Satélite

Ella se queda dormida en mi pecho. Su respiración toma un ritmo más pausado, ahora está respirando un aire distinto, está flotando en medio de un sueño bajo el agua.

Yo no puedo cerrar mis ojos. Respiro el frío de la noche acariciando su hermoso rostro con mi mano. Dibujo el contorno de sus ojos, su boca y sus mejillas con mis dedos. Como si fuera creación mía la dibujo a mi antojo y la convierto en la mujer más hermosa del mundo.

Cambia su respiración, pero no abre los ojos, cree que me está engañando. Pero soy yo el que la engaña y sigo dibujando su cara con mis dedos.

Eres la mujer más hermosa del mundo.

Se vuelve a acomodar en mi pecho escondiendo la mitad de la cara y abre sólo un ojo. Me observa en silencio con la inocencia de una niña que se despierta temprano el día de su cumpleaños. Deja que mi boca le lance un beso y el ojo corresponde con un parpadeo. No necesitamos hablar, ella sabe que es el ojo más hermoso del planeta, la mujer.

Afuera es de noche y no se ven las estrellas; sólo una masa negra sobre la gran ciudad y el parpadeo de un satélite trazando una línea recta sobre nosotros, dibujando este momento entre los dos. Dibujando nuestro amor que es como el parpadeo de un satélite.

Todos los días caminamos separados por la superficie de esta gran esfera que es el planeta tierra. Nos encontramos por la noche y nos quedamos pegados como si fuéramos dos imanes, amándonos. Duramos juntos lo que tarda en pasar el satélite sobre nosotros y nos volvemos a separar. Caminamos todo el día trazando una órbita elíptica alrededor de nuestra cama y en la noche nos volvemos a encontrar. Todas las mañanas nos volvemos a separar.

Caminamos en círculos con una inercia inevitable, una fuerza cuyo único propósito es ese momento en el que volvemos a estar juntos. Y esa es la misma fuerza que nos vuelve a lanzar a lados opuestos.

Y sigues siendo la mujer más hermosa del mundo.

Una estrella llamada:

Navego entre la oscuridad

guiado por una estrella

mis ojos están hechos para ver la luz y los colores

pero, aún así, estoy aquí.

Mi cuerpo está desnudo a pesar del frío

en mi cabeza no hay un pelo que me proteja de la incipiente lluvia.

La oscuridad, el frío y la lluvia

no quieren que llegue a mi destino.

Pero ellos no saben que los dioses me pusieron aquí

y que cada paso que doy en su contra me hace crecer

a veces mi cuerpo se hincha un par de centímetros

a veces siento que crezco un metro a la vez.

A cada paso la oscuridad me empuja más adentro de ella

la lluvia me enfría hasta los huesos

pero a cada paso que me atrevo a dar

me hago más fuerte.

Mi cuerpo necesita un tamaño enorme

una piel gruesa y resistente para que

cuando llegue a mi estrella

pueda rodearla con mis brazos sin quemarme.

Es hasta allá a donde me llevan mis pasos

hasta los brazos de mi estrella

ella me va a curar de este frío

y secará la lluvia que empapó mi cuerpo

Pero antes

necesito crecer

y ser más fuerte

La Máquina de Sueños

Abril 21
Por fin. Después de años de investigación,  experimentación y errores, la máquina de sueños comienza a dar resultados.  Una vez esté terminada, el usuario será capaz de programar el sueño que desee tener y, al despertar, podrá llevarse a casa la grabación de su experiencia.  Será la última tendencia en viajes programados. La gente podrá revivir memorias, viajar en el tiempo, ir a Europa o a la Luna, inventar memorias  de encuentros que nunca han sucedido con sus artistas favoritos o con ese vecino que nunca les hizo caso.
El desarrollo de esta máquina es complejo y requiere muchos ajustes. La primer meta es conseguir que grabe los sueños. Una vez se logre eso habrá que avanzar al desarrollo de la tecnología necesaria para programar el sueño deseado por el usuario. La teoría ya está en papel y es clara, pero aún no es momento de trabajar en ello.
El sistema de grabación aún es joven y no da los resultados necesarios, pero ya está dando resultados: la máquina tomó una fotografía de mi sueño de anoche.  El cielo estaba gris. Tan gris que no había día ni noche, no había horas ni minutos, no existía el tiempo. Y yo sólo podía pensar en mi hermana Citlalli, quería que ella estuviera allí,  que supiera que las nubes habían bajado amenazantes, ominosas…
Les ofrezco una disculpa queridos lectores (quienes quiera que sean) ya que la imagen que verán a continuación es de poca calidad, pero es un primer paso que me enorgullece mostrar. Habrá que hacer ajustes en el ángulo de la cámara y buscar que en lugar de fotografías comience a grabar video. Espero pronto estar de regreso con ustedes con mejores resultados.
Hasta entonces.
Camilo Fernández Otálora
Bogotá, Colombia

