabe es que esa historia que todos desean, esa que enloquece a quienes sueñan con ella, Camila la ha tenido y la tendrá sólo con una persona. Aunque en realidad no es una persona. Pero eso es lo que él cree.

(continuará…)

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CARTA DE UN HIJO A SU PADRE

La casa nunca se había visto tan bien. Tiene luz natural durante todo el día y no se encierra ningún olor.

Es cierto que cuando llueve se entra un poco el agua, pero aprovechamos para lavar los pisos y las paredes. La casa nunca había estado tan limpia.

Por las noches, cuando hace frío, nos tapamos con las cobijas que dejaste y nos acostamos a contar las estrellas. A veces lo hacemos en el cuarto de mamá, otras veces en mi cuarto o en el de Pablo que cada día nos sorprende más con esa imaginación suya. Cuando estamos en su cuarto nos divertimos más. Es capaz de encontrar cualquier figura en el cielo estrellado. En la casa nunca nadie había reído tanto como lo hacemos ahora.

Es verdad que nos haces falta. Si no te hubieras ido la casa no se vería así. Estaría toda oscura porque tendríamos las puertas y cortinas cerradas todo el día. Nadie hablaría, sólo mamá y para complacerte, nada más. Por las noches, en lugar de contar estrellas le contaría un cuento a Pablo para que no los escuchara pelear. Y, más tarde, me despertarían los sollozos de mamá en el baño.

La casa nunca había estado tan bien. Desde que te fuiste nadie llora.

La casa sigue estando igual de vieja. El jueves pasado, con la tormenta, el techo se vino abajo. Aún así, la casa nunca había estado tan bien.

Espero que estés muy bien, tan bien como nosotros sin ti Papá.

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EL CUENTO DE ADRIAN

La balsa se mecía con el ir y venir del mar. Lo único que escuchaba era el golpear del agua contra el plástico de la pequeña embarcación inflable.

El sol de medio día golpeaba con fuerza y su cerebro no lograba concentrarse, sus ideas estaban desordenadas. No sentía la piel y tenía el rostro entumecido. Sentía una fuerza detrás de los ojos como si alguien quisiera sacarlos de sus cuencas.

Había perdido la cuenta de los días. No podía recordar otra cosa que no fuera estar allí. Era como si el tiempo quisiera acabar con él dejando como único rastro una solitaria balsa roja flotando en medio del mar.

Se recostó sobre el borde acolchonado de la balsa viendo hacia el mar, metiendo las manos en el agua, refrescandose. Fue entonces que la balsa dio el primer salto. Y con la balsa, su corazón.

Estaba convencido que ese sería su destino final, una clase de ataúd flotante. Pero nunca esperó perecer dentro de las fauces de alguna bestia marina.

Se arrimó al lado contrario de la balsa aguantando la respiración, tratando de no mover un músculo. Un segundo salto, más fuerte y prolongado.

Un tercer salto. Parecía que hubiera un enorme pez aleteando bajo la delgada capa plástica que era el piso del salvavidas. Alcanzaron a rodar un par de lágrimas de sus ojos antes de que su cerebro se desconectara.
———-

Al principio sólo había oscuridad. Nada más, ni siquiera un pensamiento. No sabía donde estaba pero, donde fuera que estuviera, el piso se mecía con un constante ir y venir.

Poco a poco una luz empezó a iluminar su visión. Pero no había nada, en lugar de una mancha negra ahora había una mancha roja. Escuchó a lo lejos una vieja canción que decía:

“Red is the color of the sun with my eyes closed”

¿Sería posible? ¿Estaba acaso viendo el sol con los ojos cerrados? ¿Tenía ojos siquiera?

La canción desapareció tan repentinamente como había llegado. Se concentró en la idea de sus ojos y poco a poco los empezó a abrir.

El sol de medio día golpeaba con fuerza. Estaba acostado en medio de una balsa inflable color rojo en medio del mar. No sabía cómo había llegado allí ni quien era la mujer que se asomaba del otro lado del borde acolchado.

Sólo una idea le atravesaba la mente, la seguridad que era ella a quien había escuchado cantar.

Abrió la boca con la intención de preguntarle su nombre pero le fue imposible. La belleza de aquella mujer se imponía de tal forma que no lo dejaba ni hablar.