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Un vuelo a las estrellas

Tomé un vuelo a las estrellas, así era como el vendedor lo anunciaba, me costó un mes de renta, pero valió la pena. El avión no tenía techo, o por lo menos eso parecía desde la sala de espera. En realidad sí lo tenía pero era de cristal. Le pedimos a los pasajeros que reclinen completamente sus asientos durante el despegue y toda la duración del vuelo. Disfruten de la vista.

Nunca creí encontrarme allá arriba con tus ojos. O tal vez era eso lo que esperaba encontrar y por eso gasté todo mi dinero en ello.

—Mira, son sus ojos.

—No, es la vía láctea.

No hice caso de la corrección que me hizo el extraño del asiento 7E, no estaba hablando con él… ¿o era ella? Ya no recuerdo.

Había tantas estrellas, era inútil contarlas. ¿Porqué le llamaron vía láctea? No es blanca, me parece más como una nebulosa color magenta. Me sentía como un griego antiguo viendo por primera vez al cielo nocturno. Mi mente comenzó a trazar líneas imaginarias que iban de una estrella a otra. Dibujé la constelación de tus ojos, la llamé igual que tu ciudad natal aunque no conozco el nombre. Y en la orilla del universo encontré la constelación de tu sonrisa, esa que sonríes del lado izquierdo cuando no quieres mostrar tu verdadera sonrisa.

La flechita que se dibuja entre tu mejilla y tu boca cuando sonríes esa sonrisa me indicó el camino de regreso a casa. Pero estaba atrapado en un avión de cristal que volaba inocentemente en dirección contraría. Cuando aterrizamos salí corriendo del aeropuerto y miré al cielo implorando por tu sonrisa. Pero las luces de la ciudad no dejan ver las estrellas, eso es lo que el taxista me dijo.

No me queda más que esperar un apagón en medio de la noche para volver a verte sonreír y encontrar el camino de vuelta. Mientras tanto, prometo todas las noches voltear al cielo y buscarte, tú promete sonreír siempre antes de ir a dormir.

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Apapacho

Me despertó un beso suyo, el contacto del calor de sus labios con mi frente. No quise abrir los ojos, sentía sus brazos a mí alrededor, sus senos eran mi almohada, su respiración me arrullaba y el latir de su corazón era una voz en mi oído que me decía que todo siempre iba a estar bien. Volvió a besarme muy rápido en la frente, y otra vez. Me estaba consintiendo, pero era algo más, los aztecas tenían una palabra para esto: Papatzoa. Me estaba acariciando el alma, me estaba apapachando.

Abrí los ojos y miré hacia arriba. Ahí estaba ella. Me sonreía, toda ella estaba sonriendo al verme. Sus ojos sonreían, su boca sonreía, su pelo sonreía, sus manos sonreían, su alma sonreía. Me decía que me amaba pero no escuchaba su voz, tampoco la veía mover los labios. Me lo decía con cada caricia, cada beso, cada sonrisa, cada pedazo de su existencia. Volvía a besarme, cada vez más contenta ahora que yo estaba despierto. Me lo decía y me lo repetía en sus besos, en la pausas que hacía. Ella era toda una frase tan corta: te amo. Me lo decía usando todo su significado aunque eso no alcanzara a expresar todo lo que sentía.

La verdad en sus caricias era absoluta, era imposible que yo estuviera más feliz, más tranquilo, más vivo que en ese momento. Y vivimos allí una vida entera. Cada uno junto al otro, por siempre respirando en ese beso, ese apapacho. Se nos acabó la vida, y con la muerte volvimos a nacer los dos al mismo tiempo y volvimos a amarnos como si ese instante nunca hubiera acabado.

Su sonrisa era nuestro sol y no se hacía de noche sino hasta que nos íbamos a dormir. Soñábamos mundos enteros para nosotros solos, abrigados por el calor de nuestros cuerpos juntos. Y fuimos uno solo.

Y repetimos las veces que ella quiso, las que a mí se me antojaron. Y había una vida nueva en cada beso. Una vida morada o amarilla,  una vida magenta y una azul que nos duró otras tantas tratando de encontrarnos para llegar aquí.

Porque desde aquí te escribo. No me he atrevido a despertar de ese sueño, a separarme de ti. Quisiera no tener que hacerlo, pero, como si viniera del futuro, sé que todo es un sueño y que despertaré y te tendré muy lejos. Tan lejos que mi día será tu noche. Tan lejos que me dolerá pensarte y te lloraré como antes, como nunca.

Y como por arte de magia me escucharás desde no sé dónde y me llamarás. Cuando escuche tu voz recordaré que en mi sueño no era tu voz lo que me hablaba, y extrañaré tu voz y la guardaré en una caja metálica donde coleccionaba tus besos. La guardaré ahí para que no se me escape y se meta en nuestro sueño, porque en él, tú no puedes hablar. Es tu amor quien habla, eres tú amor.

Me dices que te tienes que ir y te digo que te quiero, sintiéndome tan ridículo como siempre. Porque un te quiero nunca podrá dibujar en cualquier mente o corazón lo que realmente siento, lo que te amo. Y lo escribo sintiéndome ridículo.

Tú nunca te enterarás de todo lo que hemos vivido. No es que tú no quieras, es que yo no te dejo. Para qué contarte de las cinco vidas que vivimos juntos si en realidad todo fue un sueño. Y, a menos de que esta noche te vayas a dormir pensando en mí, nunca recordarás lo mucho que me amaste y lo que esos besos significaron para mí. Gracias por consentirme el alma.

Atardecer

Hay una luna dando vueltas alrededor de un planeta. Los dos flotan en silencio en medio de la nada dándole vueltas a una estrella. Llevan bailando así millones de años. Y se hace de día. Y se hace de noche. Y por las noches puedes ver un pedacito de la luna asomándose por entre el negro de la nada y el magenta del atardecer. Y tú, sólo puedes pensar en ella. Piensas en el primer beso. Piensas en el último beso y en esos apenas dos metros de diferencia.

Piensas en ella como jamás ha existido. Una mujer imaginaria besándote a cada cerrar de ojos. Ella te lleva de la mano al mar de su pelo y te pierde, te pierdes, en el recuerdo de su calor, en el color de su belleza. En esas miradas claras. Miradas con el ángulo perfecto formándose entre tus ojos y su metro con sesentaidos. Eres agua clara y ella es su piel rodeando el palpitar de su cuerpo y el correr de sus venas.

Piensas en una mujer imaginaria, no existe. y no necesitas nada más para recordarte de tu existencia, para recordarla como ella existió un día con un atardecer magenta y un pedacito de luna. La besaste con los ojos cerrados y sientes cómo tu vida entera pasa corriendo por fuera de ti y al abrir los ojos sólo la puedes ver a ella y te olvidas de tu vida, te olvidas de todo. Tu vida se convierte en un sueño repitiéndose en la cabeza todo el día y toda la noche. Una imagen imposible de olvidar. Una lagrima logra encontrar su camino por tu mejilla sin ser vista, y ella está ahí, está siempre.

Sale corriendo al mar y dice estar tranquila. El sonido de las olas la atraviesa y la peina. La sal se saborea su sonrisa, una sonrisa sin dueño, ella no es de nadie, es ella y nadie más. Mientras tanto tú te acaricias la cabeza y arrancas motores, sales volando de ese lugar donde se piensan las ideas y encuentras el silencio, un lugar oscuro y en silencio donde ves a un planeta y a una luna bailar al ritmo de un sol. Los tres llevan así millones de años y tú… tú sólo quieres escucharla a ella entre todo ese silencio.

La Noche

En medio del bosque hay un camino de ladrillo rojo. El aire y el suelo están mojados, la lluvia lanza sus últimas gotas sobre el paisaje nocturno. Ella corre descalza tratando de seguir el camino de ladrillos, pero a veces se desvía y sus pies se hunden en el barro. Detrás de ella su largo y ondulado pelo vuela confundiéndose con el negro de la noche.

A pesar de correr tanto ella no se cansa. Sus pies están llenos de barro pero el camino rojo sigue frente a ella. De repente tropieza con la raíz de un árbol. Su inmenso tronco se yergue en medio de los ladrillos. El camino se vuelve muchos caminos, como raíces tiene el árbol. Ella está en el suelo, con el corazón agitado y la mirada en cada una de las opciones que tiene al frente. ¿Cuál es el camino para llegar hasta él?