-No tengo nombre, bueno, aún no. Tú tienes que ponerme uno.

¿Estaba leyendo su mente? ¿O su corazón latía tan fuerte que hablaba por él? Se esforzó aún más esta vez.

-¿Co-co-cómo pretendes que te ponga un nombre si ni siquiera sé el mio?

-Si tú me dices mi nombre, yo te digo el tuyo.

La gran sonrisa que dibujaba su rostro le hacía pensar que todo esto no era más que un juego para ella. Pero no le molestaba, él también quería jugar.

-No te puedo poner un nombre así como así. Tengo que saber algo más de ti. ¿De donde vienes?

-¿En serio crees que te lo voy a dejar así de fácil?

-Contigo nada es fácil.

-Entonces sí sabes algo de mi. Me conoces más de lo que crees.

-Pero no te conozco más de lo que tú a mi.

-Nunca se habían pronunciado palabras tan sabias.

-Nunca nadie había podido tener tanta razón.

-Vas muy bien. ¿Pero porqué tantas ganas de saber de donde vengo?

-Ya sé de donde vienes. Sólo quiero escucharte decirlo.

-Más bien lo que quieres escuchar es tu nombre.

-Lo que quiero es escucharte hablar. Ponme el nombre que quieras. Si eres tú quien lo pronuncia yo correré a tu encuentro, a donde sea.

Se apoyó en el borde de la balsa dejando a la vista tu torso desnudo. Alzó la mirara hacia el horizonte por encima de él y volvió a su posición anterior.

-No veo mucho espacio hacia donde puedas correr.

-Contigo no tengo que correr, para llegar a ti es necesario saber nadar.

-Tú si sabes como llegar al corazón de una sirena.

-Y tú como llegar al de un hombre.

-No me interesa llegar a tu corazón.

-¿Entonces qué es lo que te interesa?

-Las mismas cosas que a ti.

Los dos se vieron fijamente a los ojos sonriendo. Dejando que pasara el tiempo. Cuando un hombre se encuentra con su sirena no es necesario hablar.

-¿Qué se siente?

-¿Qué?

-El ser imaginaria

-¿Cómo sabes que soy imaginaria?

-Quiero que lo seas.

-¿Y si no lo fuera? ¿Que sentirías?

-Miedo

-¿Porqué?

-Cuando una mujer es real, es una bomba de tiempo. No sabes cómo ni cuando te va a decepcionar. Lo único que tienes seguro es que lo va a hacer. Y antes de que eso suceda estás convencido que no puedes vivir sin ella.

-Es decir que crees que podrías vivir sin mi. Por lo que dices que soy imaginaria.

-Podría vivir sin ti, pero tú no podrías vivir sin mi. Eres parte de mi imaginario y de nada más. Esa es la diferencia entre las mujeres reales y las imaginarias.

-¿Y porqué una sirena?

-Porque por más que te ame es imposible que estemos juntos. Esa imposibilidad logra mantenerte en tu estado imaginario.

-¿Quieres que sea imaginaria toda la vida?

-¿Porqué tantas ganas de ser real?

-No, no es que quiera ser real. Pero en algún momento tiene que pasar.

-No si no te dejo.

-¿Y cómo piensas impedirlo?

-Nunca pronunciaré tu nombre.

-Entonces nunca sabrás el tuyo.

Los dos se vieron fijamente a los ojos sonriendo. Dejando que pasara el tiempo. Cuando un hombre se encuentra con su sirena no es necesario hablar.
————-

Durante veinte días buscó la guardia costera. Veinte días les tomó encontrar una pequeña balsa salvavidas color rojo flotando en medio del mar. Ésta era la única esperanza de encontrar con vida a Adrián, un hombre de 35 años desaparecido luego del naufragio de su velero cerca de la Isla de Santa Lucía en el Mar Caribe.

Lamentablemente lo que encontraron fue un cuerpo sin vida.

LOCOS DISFRAZADOS

“Tuve miedo porque temí que fueran locos disfrazados”
-Anónimo Medieval

En los últimos días han estado circulando por las redes sociales fotos de militares del ejército colombiano torturando animales mientras sonríen a la cámara como quien estuviera de paseo por Disneylandia.

La gente está alarmadísima.

Por favor lea la frase anterior en voz alta y trate de hacerlo en un tono sarcástico, entre más exagerado mejor. Vamos, inténtelo. Una vez más. Listo, ahí está, esa es la intención con la que quiero que se lea.