Entonces sintió el cansancio de todo lo que había corrido antes de llegar a este punto. Derrotada, bajó la mirada. Y del negro de la noche, y del rojo del camino, vio cómo salió una mancha blanca, unas alas, un insecto, una gran polilla blanca. Revoloteó unos segundos frente a sus pies y alzando el vuelo desapareció. Ella quedó confundida buscando a dónde había ido. La buscó por entre el cielo oscuro y la confundió con una estrella fugaz. La buscó por entre su pelo y encontró cientos de pequeñas flores. La buscó en los caminos de ladrillo amarillo y la vio materializarse en uno de ellos. Brillaba como si reflejara la luz de la Luna llena, pero la Luna no había querido salir esa noche. Y entendió que no era una polilla, era un hada. En un suspiro recuperó la fuerza perdida y se lanzó detrás del hada por uno de los caminos de la izquierda.

Corre sin cansarse con las rodillas del vestido y los pies llenos de barro. Corre para encontrarse con él, con ese beso que se dieron hace cuatro años o más. Corre. Corre con el pelo volándole detrás como una noche eterna, una noche que terminará cuando se encuentre con el brillo de su mirada.

Olvidarte

―¿Por qué desapareciste? Un día estabas aquí. Todos te veían sonreír como si no pudieran ver a otra parte. Y al otro día ya no estabas. Te fuiste. Todos siguieron sus vidas. Yo seguí la mía. Y sin ti a mi lado nadie se dio cuenta de mí. Poco a poco todos me fueron olvidando. Incluso yo me olvidé de mí. Pero a ti nunca te pude olvidar. Siempre estuviste ahí. Como ese sueño que crees recordar por la mañana.

―Tuve miedo. Eran muchas miradas sobre mí. Quise esconderme y lo hice. Me escondí bajo las narices de todos ellos. Bajo tus narices. Fue muy fácil lograr que dejaran de verme. Más fácil que atraer toda su atención. Tal vez nunca lo entiendas. No te pido que lo hagas. Sólo te pido que no me mires. Imagina que soy un par de palabras sueltas en un computador o en un teléfono móvil. No me veas. Sólo léeme. Porque yo soy quien lees. No soy quien ves.

―Quisiera verte. Dicen que la belleza es la promesa de la felicidad. Y he sido tan infeliz desde que te fuiste. Quisiera sonreír. Como esa vez en la tienda de té. ¿Lo recuerdas? Ese día fuimos felices. Ese momento. Ese segundo. Pareciera ser nada al lado de la vida que nos ha tocado vivir. Pero ese instante bastó para mostrarme lo que es la felicidad. Aunque después viniera la vida con toda su fuerza y nos tumbara al piso. O al cielo.

―Tú no quieres verme. Quieres besarme. Quieres hacerme el amor. Todo eso para después olvidarme. ¿Crees que así va a ser más fácil? Si lo haces. Me deshaces. Y después me olvidas. Voy a perderme en ti. Dejaré de ser yo para ser tu recuerdo olvidado. Me dejarás cautiva en el rincón de un diario. Escondida en una caja bajo el polvo. En una casa que ya nadie recuerda en qué calle queda. Y te voy a odiar.

―Olvidarte. Lo dices como si fuera fácil. Si quisiera olvidarte no te habría buscado. Si te hubiera olvidado nunca te habría encontrado. Olvidarte no es una opción. Dejar de respirar es una opción. Olvidarte es una de esas preguntas sin respuesta que se hacen los filósofos. Tan sólo quiero abrazarte. Como si fuera la primera vez. Doblar el tiempo. Volver a ese momento. A esa sonrisa. Volver a ti y que tú vuelvas a mi. Volver a ser lo que algún día fuimos. Ese nudo en la garganta. Ese vacío en el pecho. Esas ganas de algo que ni tú ni yo sabíamos qué era. Eso que fuimos antes de ser lo que ahora somos. Antes de tu desaparición. Antes de ser un pedazo de nada extrañándote por los pasillos de la casa.

―Mírame.

―Abrázame.

―Toma mi mano.

―Tómala con fuerza y no dejes que se vaya.

―No dejes que me vaya.

Una Orquesta Miniatura

―Esa es tu canción favorita.

―Nunca la había escuchado así.

―Así, ¿cómo?

―Tocada en vivo.

―¿Por una orquesta?

―Una orquesta miniatura.

―Ah claro, jamás habías visto una tampoco.

―Son muy pequeños

―Son muchos, ¿no lo ves?

Él miró a su alrededor, no se había dado cuenta de donde estaba, tampoco le importaba saberlo. La sala era un cubo perfecto tapizado en madera de piso a techo. Ellos estaban sentados en el suelo rodeados por la orquesta más pequeña del mundo.

Ella lo abrazaba desdel principio del sueño. Él sólo era un pedazo de su inconsciente, un recuerdo aglomerado en una imagen, una voz, pero sobre todo una sensación. Cuando la rodeaba con sus brazos sentía que el calor de él se metía por sus venas hasta su corazón. Era como un suspiro que quedaba atrapado en su interior y no la dejaba llorar.

―¿Cómo supiste cuál era mi canción favorita?

―Una noche te escuché cantarla mientras dormías― él la abrazó más fuerte.

―Escuchándola siento como si todo fuera posible― ella hace la cabeza hacia atrás, rompiendo la mitad del abrazo, para poder verlo a los ojos. Su mirada es tan intensa que la distrae, la desconcentra.

―Yo creo todo lo contrario, me parece una canción triste.

―No es verdad.

―¿No es triste?

―No, no piensas eso.

―Es cierto.

―Escuchándola sientes como si todo fuera posible.

―Entonces, ¿pensamos igual?

―Sí, eso pasa en tus sueños, no importa con quien hables, todos pensarán como tú, todos somos tú. Incluso los músicos miniatura.

―¿Cómo te diste cuenta?

―Tú prometiste nunca volver a buscarme. Cuando me fui de la casa dejaste todo tu odio en mis maletas.

―Te odie, por eso te fuiste. Pero te odié más cuando te fuiste.

―Por eso esto sólo puede ser un sueño.

―A pesar de todo el odio, te extraño. Extraño tus abrazos, tu mirada, tus manos en mi espalda.

―Esa fue nuestra apuesta.

―Y perdimos.

―Por una cabeza.

La Micro-Atmósfera de las Ideas

Desapareciste. Era de noche y de repente ya no eras. Te disolviste y te hiciste una, no con la oscuridad de la noche, no, te uniste al aire, a ese velo blanco que flota entre el negro de la noche y lo blanco del ojo. Siento que, aunque estés tan lejos, te sigo respirando, tu perfume se mezcla con el inexistente aroma de las flores cerradas y con la voz de una niña que desde lo alto de una torre le pide a los monstruos bajo su cama que la dejen dormir.

Así eres tú, huidiza como la nieve que se espolvoréa en copos y se mete en una tormenta para pasar rápido a mi lado y pretender que no me viste. Eres tú y no eres nada. Allá afuera no existes, te creas en esa pequeña capa micro-atmosférica que hay entre mis ideas y el mundo exterior, te materializas en estas letras y en los recuerdos que te tengo inventados. Por eso te escribo lento, para que empieces a existir pronto.

Pero termino y me doy cuenta de que soy yo el que no existe y nunca he existido, soy un invento tuyo, y uno malo. Nunca supiste, ni sabrás, qué hacer conmigo, por eso me tienes escribiéndote, inventándote, destruyéndote.

Te pediría que no me buscaras, pero ¿cómo una idea deja de buscar a otra idea? En dónde están si no es en el negro de la noche.

El psicólogo dice que soy yo, que de mi depende que desaparezcas. Y hay un niño un poco estúpido que dice que no quiere dejarte ir. Pero las ideas no tienen voluntad, sólo son y si se encuentran con una piedra, no se estrellan contra ella, la atraviesan, se alimentan de ella y vuelven a ser la misma piedra, la que siempre fue, desde el principio. Porque hace mucho tiempo el centro del universo estalló en miles de millones de ideas, polvo cósmico, y de ahí se formaron las galaxias y las estrellas. En ese mismo momento nos formamos tú y yo, nos crearon al mismo tiempo, en el mismo segundo, un solo estallido. Y nos vinimos a encontrar en este planeta donde las demás ideas creen que existen porque hacen, porque son, porque tocan.

Pero tú y yo somos más, no somos nada. Somos un pedazo de universo, el más pequeño, y allí existimos, aunque este mundo de afuera no nos quiera ver juntos, aunque en este mundo de afuera tú estés allá y yo acá.

¿Pero para qué te digo todo esto si tú estás afuera y no existes?