No entiendo porqué la gente se sorprende tanto. Yo no. Es más, a mi me parece de lo más normal.

Antes de generar un juicio en mi contra permita que me explique:

Para empezar no estoy hablando de todos los militares. Limitemos el grupo a los militares que portan armas y van a combatir casi cuerpo a cuerpo. Dejemos a un lado a los pilotos de la fuerza aérea, los medicos y enfermeras, agentes de inteligencia, oficinistas y los que le sirven el café al comandante por las mañanas.

Ahora si, hablemos del grupo de militares que corresponde. Los que han salido tan sonrientes en las fotos. Los que van al monte a combatir a la guerrilla. Y no hablemos sólo de los colombianos. Hablemos de los militares y punto, sin ponerles nacionalidad.

El siguiente paso es nombrarlos como se merece: “asesinos a sueldo”.

Por favor no abra los ojos de esa manera. No se me asuste tanto. Piense un poco y dese cuenta que eso es lo que son. Y no sólo eso, piense también que el gobierno de su país usa sus impuestos para pagarle el sueldo a esos asesinos. Y además no lo hace a escondidas, no, lo hace en su cara y le dice que eso está bien, que nos están “defendiendo”.

No sé usted pero yo cada que veo un militar en la calle busco la primer tienda abierta para esconderme. ¡Hay un tipo con una ametralladora caminando por la calle y nadie le dice nada! ¡Y le están pagando! Ahora si abra los ojos y asustese porque es un tema de miedo.

Volvamos a las fotos de los pobres animalitos. No soy ningún experto en el tema, ni pretendo serlo, pero he visto suficientes películas como para saber que ese comportamiento es normal en un asesino. Empiezan cuando niños, matando al gato del vecino, rompiéndole el cuello a una paloma o quemando lagartijas. Esa malicia que llevan por dentro comienza a crecer y terminan matando gente.

La diferencia entre el asesino que vive por fuera de la ley y el que lo hace “a favor” de ella es que probablemente los militares no mataban animales cuando eran niños. Tal vez alguno era miembro de una pandilla y seguramente todos tuvieron peleas en el colegio que acabaron en puños y sangre. Pero hasta ahí se podría decir que eran ciudadanos comunes.

Pero por alguna razón, que puede ir desde la tradición familiar hasta el simple hecho de tener hambre, se enlistaron en el ejercito y les enseñaron que matar a otro ser humano está bien siempre y cuando se tenga un buen pretexto. Y una vez bien aprendida esa lección le dieron un arma y le dijeron “vaya mijito mate a ese hijueputa”. Porque además son de vocabulario bastante limitado.

Diganme si no es normal que al no tener nada que hacer, un asesino se entretenga torturando y matando animales.

La realidad si es alarmante, pero no por las fotos. El gobierno le da ropa, techo y comida a la banda de asesinos más grande del país. Y si en algún momento estamos en peligro es al ejercito al que van a mandar a defendernos.

Por favor lea la frase anterior en voz alta y en tono sarcástico, más sarcástico, un poquito más. Listo, así es tal y como la dice nuestro ministro de defensa.

Protestemos no solo por los animales, exijamos que el gobierno nos diga cuantos seres humanos ha asesinado el ejercito por cada perro torturado. Y exijamos no solo el desarme de la guerrilla, no solo el desarme del pueblo, exijamos el desarme del ejercito.

Si algún militar está leyendo esto le pido que por favor deje de matar gente y deje de matar animales.

Benito Juarez, Benemérito de las Américas, título otorgado por el Congreso de Colombia en 1867, dijo: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Por favor, respeten el derecho a vivir de los animales y los humanos. Vivamos en paz.

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EL RINCÓN DE TU MIRADA

¿te trajo la luna?
tus ojos son del mismo color
tu luz igual de fría

es igual de difícil dejar de mirarte
y cuando te vas
me dejas con la misma sonrisa
y mi mirada fija en el punto donde desapareciste

sólo espero que no falte tanto para volverte a ver

pero tenlo por seguro
te estaré esperando

volveré a pasar
todos los días
por la misma esquina

y por las noches
dejaré abierta mi ventana

buscando el rincón de tu mirada

esperando tu luz de luna

y tus ojos azules

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